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Las probabilidades en contra, de Stanislaw Lem

El autor se hace llamar Cezar Kouska en la portada, pero firma la introducción como Benedykt Kouska. ¿Errata o ardid? En lo personal prefiero el nombre de Benedykt; de ahí que elija apegarme a él. Por tanto es al profesor Benedykt Kouska a quien debo algunas de las horas más placenteras de mi vida, horas, dicho sea de paso, que he dedicado a la lectura de su obra. Los puntos de vista que expone están sin duda alguna en pugna con la ortodoxia científica. Sin embargo, no se trata de demencia pura. La cosa yace a mitad del camino: en esa zona transitoria en la que no es ni de día ni de noche, y en donde la mente afloja las ataduras que le impone la lógica pero sin desbaratarlas hasta el grado de dejarse llevar por la incoherencia.  El profesor Kouska ha escrito una obra que demuestra que la siguiente relación de exclusión mutua priva: o la teoría de la probabilidad, sobre la que funda la historia natural, es falsa de toda falsedad, o el mundo de lo animado, con el hombre a la cabeza, no…
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Niña, de Jamaica Kincaid

Lava la ropa blanca los lunes y ponla a secar en la piedra; lava la ropa de color los martes y ponla en el tendedero; no camines sin sombrero bajo el sol; prepara las frituras de calabaza con aceite dulce caliente; remoja tu ropa pequeña en cuanto te la quites; cuando compres algodón asegúrate de que no tenga goma, si no, no aguantará ni la primera lavada; deja remojando el pescado una noche antes de que lo cocines; ¿es verdad que cantas benna[1] en la escuela dominical?; come siempre de manera que no le de asco a los demás; los sábados trata de caminar como una señorita y no como la puta en que parece te convertirás; no cantes benna en la escuela dominical; no debes hablar con vagos ni siquiera si te preguntan una dirección; no comas fruta en la calle -las moscas te perseguirán; pero yo no canto benna los domingos y mucho menos en la escuela dominical; así se cosen los botones, así se cose el dobladillo cuando veas que se está descosiendo para que evites parecer la puta en la que es…

Vacaciones pagadas, de Enrique Serna

a Philippe Ollé-Laprune
Ignoro en qué momento caí de su gracia. Algún rasgo de carácter -la manía de morder el cigarro, o tal vez mi risa nerviosa- debió predisponerlo en mi contra cuando le presenté mi nuevo proyecto de programa cómico, donde pensaba mantener el formato del anterior con nuevos personajes y un ritmo más ágil. Mientras luchaba por vencer mis tartamudeos, trataba de leer en su rostro el efecto de mis palabras, pero sólo alcanzaba a percibir una mirada neutra y una expresión aburrida. De vez en cuando se rascaba la tupida cabellera plateada, en un gesto que reflejaba impaciencia o hartazgo. El humo de su habano parecía interesarle más que mi charla.  -Tu programa no está mal -me interrumpió a media exposición, sin molestarse siquiera en abrir la carpeta que puse sobre su escritorio-, pero has estado cinco años al aire y la gente se puede cansar de ti. Quiero que te tomes unas vacaciones: vete a Europa o a donde quieras y en seis meses volvemos a platicar. En la empresa n…

Llorar orillas del río Mapocho, de Augusto Monterroso

En las entrevistas largas llega siempre el momento de responder a la pregunta de si uno vive de lo que escribe, y las respuestas varían entre lo tajante en que en que el interpelado dice con toda claridad que no, hasta aquellas en que se embrolla tratando de declarar la verdad (esto es, también que no) pero dejando entrever que sí, que más o menos, que en cierta forma sus libros son un éxito. Uno vive de muchas cosas, de lo que busca con intención y de lo que las circunstancias van disponiendo, y es evidente que no hay dos experiencias iguales: mientras Shakespeare escribía sus obras y las actuaba en Londres, Cervantes cobraba los impuestos o recolectaba granos para la Armada Invencible (destinada entre otras cosas a acabar, sin proponérselo, con el teatro de Shakespeare). Shakespeare era próspero y Cervantes pobre, cada uno como reflejo de sus respectivos países.  Tal vez por eso la pregunta de si uno vive de sus libros sólo se haga en ciertos lugares. No recuerdo si también en Espa…

Cómo comportarse en el tranvía, de Joaquim Maria Machado de Assis

Se me ocurrió inventar algunas reglas para el uso de quienes frecuentan los bonds. El desarrollo que ha tenido entre nosotros este medio de locomoción esencialmente democrático exige que no sea dejado al puro capricho de los pasajeros. Lo que puedo ofrecer aquí son algunos extractos de mi trabajo: basta decir que está compuesto por nada menos que setenta artículos. Van apenas nueve.
Art. I - De los que tienen catarro
Los que tengan catarro pueden entrar en los bonds con la condición de no toser más de tres veces en el lapso de una hora, y en caso de estornudar, cuatro. Cuando la tos sea repetitiva hasta el punto de no respetar el límite impuesto, los acatarrados tienen dos alternativas: o viajan de pie, que es un buen ejercicio, o se meten en la cama. También pueden ir a toser a donde se los lleve el diablo.  Los acatarrados que estuvieren en los extremos de los asientos, deben estornudar para el lado de la calle, en vez de hacerlo en el interior del bond, salvo caso de apuesta, mand…

Sobre el (y fuera del) cuerpo, de Groucho Marx

Cada año leo artículos entusiastas y optimistas que describen los nuevos automóviles que aparecerán la próxima temporada. Predicen que llevarán el motor detrás, que los asientos estarán hechos de formaldehído, las carrocerías de molibdeno y los volantes de repostería francesa. (Para el caso de que estés muy hambriento en un viaje muy largo.)     Si estos muchachos de Detroit pueden fabricar un coche nuevo cada año, ¿por qué nadie puede manufacturar un hombre nuevo? Si hay algún mecanismo que necesita ser mejorado y perfeccionado es el cuerpo humano. Si el modelo corriente es la antigua obra maestra de la madre naturaleza, es obvio que esta vieja muchacha está un poco caduca y que necesita pasar unos cuantos años en una buena escuela de ingenieros.      Empecemos por abajo y procedamos hacia arriba. Ahí encontramos los pies. Los pies no tienen ninguna belleza. ¿Sería capaz alguno de mis lectores masculinos de salir con una chica que se pareciera a sus pies? Por supuesto que no. Normal…