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El hombre sobrecargado, de James Graham Ballard

Faulkner estaba enloqueciendo lentamente.
Después del desayuno esperaba con impaciencia en el vestíbulo mientras su mujer ordenaba la cocina. Ella no tardaría más de dos o tres minutos en irse, pero por alguna razón esa corta espera de todas las mañanas se le hacía intolerable. Mientras abría las cortinas venecianas y acomodaba la silla reclinable en la galería, prestó atención a los eficaces movimientos de Julia. En una sola y ordenada secuencia alineaba las copas y las fuentes en el lavaplatos, introducía la carne para la cena de esa noche en la cocina automática y conectaba la alarma, bajaba el refrigerador de aire acondicionado y el equipo para calentar agua, abría los grifos del depósito de petróleo -el camión llegaría a la tarde-, iba al garaje, y descorría una puerta.
Faulkner siguió esa secuencia con admiración, llevando la cuenta de todos los pasos, mientras los aparatos siseaban y cloqueaban. 
Tendrías que estar en un B-52, pensó Faulkner, o en la sala de control de una fábrica de productos petroquímicos. En realidad Julia trabajaba en la oficina de personal de la clínica y sin duda se pasaba todo el día metida en un idéntico torbellino de eficiencia, apretando botones que decían "Jones", "Smith" y "Brown", poniendo los parapléjicos ala izquierda, los paranoides a la derecha.
Julia entró en el vestíbulo y se le acercó; una administradora típica, con un impecable traje negro y blusa blanca.
-¿Hoy no vas a la escuela? -le preguntó.
Faulkner meneó la cabeza, barajó algunos papeles en el escritorio.
-No, todavía sigo con mi meditación creativa. Sólo por esta semana. El profesor Harman estimó que yo dictaba demasiadas clases y estaba un poco agotado.
Ella asintió y lo miró con suspicacia. Hacia tres semanas que Faulkner permanecía en casa, dormitando en la galería, y ella ya empezaba a sospechar. Antes o después, cavilaba Faulkner, Julia lo descubriría, pero para ese entonces esperaba estar lejos de todo. Tenía muchas ganas de contarle la verdad, que hacía dos meses había renunciado al empleo de profesor en la Escuela de Comercio y que no tenía el propósito de regresar. Buena sorpresa se llevaría ella al enterarse de que prácticamente habían gastado el último cheque y que quizá tuvieran que arreglárselas con un solo cheque. Que trabaje, pensó Faulkner, al fin y al cabo ella gana más que yo. 
Faulkner hizo un esfuerzo y le sonrió. ¡Márchate!, aulló por dentro, pero ella revoloteaba, indecisa. 
-¿Qué vas a almorzar? No...
-No te preocupes por mí -la interrumpió Faulkner con sequedad, mirando el reloj-. Hace seis meses que dejé de comer. Tú almuerzas en la clínica.
Aun hablarle a Julia era ahora un esfuerzo. Habría deseado poder comunicarse con ella mediante notas escritas, y hasta había comprado un par de libretas con ese propósito. Sin embargo, nunca se había animado a sugerirle que usara la de ella, aunque él solía dejarle mensajes por todas partes, con el pretexto de que estaba tan atareado intelectualmente que una charla podía cortarle el hilo del pensamiento.
Lo curioso es que nunca se le había ocurrido seriamente la idea de dejarla. Semejante escapatoria nada probaría. Además, tenía planeada otra posibilidad.
-¿Estarás bien? -preguntó ella, todavía estudiándolo con la mirada.
-Absolutamente -dijo Faulkner, sin renunciar a aquella sonrisa que lo agobiaba tanto como un día de trabajo.
