Ir al contenido principal

Las gorgonas o del vanguardismo en el arte, de René Avilés Fabila









Lo caprichoso, lo arbitrario y, en consecuencia, estéril, es
resisitirse a este nuevo estilo y obstinarse en la reclusión dentro de formas ya
arcaicas, exhaustas y periclitadas. En arte, como en moral, no depende el deber
de nuestro arbitrio; hay que aceptar el imeprativo de trabajo que la época nos
impone.
J. Ortega y Gasset, La deshumanización del arte



El escultor norteamericano Peter Stone pasó buena parte de su vida meditando sobre la manera de hacerse millonario y célebre. Tales meditaciones lo condujeron a la siguiente solución: crear una nueva escultórica; una escuela de avanzada que fuera más lejos de lo ya hecho. Hombre talentoso y culto, analizó con cuidado la historia de la escultura. Al concluir, desechó todo principio y ni siquiera quiso derivar de ciertas combianciones su estilo futuro.
Releyendo en un momento de tranquilidad libros de mitología, halló los párrafos que narran cómo quienes veían a las gorgonas, en el acto quedaban convertidos en piedra unánime. ¡He ahí la solución!, exclamó entusiasmado. Más tarde, laboraba afanosamente en la invención del aparato destinado a eclipsar tanto instrumentos como métodos tradicionales para esculpir. La máquina que iba a ser una especie de piedra filosofal moderna, transformaría lo orgánico en inorgánico mediante la mutación de la estructura celular de los cuerpos; esto es: al convertir la carne en duros materiales un rayo de luz produciría estatuas.
no sin considerables sacrificios económicos y humanos, la máquina estuvo lista. Y como en su fase de experimentación careció de grandes fallas, fue patentada, cargada de combustible atómico y puesta a funcionar.
.
.
El nuevo arte, por sus orprendente originalidad, con prontitud se puso a la vanguardia pisoteando la vieja máxima de que todo estilo innovador tarda en ganar prestigio. De Norteamérica saltó a los países europeos, en donde, incluso, se formaron grupos literarios dedicados a loar la escuela en cierne. Más aún: audaces compositores crearon sinfonía de musique concrète y concierto quíntuples para cítara eléctrica y orquesta, en honor del estadounidense. Tampoco faltaron los que dieron vida a un lenguaje para referirse al gorgonismo, como ahora le llaman.
Pero el nuevo arte ha planteado dos grandes problemas: el estético y el jurídico. Los tradicionalistas y los seguidores de otro métodos artísticos se muestran reacios a aceptar sus valores plásticos. En tanto, los juristas estudian las posibilidades de probar que en vez de arte se producen asesinatos y trabajan en un anteproyecto de ley que castigue a los artistas de la nueva ola, por el delito sin atenuantes de privar de la vida a las personas empleadas por el gorgonismo. A la fecha, la policía se encarga solamente de impedir que los gorgonistas utilicen a la gente contra su voluntad. (Cuando los escultores petrificaron gatos, perros y pájaros buscando nuevos efectos -quizás combinaciones suaves de sombras y luces en el altorrelieve-, las sociedades protectoras de animales de todo el mundo elevaron airadas protestas; pero como nadie les hizo caso, han enmudecido y los animales, salvajes y domésticos, se ocultan temerosos de posibles gorgonistas.)
Unos exclaman sin sutilezas: las estatuas no son depositarias de valores estéticos y, por tanto, el gorgonismo no es arte, ni creación: el artista no realiza más trabajo que el de colocar al modelo en determinada pose, y el mérito sería para las máquinas o para quienes al posar se transforman en estatuas.
Otros, desde sus entorgadas figuras, afirman que la nueva escultura atenta contra el derecho divino y el derecho de gentes, el derecho natural y el derecho de asilo, el derecho canónico y el derecho de resistencia, el derecho administrativo y el derecho de paso, el derecho civil y el derecho del menor, el derecho consuetudinario y el dercho del sobrino, el derecho social y el derecho mercantil, el derecho de nacer y el derecho paterno, el derecho penal y el derecho a secas, y que debe prohibirse o, por lo menos, codificarse dentro de los lineamientos marcados por la estructura jurídica de cad país.
Los seguidores del gorgonismo responde a sus críticos: nuestro arte genial se adelantó en mucho a su tiempo, pertenece al futuro, es el arte acorde con la automatización: el arte de la época de la cibernética; el arte escultórico sufrió una rápida transformación y han sido modificadas todas las reglas establecidas para la creación artística; la escultura que antaño requería la intensa labor de una y hasta de varias personas, así como de valioso tiempo, ahora necesita una máquina, no mayor que una cámara fotográfica, que según se gradúe, convierte a la gente en bronce, en mármol y en tantos materiales como se quiera; por lo tanto, significa rapidez y economía, características muy apreciadas por estos años del siglo XX; y cuando las máquinas sean perfeccionadas (algunas, defectuosas, en lugar de petrificar razonablemente se limitan a momificar) y las fabrioquen en serie a bajo costo, provocarán un auge similar al alcanzado por la abundancia del mármol, que determinó el esplendor de la escultura clásica; hablan, citando sus propios textos, de las perspectivas del gorgonismo en la música, en la pintura, y en todas las restantes manifestaciones artísticas, luego que sean construidos los artefactos que han de darles el giro radical, que será, sin temor a la expresión, un arte mecanizado o motorizado, según prefieran; que tarde o temprano reconocerán su tabla axiológica para minorías selectas, cuyos refinamientos espirituales les permitan entenderla sin asustarse del sacrificio de los modelos, puesto que es realizado en aras de algo sublime. E insisten: nuestra escuela está estrechamente abrazada a las minorías cultas de exquisito gusto.
Por otra parte, se ha iniciado un diálogo cordial y amable entre los gorgonistas, para dilucidar qué es mejor: el gorgonismo social, cuyo ámbito se juzga reducido y un tanto superado, o el gorgonismo cosmopolita -con todos sus senderos- , que supone una mayor trascendencia, aparte de ser una manifestación adecuada al hombre moderno. Los primeros -que no consideran totalmente agotada su veta- defienden la petrificación de obreros mal pagados, de nativos con ropajes folklóricos y de campesino con rostros flácidos, con sus carnes incrustadas en los huesos, pugnan por el realismo gorgonista, que busca aunar lo bello a un profundo contenido social. Los segundos, lso cosmopolitas del gorgonismo, más urbanos, más individualistas, pletóricos de fantasía, afirman sin reticencias la validez de sus creaciones y defienden una estatuari que, aunque maduramente superficial, posea un riguroso sentido de la belleza que no olvide, ni por un momento la época y el sistema económico que la condiciona, haciéndose abtracta a base de individuos deformes.
Sin que conlcuyan las polémicas, es claro que le nuevo arte -en sus diferentes matices- tiene gran aceptación en algunos círculos intelectuales y hasta políticos del orbe. y aunque todavía resulta innovador, muchos millonarios han adquirido estatuas para adornar sus palacetes y no existe galería de arte moderno respetable que no tenga por lo menos un costoso ejemplar pétreo de la escuela vanguardista.
En días pasados, los periódicos dedicaron ocho columnas a un curioso magnicidio. El norteamericano Stone, inventor del aparato petrificante, enloquecido de euforia creadora, convirtió en estatua de bronce al presidente de su país cuando pronunciaba un patriótico discurso (con seguridad buscaba una pose de gran tribuno); desde luego fue detenido y ejecutado en la cámara de gases, aforunadamente, pues intentaba dar vida a un grupo escultórico llamdo Tríptico presidencial dentro de un proyecto que, es obvio, incluía a dos presidentes más.
Las Naciones unidas sesionan desde ese mismo momento y temen que, antes de encontrar una solución adecuada al problema, algún gorgonista petrifique a todos los habitantes de un país -república de preferencia- para realizar una obra monumental que bien podría denominarse Democracia.

