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Estampa berlinesa, de Víctor Barrera Enderle

Víctor Barrera Enderle
Fiódor Mijáilovich Dostoievski estuvo un solo día en Berlín, al menos así lo apunta en su extraordinario libro de viajes: Notas de invierno sobre impresiones de verano. Tras un penoso viaje en tren, nuestro autor deja su país por vez primera y viaja a Occidente, a esa Europa que los no europeos soñamos con frecuencia e idealizamos irremediablemente. Durante dos meses recorrería Europa y escribiría sus impresiones para la revista El tiempo. La capital de la futura República Alemana es su primera escala. Yo estoy en Berlín y mientras camino por Unter den Linden, confronto rápidamente mis impresiones de la ciudad con las suyas. Dostoievski es rudo. La primera impresión es la decepción: Berlín le recuerda a San Petersburgo. Nada asombroso puede depararle u lugar así, piensa mientras apura su salida a Dresden. Para mí, Berlín es una ciudad única: lo mejor y lo peor del siglo XX pasó por aquí. No es una ciudad transparente, hay huellas por todas partes. Los berlineses son sabio y cultivan  la memoria, a pesar del dolor y la amargura. La ciudad de 1862 es distinta a la de 2004, evidentemente. Pero muchas cosas permanecen iguales. Esta calle, por ejemplo, "Bajo los Tilos" un nombre evocador de otros tiempos. Bajo los Tilos todo pasa en Berlín, de Napoleón a Hitler, de los Humboldt a Kafka y Döblin, de Stalin a Kennedy. Es un recorrido breve, se inicia al traspasar la Puerta de Brandenburgo y termina al arribar al la Alexanderplatz. No es una avenida impresionante, como los Campos Elíseos de París, pero es agradable, cercana. No es hostil con los intrusos pobres y anónimos, como yo; uno puede transitarla sin sentirse extranjero, perderse en un reflejo de sus aparadores, espiar la entrada de la Universidad e imaginar lecciones rigurosas sobre geografía e historia, entretener un día entero en la Isla de los Museos: irse metafóricamente de bruces ante el Altar de Pérgamo, o soñar con un encuentro imposible y anacrónico con Marlene Dietrich, el más oscuro y hermoso de todos los ángeles caídos. 
Ahora me detengo ante la estatua ecuestre de Federico El Grande, el gobernador dieciochesco con inclinaciones intelectuales, como el emperador Adriano. Pero no fue el helenismo, que tanto cautivó al emperador de Roma, la flama que alimentaba su curiosidad intelectual, sino la Ilustración, el iluminismo francés. Esta calle se convierte más allá en el camino real (la Königstrasse), la ruta que Federico recorría despreocupado hasta sus palacios campestres en Potsdam. Recuerdo haber visto en su casa la Isla de los Pavos Reales varios libros de Voltaire, su filósofo de cabecera. Federico gustaba de la buena lectura e imaginaba un pasado ancestral y grecolatino para su pueblo, no en vano ordenó construir en los alrededores de sus palacios campestres falsas ruinas romanas. Desde la ventana de su recámara podía observar, al levantar la vista e interrumpir la lectura en turno, un pórtico derruido en el bosque nevado. ¡Ah, la necesidad de las tradiciones! Su amor por Francia y lo francés alimentó, a contracorriente, las reacciones románticas y nacionalistas de autores como Herder y Novalis, escritores que escribían para el pasado desolado y silente, para llenar oquedades profundas y oscuras, y cimentar con ello futuras expresiones de la lengua alemana...
Berlín era y es el centro de Alemania pero también la puerta hacia el exterior, hacia el mundo, tal vez por eso Dostoievski creyó retornar a San Petersburgo nada más descender del ferrocarril. San Petersburgo fue igualmente la gran ventana rusa que miraba hacia Europa; la peculiar modernización de esta lejana nación inició en sus calles, en la Perspectiva Nevski, particularmente, donde, según Gogol, nacía toda significación. Allí las personas se volvían distintas, anónimas, sin temor a la exhibición. Esa es tal vez una de las características  que insuflan a la capital alemana. El anonimato de la exhibición. Los berlineses caminan sin preocupación, no olvidan las reglas (alemanes, al fin y al cabo), mas denuncian la conciencia de su libertad. 
El corazón de la ciudad es nuevo y reemplaza al viejo órgano urbano que se desplegaba en la Potsdamerplatz. Las mayores empresas transnacionales han implantado aquí sus edificios de cristal. Hace unas décadas este lugar era un eriazo cercado pro púas metálicas y rifles automáticos. El Muro cruzaba por el medio y dividía arbitrariamente la ciudad. Es cierto: hace años fue derrumbado, pero su trazo permanece: una línea de adoquín blanco atestigua su antigua presencia. Además, restos del Muro  permanecen en pie y son ahora el fondo ideal para postales turísticas. Los antiguos cruces militares venden hoy souvenirs del pasado comunista. La hoz y el martillo adornan misiles de camisas multicolores. El Berlín Oriental conserva aún la arquitectura de la República Federal: inmensos bloques de departamentos iguales, algunos abandonados hace tiempo y hoy repoblados pro artistas marginales que montan en ellos sus exposiciones. Edificios grises y sin calefacción: recuerdo latente de tiempos difíciles. 
Los jardines públicos son vastos y con múltiples senderos. El Parque de Tiergarden es el más grande. En invierno es un cementerio de árboles secos y estatuas cubiertas. Escondido entre el follaje y cerca de la puerta de Brandenburgo está un monumento a Goethe que me gustaría visitar con cierta frecuencia. Es un remanso secreto. Y más allá se adivinan el zoológico y la Kufurstendam, la zona comercial rematada con la iglesia derruida del Kaiser Wilhelm: la esencia del Berlín actual, financiero y cosmopolita, que ha superado, o mejor dicho. reprimido, el trauma del pasado reciente. 
Los días invernales son extremadamente cortos y los trenes se llenan desde temprano, la gente se apresura a desplazarse, la ciudad se acelera pero al poco tiempo se calma nuevamente y un ritmo sereno y apacible parece poseerla durante el resto de la noche, a pesar de la intensidad de la vida nocturna. Otro día se consume y, mientras espero en la estación el tren que me llevará a mi hogar provisional, me alegro de no haber partido inmediatamente  a Dresden, como hizo hace más de cien años el más grande de los escritores rusos. 

2004

[Tomado de  El reino de lo posible, Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León, México, 2008]

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