Ella le dio un beso rápido y funcional, como el mordisco automático de una enorme máquina de tapar botellas. Faulkner siguió sonriendo hasta que ella llegó a la puerta. En cuanto se fue, la cara se le aflojó lentamente, y volvió a respirar y fue relajándose, desagtando la tensión en los brazos y en las piernas. Por unos minutos vagó indeciso por la casa vacía, luego volvió al vestíbulo dispuesto a trabajar en serio.
el programa cotidiano seguía por lo general siempre el mismo curso. Primero, Faulkner tomaba del cajón central del escritorio un pequeño reloj despertador equipado con una pila eléctrica y una correa para la muñeca. Se sentaba en la galería, se ajustaba la correa, le daba cuerda al reloj, ponía en hora la campanilla,y dejaba el despertador en la mesa que tenía al lado, sujetando el brazo a la silla para no correr el riesgo de tirar el reloj al suelo.
Listo ya, se reclinaba y miraba la escena frente a él.
Villa Menninger, o el "Cajón", como la llamaban los habitantes de la zona, había sido construida hace diez años como grupo independiente de viviendas destinado al personal egresado que trabajaba en la clínica y a sus familias. El complejo estaba integrado por un total de sesenta casas, cada una diseñada para cumplir una determinada función arquitectónica, preservando su propia identidad interior a la vez que confundiéndose con la estructura orgánica del resto del grupo. El objetivo de los arquitectos, enfrentados a la tarea de comprimir un gran número de casas pequeñas en un lote de una hectárea y media, había consistido, ante todo, en eludir la producción de una serie de casuchas idénticas, como en casi todos los grupos análogos, y en segundo lugar, esbozar la estructura de una amplia fundación psiquiátrica que sirviera de modelo para los grupos de viviendas asociadas del futuro.
Sin embargo, como todos allí ya lo habían advertido, vivir en el Cajón era el mismísimo infierno. Los arquitectos habían utilizado el denominado sistema psicomodular -un diseño básico en L-, y esto quería decir que todo estaba encima de todo o debajo de todo, y que el conjunto resultante era una exhibición de vidrio esmerilado, rectángulos y curvas blancas, a primera vista estimulantes y abstractos (la revista Life había dedicado varias fotografías lustrosas a las nuevas "tendencias habitacionales" sugeridas por la Villa) pero amorfos y visualmente extenuantes para la gente que vivía allí. La mayor parte del personal superior de la clínica no había tardado en marcharse, y ahora cualquiera podía alquilar una casa en la Villa, siempre que alguien lograra convencerlo de que viviera allí.
Faulkner miró por la galería, separando del montón de formas blancas y geométricas las ocho casas que podía ver sin mover la cabeza. a la izquierda, en la casa aledaña, vivían los Penzil; a la derecha los McPherson; las otras seis casas se alzaban enfrente, en el extremo opuesto de una confusión de jardines comunicados entre sí, abstractas ratoneras divididas por altos paneles blancos y angulosas láminas de vidrio.
En el jardín de los Penzil había un grupo de enormes bloques alfabéticos de un metro de alto cada uno, con los que jugaban los dos hijos. Con frecuencia dejaban mensajes sobre la hierba para que los leyera Faulkner, a veces obscenos, otras simplemente gnómicos y herméticos. El de esta mañana pertenecía a la segunda categoría. Los bloques rezaban:

PARA Y VETE

Especulando sobre la significación total de este enunciado, Faulkner aflojó el cuerpo y la mirada se le  perdió entre las casas. Los borrosos perfiles gradualmente se difuminaron y disiparon, y los largos balcones y rampas parcialmente ocultos por los árboles intermedios se convirtieron en formas incorpóreas como gigantescas unidades geométricas.
Respirando con lentitud, Faulkner fue cerrando las puertas de la memoria hasta borrar sin esfuerzo toda percepción de la identidad de  las casas de enfrente.
Ahora contemplaba un paisaje cubista, un apiñamiento de casuales formas blancas bajo un fondo azul, atravesado por polvorientos manchones verdes que se movían hacia adelante y hacia atrás. Ociosamente se preguntó que representaban en realidad esas formas geométricas -sabía que apenas unos segundos antes habían sido una parte familiar  e inmediata de la existencia cotidiana-, pero aunque intentaba reordenarlas en el espacio para asociarlas con alguna otra cosa, seguían siendo un azaroso conjunto de formas geométricas.
