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"Un hombre de carácter", texto recopilado por Leo Frobenius en "El decamerón negro"

Advertencia al lector


Con El Decamerón Negro, una joya de la cultura africana y universal, nos proponemos facilitar el mutuo conocimiento de los pueblos mediante la difusión de distintas facetas de su labor intelectual y su obra creadora. En nuestros días, cuando los pueblos de África surgen desde las tinieblas de una opresión secular para ocupar un puesto en el concierto de las naciones que construyen su porvenir independiente, el contacto con ese incalculable tesoro artístico que palpita en las leyendas y tradiciones africanas, conservadas en la memoria del pueblo y transmitidas de generación en generación, se convierte en una necesidad intelectual y social innegable.
Leo Frobenius, el eminente etnólogo alemán (Berlín 1873 - Bigalzolo del Lago Mayor, Italia 1983), autor del concepto de "difusión histórica" y verdadero fundador de la dirección histórico-cultural de la etnología, fue un apasionado investigador del mundo africano, al que conoció como muy pocos. Viajero incansable, realizó expediciones y descubrimientos en todo el Sudán, Valle del Congo, Rhodesia y países del Mar Rojo. Asistente en el Museo Etnológico de Bremen y en los de Basilea y Leipzig, más tarde director del Museo Etnológico de Francfort del Main, fundó en 1925 el Instituto de Morfología de la Cultura.
Entre sus principales obras citaremos: El Origen de la Cultura Africana (1898-Der Ursprung der afrikanischen Kulturen); Y África habló... (1912-Und Africa sprach...); Hadschra Maktuba (1924-sobre las pinturas rupestres del Sáhara); Historia de la Civilización Africana (1933 - Kulturgeschichte Afrikas).
Descubre que los elementos análogos, que se extienden también al mundo social religioso, determinan un "Ciclo Cultural", que por lo general tiende a difundirse orgánicamente a través de áreas de propagación, y tomando alguno de esos elementos culturales (por ejemplo: el escudo asiático, el escudo ovalado de la piel, el arco de tensión frontal, etc.) culmina su obra con la representación cartográfica de la distribución de dichos elementos en su Atlas Africanus (1921-1931).
En El Decamerón Negro, recopila cuentos y leyendas pertenecientes al pueblo de Sahel, establecido en las estepas y desiertos que se extienden entre el Sáhara y la Selva del Níger, que revelan junto a los relatos de caballería, propios de una clase aristocrática y señorial, el arte popular de la narración a través del cuento y especialmente de fábulas, llenas de astucia, delicadeza y humor, brindándonos un panorama de las manifestaciones de la vida espiritual de África en esa época histórica.

