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"Ante varias esfinges", de Gabriel Zaid, sobre Jorge Ibargüengoitia



Jorge Ibargüengoitia siempre estuvo en el Establishment literario, y siempre estuvo incómodo. Su visión de la vida, su estilo antisolemne, su tino para desfondar falsedades, gustaban como algo divertido y hasta genial, siempre y cuando fueran vistos como literatura menor.
Pero el genio de Ibargüengoitia no estaba en lo menor, sino en su visión del enigma último: la ridiculez de existir. Los personajes que tanto nos aburren y no parecen dar ni para una sátira, son cuestionados por Ibargüengoitia como un enigmas: como esfinges ajenas a su propio misterio.
La celebrada frase de Alejandro Palma ("Si Kafka fuera mexicano, sería un escritor costumbrista") y la insistencia de Milan Kundera en que no sabemos leer a Kafka como humorista, ayudan a entender lo que pasó con Ibargüengoitia. El humor negro de Kafka es invisible para los que buscan cuestionamiento existencial. El cuestionamiento de Ibargüengoitia es invisible para los que buscan costumbrismo chistoso.
Los chistes son tan desprendibles de las obras cómicas que circulan de unas a otras. Pero si alguien quisiera desprender los chistes, situaciones cómicas y frases ingeniosas de Ibargüengoitia, buscaría en vano. El humor, el famoso humor de Ibargüengoitia, es casi invisible. No está en el foro, tematizado en una anécdota: está en el aire... en un mirador que ve la anécdota desde otra perspectiva. En el foro, suceden cosas ordinarias y se dicen lugares comunes: desde el mirador construido para el lector o el espectador, la banalidad del mal se vuelve divertida y terrible al mismo tiempo.
¿Cómo está construido ese mirador invisible? Habría que investigarlo. Pero no se tarta de una parodia. Ni las anécdotas, ni las frases, ni los personajes, sufren distorsiones caricaturescas. Todo parece natural (por eso puede parecer costumbrista), aunque no lo es: una cámara boba que filmara la vida de esa gente, nos mataría de tedio. Así como los campesinos y caciques de Rulfo hablan como si fueran campesinos y caciques, que en realidad no hablan así; en Ibargüengoitia, la falsedad de la clase media no es exagerada (que sería burdo) ni llevada a la conciencia de los personajes (que sería una contradicción), sino a la conciencia del espectador. A través de una prosa que parece anodina, con retoques ligeros, recortes numerosos, contrastes oportunos, los parlamentos comienzan a decir algo que rebasa a los personajes, que critica su vida desde un más allá que los comprende y que nos los desprecia: que se ve en el espejo de la ridiculez humana y acaba respetándola como algo misterioso. Hasta la clase media puede ser vista así.
En los artículos, cuentos y novelas no es difícil que los lectores de Ibargüengoitia compartan su visión desde ese mirador invisible. En el teatro, las cosas se complican: hacen falta un director y unos actores que construyan desde el foro lo que no puede estar en el foro: ese mirador. Vicente Leñero sintió que hacía falta, y para suplirlo escribió una "dramaturgia" para el montaje de Clotilde en su casa: un metatexto acompañante de la obra, que la envuelve como un coro griego o como un narrador que presenta la obra desde otro escenario. Pero ese narrador nada invisible se vuelve un espectáculo en sí mismo, un segundo discurso que distrae al primero, y parece suponer que la obra de Ibargüengoitia no se sostiene sola, que necesita, como las obras clásicas, apuntalamientos y andamiajes.
Es una solución que elude al texto, como esas obras clásicas consideradas imposibles porque están escritas en versos o su retórica está alejada de los gustos modernos. Se considera que hay que decir el texto, pero como un mal necesario, buscando "soluciones" que distraigan al espectador. Si parece imposible hablar en verso, la solución puede consistir en pasar por las rimas como sobre ascuas, para que no se noten; en llevar la atención a otras cosas: la gesticulación, el vestuario, la música, la escenografía. Con más audacia, puede subrayarse la imposibilidad del texto, convirtiéndolo en una especie de salmodia, que el espectador escucha como una misa en latín, mientras se ejecutan series gimnásticas, acrobacias, despliegues coreográficos o escenas de cine mudo, en un discurso sin palabras, más llamativo que el escrito por el autor. Como último recurso está la salida fácil: la dicción paródica o intencionada que todo lo vuelve chiste y "aligera" un texto imposible.
La "dramaturgia" de Leñero y su interesante libro Los pasos de Jorge muestran su interés en Ibargüengoitia, sus ganas de rescatarlo como dramaturgo, pero sirven para enterrarlo cariñosamente como un caso perdido. Recuerdan aquella queja de Sabines:
Mis amorosos padres, mis hermanos,
mi mujer y mis hijos,
están sentados sobre la lápida
que quiero levantar para salir al aire.
Por eso estoy tan agradecido con Ludwig Margules, Augusto Benedico, Aurora Molina, Dolores Beristáin, Silvia Mariscal, Luis Rábago, Luisa Huertas, Álvaro Guerrero, Carlos Mendoza, Laura Almela y Sonia linar: desenterraron a Ibargüengoitia, demostraron que el fracaso de sus obras de teatro no se debía a sus textos sino al medio teatral.
La función empieza de manera poco prometedora, frente a un público que se va rindiendo ante la calidad de la obra. Lo que al principio parece algo de la escula mexicana de teatro costumbrista, pero demasiado lento y hasta sin chiste ni chistes, se va volviendo llamativo. No porque pasen cosas inesperadas (si secontara el argumento, nadie pensaría que de ahí pueda salir algo tan interesante); no porque se digan cosas brillantes o profundas. La obra recuerda vagamente A puesta cerrada de Sartre y El rey se muere de Ionesco, pero su crítica de la existencia carece de alaridos metafísicos o de frases como "El infierno son los otros".
Lo inesperado, lo brillante, lo profundo, es ver en la banalidad de esas vidas, en el mal cotidiano, algo primero chistoso y finalmente sobrecogedor. pero no hay un personaje en escena, ni un coro en un segundo escenario, ni un narrador de fabliaux de la clase media mexicana, que exprese el cuestionamiento: ¿Para qué vivir así? Más aún: ¿para qué vivir?
Lo inesperado, lo brillante, lo profundo, lo construyen Ibargüengoitia, Margules, Benedico y todos los demás en un lugar vacío fuera del escenario (la verdadera "dramaturgia"), a través de un personaje invisible, que no es el narrador sino el espectador. Un personaje que no habla, pero que ve la vida desde ese mirador: desde una perspectiva catártica, que hace reír, pero casi de miedo.

[Tomado de Leer poesía, DEBOLS!LLO, México, 2009]

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