Faulkner había descubierto ese talento hacía sólo unas tres semanas. Un domingo por la mañana, en el vestíbulo, al mirar con desdén un televisor apagado, de pronto advirtió que había aceptado y asimilado hasta tal punto la forma física del gabinete de plástico que ya no podía recordar para qué servía. Había necesitado hacer un notable esfuerzo mental para recobrarse e identificarlo de nuevo. Interesado, había aplicado ese nuevo talento a otros objetos, comprobando que era particularmente eficaz con aquellos que estaban sobrecargados de asociaciones, tales como máquinas de lavar, automóviles y artículos de consumo. Despojados de las creencias de los slogans de venta y de los imperativos del estatus, esos objetos apenas parecían reales, y un leve esfuerzo mental bastaba para obliterarlos por completo.
El efecto era similar al de la mescalina y otros alucinógenos, bajo cuya influencia las arrugas de un almohadón parecen tan profundas como los cráteres de la Luna., y los pliegues de una cortina se transforman en los rizos del oleaje de la eternidad.

Durante las semanas subsiguientes Faulkner había ensayado con cuidado distintas experiencias, perfeccionando esta capacidad de interrumpir todo contacto. El proceso fue lento, pero poco a poco fue eliminando grupos de objetos más numerosos: el mobiliario el vestíbulo, los artefactos excesivamente esmaltados de la cocina, el coche en el garaje -desprovisto de identidad, yacía en la semipenumbra como una enorme médula vegetal, fláccida y reluciente; al tratar de identificarlo otra vez casi había perdido el juicio. "¿Hay algo que tenga posibilidades de ser?", se había preguntado en vano a sí mismo, desternillándose de la risa-; y mientras desarrollaba esa aptitud entendió oscuramente que había encontrado un camino para escapar al mundo intolerable que lo rodeaba en la Villa.
Le había descrito esa capacidad a Ross Hendricks, quien vivía a pocas casas de distancia y también trabajaba en la Escuela de Comercio; Hendricks era el único amigo íntimo de Faulkner.
-Puede que en realidad esté dando un paso fuera del tiempo -especuló Faulkner-. Sin el sentido del tiempo la conciencia visual no es posible. Es decir, al eliminar el vector tiempo de los objetos sin identidad, los liberamos de toda asociación cognitiva cotidiana. Alternativamente, puede que haya dado con un modo de reprimir los centros foto-asociativos que normalmente identifican los objetos visuales, así como puedes escuchar a alguien que habla tu lengua sin que los sonidos tengan ningún significado. Todos lo han intentado alguna vez.
Hendricks había asentido.
-Pero no lo conviertas en una vocación. -Había observado a Faulkner atentamente.- No puedes cerrar los ojos al mundo. La relación sujeto-objeto no es tan polarizada como lo sugiere el "Cogito ergo sum" de Descartes. Toda vez que devalúes el mundo externo estarás devaluándote a ti mismo. Me parece que tu verdadero problema es revertir el proceso.
Pero Hendricks, aun simpatizando con Faulkner, no podía ayudarlo. Además, era placentero ver el mundo de nuevo, abandonarse a un inagotable panorama de imágenes de brillantes colores. ¿Qué importaba si las formas no tenían contenido?
Un áspero chasquido lo despertó abruptamente. Se incorporó con un sobresalto y manoteó el reloj, conectado para despertarlo a las once en punto. Lo miró y vio que eran sólo las once menos cinco. La campanilla no había sonado, y él no había recibido una descarga  de la pila. Pero el chasquido había sido muy claro. No obstante, había tantos artefactos y robots en la casa que podía haber sido cualquier otra cosa.