La Editorial


Un hombre de carácter

Un hombre de Kaarta se había hecho amigo del hijo del rey. Fueron muy buenos amigos, hasta que un día murió el rey y su hijo se hizo rey. Entonces se acabó la amistad y el joven rey trató de deshacerse del antiguo amigo. El rey lo persiguió incesantemente, pero sin conseguir acabar con Surro Sanke Surro Sanke dijo: "Es muy sencillo. Tú quieres matarme. Puedes matarme, primero, si me ves celoso, es decir, si me sorprendes con celos de mis mujeres. Puedes matarme, segundo, si miento o digo algo que no sea verdad. En tercer lugar, puedes matarme si pruebas que he sido cobarde." El rey dijo: "Bien; así será".
El rey tomó en seguida sus medidas. Llamó a un cacique cuyo pueblo estaba a un día de distancia, y le dijo: "Mañana por la mañana te enviaré a Surro Sanke, que te dirá que vengas a verme enseguida. Dile que sí y ensilla tu caballo; déjalo que marche delante, diciéndole que a caballo lo alcanzarás. Cuando se marche, desensilla y no vengas. Surro Sanke llegará y me dirá que ya tú vienes, y eso será mentira". El reyezuelo dijo: "Así lo haré".
El rey llamó a cien soldados y dijo: "Mañana enviaré a Surro Sanke por tal camino en busca de aquel cacique. Lleven pólvora en abundancia pero sin balas. Cuando Surro Sanke venga por el camino, sin sospechar nada, disparen sobre él con pólvora pero no con balas, para que se asuste". Los cien soldados dijeron: "Así lo haremos".
Luego el rey mandó llamar a tres hombres y les dijo: "Mañana por la mañana, enviaré a Surro Sanke a casa de tal cacique. Surro Sanke tiene tres mujeres. Después de que se marche vayan cada uno en busca de una mujer de Surro Sankey acuéstense con ellas. Tienen que estar con una de las mujeres de Surro Sanke hasta que él llegue. Entonces procuren que Surro Sanke los vea con actitud conveniente con sus mujeres. De esa manera Surro Sanke tendrá celos". Los tres hombres dijeron: "Así lo haremos". A la mañana siguiente, el rey llamó a Surro Sanke y le dijo: "Vete por tal camino a casa de aquel cacique, y dile que venga enseguida a verme". Surro Sanke dijo: "Está bien". Se puso en camino. Cuando llevaba un trecho andado, empezaron a disparar sobre él los soldados desde el sitio en que se habían escondido. Surro Sanke se paró en seco. Llevaba consigo un arco y tres flechas. Al desviar un hombre, metió en el arco una flecha; luego mató a un segundo soldado y a un tercero. Los demás sintieron miedo y volvieron a la ciudad. Los noventa y siete se fueron a ver al rey y dijeron: "Surro Sanke ha matado a tres de nosotros. No se asustó cuando disparamos. Podrás matarlo pero no meterle miedo".
Entre tanto, Surro Sanke llegó a casa del cacique y dijo: "El rey ordena que vayas a verlo enseguida". El cacique dijo: "Así se hará". Ensilló su caballo. Puso un pie en el estribo derecho, pero antes de poner el otro pie en el estribo dijo: "Vete tú delante; tú vas a pie y yo a caballo; te alcanzaré enseguida". Surro Sanke dijo: "Está bien". Se puso en camino. El cacique volvió a desmontar, mandó que desensillaran el caballo y se quedó en la casa. Surro Sanke llegó a donde estaba el rey. El rey preguntó: "¿Vendrá el cacique?" Surro Sanke dijo: "No lo sé". El rey dijo: "¿Cómo que no lo sabes? ¿No has dado bien mi encargo?" Surro Sanke dijo: "Claro que lo he dado bien. Pero no puedo saber si vendrá realmente. Si pone el pie izquierdo en el estribo como tenía puesto el derecho, acaso venga; yo sólo lo vi montado a medias". El rey dijo: "Si es así, vete a tu casa".
Surro Sanke se fue a su casa. Llegó a casa de su primera mujer, abrió y vio junto a ella a un hombre que, justamente, se ponía los pantalones. Cerró tranquilamente la puerta y se fue a casa de la segunda mujer. en el momento de abrir, salió un hombre que se puso en cuclillas.
Luego cerró también esta puerta, se fue a casa de la tercera mujer y abrió. Pero en el momento de entrar, su frente tropezó con la de otro hombre que justamente salía. Cerró tranquilamente también esa puerta.
Se paró en la mitad del patio y llamó: "¡Me ha hecho alguien algo de comer? Díganme dónde está mi parte". Salieron las tres mujeres con las calabazas llenas de comida, con cada una de ellas, venía un galán. Los tres hombres querían irse, pero Surro Sanke les dijo: "No pueden irse así. Espero que mis mujeres hayan puesto suficiente comida para nosotros cuatro. Quédense a comer conmigo". Los tres hombres se lavaron las manos y se sentaron a la mesa. Se pusieron a comer los cuatro juntos.
Cuando los tres hombres iban a irse, dijo Surro Sanke: "Esperen, yo los acompaño". Los acompañó hasta la puerta y, después,  hasta el sitio en que se encontraban los tres caminos. Surro Sanke les dio a todos rapé y algunas nueces de kola para entretenerse por el camino. Les estrechó la mano y se volvió a su casa. Los tres hombres fueron a ver al rey y le dijeron: "Puedes matar a ese Surro Sanke, pero no darle celos". Al día siguiente el rey mandó llamar a las tres mujeres de Surro Sanke y les preguntó: "¿Las ha reñido vuestro marido, Surro Sanke, porque ayer había tres hombres con ustedes?" Las tres mujeres dijeron: "No, no nos ha dicho ni nos ha hecho nada". El rey dijo: "No se le pueden dar celos".