Entradas populares de este blog

Los que se van de Omelas, de Ursula K. Le Guin

Con un estruendo de campanas que hizo alzar el vuelo a las golondrinas, la Fiesta del Verano penetró en la deslumbrante ciudad de Omelas, cuyas torres dominan el mar. En el puerto, los gallardetes ponían notas multicolores en los aparejos de los buques. En las calles, entre las casas de tejados rojos y paredes encaladas, entre los tupidos jardines y en las avenidas flanqueadas de árboles, ante los enormes parques y los edificios públicos, avanzaban las procesiones. Algunas eran solemnes: ancianos vestidos con ropas grises y malvas, maestros artesanos de rostros graves, mujeres sonrientes pero dignas, llevando en brazos a sus chiquillos y charlando mientras avanzaban. En otras calles, el ritmo de la música era más rápido,  un estruendo de tambores y de platillos; y la gente bailaba, toda la procesión no era más que un enorme baile. Los chiquillos saltaban por todos lados, y sus agudos gritos se elevaban como el vuelo de las golondrinas por encima de la música y de los cantos. Todas la…

La puta de Mensa, de Woody Allen

Cuando se es investigador privado, uno ha de aprender a confiar en sus corazonadas. Por eso en el momento en que un tipo tembloroso como un flan llamado Word Babcock entró en mi oficina y puso las cartas sobre la mesa, debí haber hecho caso del escalofrío glacial que sacudió mi espinazo. —¿Kaiser? —preguntó—. ¿Kaiser Lupowitz? —Eso es lo que pone en mi licencia —admití. —Tiene que ayudarme. Me están haciendo un chantaje. ¡Por favor! Se agitaba como el animador de una orquesta de rumba. Le empujé un vaso por encima de la mesa y la botella de whisky que guardo a mano con propósitos no medicinales. —¿Qué le parece si se tranquiliza y me lo cuenta todo? —¿No... no se lo dirá luego a mi mujer? —-Hablemos claro, Word. No puedo hacerle promesas. Intentó servirse un trago, pero el tintineo podía oírse al otro lado de la calle, y la mayor parte del licor fue a parar a sus zapatos. —Soy un honrado trabajador —explicó—. Mantenimiento de máquinas. Construyo y reparo vibradores. Ya sabe... esos aparatitos …

Donde su fuego nunca se apaga, de May Sinclair

Me piden el cuento más memorable de cuantos he leído. Pienso en "El escarabajo de oro" de Poe, en "Los expulsados de Poker-Flat" de Bret Harte, en "Corazón de la tiniebla" de Conrad; en "El jardinero" de Kipling o en "La mejor historia del mundo", en "Bola de sebo" de Maupassant, en "La para de mono" de Jacobs, en "El dios de los gongs" de Chesterton. Pienso en el relato del ciego Abdula en "Las mil y una noches", en O. Henry y en el infante don Juan Manuel, en otros nombres evidentes e ilustres. Elijo, sin embargo en gracia de su poca notoriedad y de su valor indudable el relato alucinatorio "Donde su fuego nunca se apaga", de May Sincalir. 
Recuérdese la pobreza de los Infiernos que han elaborado los teólogos y que los poetas han repetido; léase después este cuento. 

Jorge Luis Borges "Por qué eligió este cuento Jorge Luis Borges", El hogar, 26 de julio de 1935.

* * * * *