Una forma oscura atravesó el panel de vidrio esmerilado, la pared lateral del salón. A través del panel vio que un coche frenaba y se detenía en la angosta calzada que separaba su casa de la de los Penzil. Una mujer joven con camisa azul bajó del coche y caminó por la grava. Era la cuñada de Penzil, una chica de veinte años que vivía con ellos desde hacía un par de meses. En cuanto ella se metió en la casa, Faulkner se apresuró a desatarse el reloj y se incorporó. Abrió las puertas de la galería y salió la jardín, mirando por encima del hombro. 
La muchacha, Louise (Faulkner jamás le había hablado), tomaba clases de escultura por la mañana, y al regresar solía darse una ducha  antes de ir a la terraza a tomar el sol.
Faulkner se quedó dando vueltas en el fondo del jardín, tirando piedras y fingiendo que enderezaba algunas tablillas de la pérgola. Advirtió que Harvey, el hijo de quince años de los McPherson, se acercaba por el otro jardín.
-¿Por qué no estás en la escuela? -le preguntó a Harvey, un joven delgaducho de cara alargada e inteligente bajo una mata de cabellos castaños.
-Tendría que estar- dijo Harvey sin alterarse-. Pero convencí a mamá de que estaba muy tenso, y Morrison -el padre- dijo que yo estaba racionalizando demasiado. -Se encogió de hombros.- Los pacientes de aquí son muy poco estrictos.
-Por una vez estás en lo cierto -acordó Faulkner, mirando por encima del hombro la casilla de la ducha. Una forma rosada entró en la casilla, hizo girar los grifos, y se oyó el gorgoteo del agua.
-Dígame, señor Faulkner -lo interpeló Harvey-, ¿se da cuenta que desde la muerte de Einstein en mil novecientos cincuenta y cinco no hemos tenido un solo genio viviente? Desde Miguel Ángel, pasando por Shakespeare, Newton, Beethoven, Goethe, Darwin, Freud y Einstein, siempre hubo un genio viviente. Es la primera vez en quinientos años que estamos solos.
Faulkner asintió con los ojos en otra parte.
-Lo sé -dijo-. Yo también me siento muy solo cuando lo pienso.
El rumor de la ducha cesó, Faulkner le gruñó algo a Harvey, regresó a la galería y volvió a sentarse en la silla, con la pila conectada en la muñeca.
Obstinadamente, objeto por objeto, comenzó a apagar el mundo que lo rodeaba. Las casas de enfrente fueron lo primero. Las blancas formas de techos y balcones no tardaron en reducirse a rectángulos chatos; los trazos de las ventanas, a pequeñas imágenes de color semejantes a los cuadrículos de un Mondrian abstracto. El cielo era un campo azul e inexpresivo. Un avión lo surcó a distancia, rugiendo. Faulkner suprimió cuidadosamente la identidad de la imagen y luego observó cómo el delgado dardo de plata desaparecía con lentitud, como un fragmento evanescente en un sueño de dibujos animados.
Mientras esperaba a que se apagaran los motores, creyó oír otra vez el chasquido inexplicable que había escuchado esa mañana. Había sonado ahora a pocos metros, cerca de la ventana doble que había a la derecha, pero Faulkner estaba ahora sumergido en el caleidoscopio que se desplegaba frente a él, y no intentó levantarse.
Cuando el avión desapareció, Faulkner  se volvió al jardín y borró rápidamente la alambrada blanca, la falsa pérgola, el disco elíptico de la alberca ornamental. El sendero se bifurca rodeando la alberca, y en cuanto Faulkner anuló el recuerdo de las innumerables veces que lo había recorrido, la cinta de graba se recortó en el aire como un brazo de terracota sosteniendo una desmesurada alhaja de plata.