*      *      *

El rey mandó llamar a Surro Sanke. Cuando vino, le dijo: "Has hablado con verdad; no tienes miedo, no eres celoso y no mientes". Surro Sanke dijo: "Te lo puedo explicar".
Surro Sanke dijo: "Estuve una vez en la guerra. Hacía mucho calor. Entramos en batalla. Cayeron todos mis camaradas. Quedé yo solo. Tenía una sed espantosa. Me parecía que iba a morirme de sed. Llegué a un lago en que había caimanes y más caimanes. Estaba completamente lleno de caimanes. Pensé que si al pasar, podía coger un poco de agua en la mano me salvaría. Lo probé. Pero un caimán grande, de un coletazo, me tiró al agua. Enseguida vinieron todos los caimanes a darme coletazos y morderme. Pero, el que me había pegado primero me puso debajo de su cuerpo y me protegió contra los otros. luego me llevó a su cueva, que estaba bajo tierra. Me quedé en la cueva. el caimán se marchó. a la entrada de la cueva había caimanes. Yo no sabía cómo salir. En esto, trotó por encima una manada de grandes antílopes. Uno de ellos hizo con el pie un agujero en el suelo. entró la luz del sol y vi que el techo que me cubría era muy delgado. Ensanché el agujero y salí. Desde ese día, no he vuelto a tener miedo". Surro Sanke dijo: "Un día salí con buenos compañeros a caza de algún botín. Éramos treinta. Nos pasamos tres meses sin hacer ni una sola presa. todo nos salía mal. Pasamos tres meses en la estepa sin ver una mujer. Un día nos apoderamos de una mujer y, ansiosos como estábamos, estuvimos con ella los treinta, uno detrás de otro. Así pasamos otros tres meses. Durante ese tiempo, uno de nosotros se acostaba con la mujer cada noche. Después conseguimos atrapar una segunda mujer. Decidimos que cada quince tendríamos una mujer. Se lo dijimos a las mujeres. Las dos mujeres fueron por agua. La mujer que llevaba con nosotros tres meses tiró al pozo a la mujer nueva. Dijo: '¿No voy a poder dormir ahora más qu con quince hombres? No lo soportaré'. Desde ese día no tengo celos".
Surro Sanke dijo: "Un día iba yo caminando. A bastante distancia del pueblo encontré una calavera de hombre, tirada en el suelo. Pregunté: '¿Cómo vino a parar tan lejos del pueblo esa calavera?' La calavera dijo: 'Por hablar demasiado'. Yo dije: '¿Por qué? La calavera dijo: 'Por hablar demasiado'. Tres veces me  habló la calavera. Seguí mi camino. Llegué al pueblo cercano. Le conté al jefe del pueblo: 'Entre tu pueblo y el anterior hay una calavera que habla'. El jefe del pueblo dijo: 'Mientes'. Yo dije: 'No, no miento. Y si no me lo crees, dame tres hombres. Se la enseñaré y podrán oírla'. El jefe del pueblo dijo: 'Bien; que vayan contigo dos hombres. Si es verdad que la calavera, está bien. Si no, que te corten la cabeza por embustero'. Me fui con los dos hombres. Cuando llegamos con la calavera, le pregunté: '¿Por qué estás aquí?' La calavera nos respondió. Le pregunté tres veces, pero no respondió. Entonces los dos hombres me ataron como les habían mandado y uno de ellos levantaba ya el sable para cortarme la cabeza. Y yo dije: '¿Por qué has hablado ayer y por qué no hablas hoy?' La calavera dijo: '¡Uda, uda! (¡la boca, la boca!)'. Los hombres dijeron: 'Ahora ha hablado'. Me desataron. Me llevaron al jefe del pueblo y dijeron: 'Es verdad, la calavera habla'. Desde entonces digo. 'De los dos agujeros del cuerpo por donde sale lo malo, el más peligroso es la boca'. Desde entonces no miento". El rey dijo: "Está bien, no te puedo matar".