Satisfecho de haber obliterado la Villa y el jardín, Faulkner inició la demolición de la casa. Los objetos que aquí lo rodeaban eran más familiares extensiones de sí mismo altamente personalizadas. Comenzó por el mobiliario de la galería, transformando las sillas tubulares y las mesas con tablas de vidrio en un trío de espirales verdes y curvas. Luego volvió un poco la cabeza y se decidió por el televisor del vestíbulo, a la derecha. El aparato se aferraba débilmente a su propia identidad. Pero le costó desenfocar la mente, reduciendo el televisor a una caja parda de plástico con falso veteado de madera, una mancha amorfa.
Poco a poco sacó la biblioteca y el escritorio de toda asociación. Las lámparas estándar y los marcos de los cuadros quedaron suspendidos en el vacío, como trastos de un desván psicológico; los sillones y sofás blancos como nubes romas y rectangulares.
Faulkner, anclado en la realidad sólo por el mecanismo de alarma conectado a la muñeca, volvió la cabeza a un lado y a otro, obliterando sistemáticamente todo vestigio de significado en el mundo circundante, reduciéndolo a valores formales y visuales.
Gradualmente también estos valores perdieron su significado, y las abstractas masas de color se disolvieron, arrastrando a Faulkner a un mundo de meras impresiones psíquicas, donde los bloques de ideas pendían como campos magnéticos en el interior de una nube...

La campanilla vibró estrepitosamente, mientras la pila eléctrica descargaba aguijonazos en el antebrazo de Faulkner. Sintiendo aun unas punzadas de dolor en el cráneo, regresó a la realidad, se quitó la correa, masajeándose los brazos, y desconectó la campanilla.
Permaneció unos minutos refregándose la muñeca y reidentificando los objetos circundantes, las casas de enfrente, los jardines, el vestíbulo, consciente de que un muro de vidrio se había interpuesto entre ellos y su propia psique. Por mucho que se concentrara en el mundo externo, aun los separaba una pantalla, cuya opacidad aumentaba imperceptiblemente.
Las mamparas se alzaron también en otros niveles.

Julia llegó a la casa a las seis, agotada por un día laborioso, y se irritó al ver a Faulkner dando vueltas, como aturdido, y la galería sembrada de vasos sucios.
-¡Y bien, límpialos! -estalló cuando Faulkner le cedió la silla y se dispuso a ir arriba- . No dejes el lugar así. ¿Qué te está pasando? ¡Vamos, conéctate!
Faulkner recogió algunos vasos y, murmurando entre dientes, se encaminó a la cocina. Cuando trató de irse, Julia le cerró el paso. Algo la preocupaba. Sorbió rápidamente el martini y luego empezó a sondearlo con respecto a la escuela. Faulkner supuso que Julia habría llamado allí con algún pretexto, y luego de mencionarlo a él como al pasar, las sospechas de ella se habían reforzado.
-La dependencia es terrible -dijo Faulkner-. Te vas dos días y nadie se acuerda de ti. -Mediante un tenaz esfuerzo de concentración había logrado evitar mirarla a la cara desde que ella había llegado. En realidad hacía unas semanas que no se miraban a la cara. Tuvo esperanzas de que esto la hubiera desalentado.
La cena fue una lenta agonía. Los olores del asado cocinado automáticamente habían impregnado la casa toda la tarde. Incapaz de comer más que unos pocos bocados, Faulkner no sabía qué hacer. Como Julia, afortunadamente, tenía un apetito voraz, él pudo dedicarse a mirarle la cabeza mientras comía. Si ella alzaba los ojos, Faulkner paseaba una mirada distraída por el cuarto.

Después de la cena, por suerte, miraron televisión. El crepúsculo desdibujaba las otras casas de la Villa, y mientras permanecían sentado en la oscuridad frente al aparato, Julia protestaba contra los programas.
-¿Por qué lo miramos todas las noches? -preguntó-. No sirve más que para perder el tiempo.
Faulkner hizo un gesto vago.