Surro Sanke dijo. "Hay un medio por el cual puedes matarme. Tengo tres pelos en la cabeza. Si averiguas cómo se llaman esos tres pelos, podrás matarme". El rey dijo: "Está bien".
El rey estaba tan molesto por no haber podido matar a Surro Sanke, que decidió descubrir el misterio de los tres pelos de Surro Sanke por todos los medios. Mandó llamar a la primera mujer de Surro Sanke y dijo: "Eres la mujer de un hombre que no es rico. Si me dices cómo se llaman los tres pelos de tu marido, me caso contigo y te regalo muchas vacas". La mujer dijo: "No te lo puedo decir porque no lo sé". El rey mandó llamar a la segunda mujer y dijo: "Eres la mujer de un hombre que no es rico. Me caso contigo y te hago rica, pero tienes que decirme el nombre de los tres pelos de tu marido". La mujer dijo: "Soy la favorita de mi marido. Mi marido me quiere más que a las otras mujeres. No puedo decirlo". El rey dijo: "Te regalaré ganado y alhajas". La mujer dijo: "¿Te casarías conmigo?" El rey dijo: "Haré todo lo que tú quieras?". La mujer dijo: "El pelo del lado derecho se llama Validi-tegue-mogo-dinye (lo que quiere decir: Ni el hijo de un amigo puede reemplazar a tu hijo). El pelo del lado izquierdo se llama Kani-kono-fo-musue (no le cuentes nada a las mujeres). El pelo grueso del medio se llama Keko-rro-ba-kanyi-kafula (conviene que esté presente un hombre de edad). Así se llaman los tres pelos de mi marido".
Al saber esto, el rey se puso muy contento y dijo a los suyos: "Que venga Surro Sanke". Surro estaba trabajando sin abrigo encima. al lado estaba un chico que había tenido una de sus mujeres. Con la prisa, Surro Sanke tomó su abrigo, que era pequeño y corto, y fue a ver al rey. El rey le dijo de un tirón: "El pelo del lado derecho se llama Validi-tegue-mogo-dinye. El pelo del lado izquierdo se llama Kani-kono-fo-musue. El pelo grueso del medio se llama Kekorro-ba-kanyi-kafula. ¿No es así?". Surro Sanke dijo: "Ya puedes matarme".
Lo sacaron de allí. El verdugo iba junto a él, con la espada. El rey iba detrás de él. En esto, llegó el hijastro de Surro Sanke y empezó a gritar: "¡Mi abrigo, mi abrigo! Me lo van a llenar de sangre" El chico no se preocupaba de que iban a matar a su padre; no pensaba más que en el abrigo. El hijo legítimo de Surro Sanke llegó corriendo y gritando: "¡Pobre padre mío, pobre padre mío! ¡Toma mi abrigo para tu último camino! ¡Padre mío, mi pobre padre!" Cambiaron los abrigos, y en vez del abrigo corto del hijastro, le dieron al padre el abrigo largo del hijo legítimo.
Llegaron. Surro Sanke se arrodilló. El verdugo levantó el sable. Surro Sanke bajó la cabeza. En esto llegó un viejo, arrastrándose de rodillas y le dijo a Surro Sanke: "Dale recuerdos a mi padre; dale recuerdos a mi madre". Al ver esto, el rey dijo: "¿Conque van a llevar allá arriba una embajada sobre mí y sobre mi vida? ¿Quieren quejarse de mí los dos? Entonces, no consiento que maten a este hombre". Desataron a Surro Sanke.
El rey preguntó: "Dime ahora lo que quieren decir los nombres de tus tres pelos". Surro Sanke dijo: "Has visto que mi hijastro se preocupaba  de su abrigo sin pensar en mí. Ahí tienes el sentido del pelo derecho. Has averiguado cómo se llaman los pelos por la mujer que yo más quería. Ahí tienes el sentido del pelo izquierdo. Si no hubiera estado aquí ese viejo, me hubieras matado. Ahí tienes el sentido del pelo que está en el medio de mi cabeza".

[Tomado de El decamerón negro, México,  Editorial Cartago, 1983]

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