-Es un documento social interesante. -Hundido en el sillón, las manos aparentemente detrás de la nuca, podía taparse los oídos con los dedos y suprimir los ruidos del televisor.- No prestes atención a lo que dicen -le dijo a su mujer-. Tiene más sentido así. -Observó a los personajes que movían los labios en silencio como peces enloquecidos. Los momentos culminantes de los melodramas parecían particularmente irrisorios; cuanto más intensa era la situación más divertida era la farsa.
Algo le golpeó duramente la rodilla. Alzó los ojos y vio a Julia reclinada sobre él, con las cejas fruncidas y los labios moviéndose con furia. Faulkner, aún con los oídos tapados, observó esa cara con cierto desprendimiento, y por un instante pensó si no tendría que completar el proceso y anularla como antes había anulado el resto del mundo. Entonces, no se molestaría en poner el despertador...
-¡Harry! -oyó que Julia ladraba.
Se incorporó con un sobresalto. La voz de Julia se alzaba sobre el parloteo del televisor.
-¿Qué ocurre? Estaba dormido.
-Estabas en trance, querrás decir. Hazme el favor de responder cuando te hablo. Te decía que esta tarde me encontré con Harriet Tizzard- Faulkner gruño y Julia siguió acosándolo.- Sabes que no soporto a los Tizzard, pero tendríamos que verlos más a menudo...
Mientras su mujer seguía farfullando, Faulkner fue hunidéndose en el sillón. En cuanto ella volvió a sentarse, se llevó las manos a la nuca. Luego de unos pocos y prudentes murmullos, Faulkner se metió los dedos en las orejas, anuló la voz de la mujer, y siguió contemplando calladamente la pantalla silenciosa.

A las diez de la mañana siguiente estaba de nuevo en la galería, con el despertador sujeto a la muñeca, pasó una hora disfrutando de las formas incorpóreas que flotaban alrededor, libre de toda ansiedad. Cuando a las once lo despertó el reloj, se sentía aliviado y descansado. Durante unos momentos pudo mirar las casas vecinas como curiosos objetos arquitectónicos. Gradualmente, sin embargo, todo volvió a segregar el mismo veneno, aquella pátina de insidiosas asociaciones, y a los diez minutos Faulkner miraba el reloj de pulsera con impaciencia.
Cuando el coche de Louise Penzil se detuvo en la calzada, Faulkner desconectó el despertador y salió al jardín, agachando la cabeza para anular la mayor cantidad posible de casas circundantes. Mientras haraganeaba en la pérgola, reacomodando las tablillas que los rosales habían aflojado, Harvey McPherson se asomo de pronto a la empalizada.
-Harvey, ¿todavía por aquí? ¿No vas a la escuela?
-Bien, trato de relajarme igual que mamá -explicó Harvey-. El contexto competitivo del aula...
-Yo también estoy tratando de relajarme -interrumpió Faulkner-. Dejémoslo así. ¿Por qué no tratas de superarlo?
Harvey prosiguió imperturbable.
-Señor Faulkner, tengo una serie de problemas metafísicos que me están inquietando. Quizá usted pueda ayudarme. Se supone que el único absoluto en el espacio-tiempo es la velocidad de la luz. Pero, estrictamente hablando, toda estimación de la velocidad de la luz implica un elemento temporal que es subjetivamente variable... ¿Qué nos queda entonces?
-Las mujeres -dijo Faulkner. Miró por encima del hombro hacia la casa de los Penzil y luego se volvió desganadamente hacia Harvey.
Harvey frunció el ceño y trató de alisarse el cabello.
-¿De qué me está hablando?
-Las mujeres -repitió Faulkner-. Ya sabes, el sexo débil, la parte femenina de la especie.
-Oh, por Dios. -Harvey sacudió la cabeza y regresó a su casa, refunfuñando.
Con eso te tapé la boca, pensó Faulkner. Se dedicó a escudriñar la casa de los Penzil a través de las tablillas de la pérgola. De repente advirtió que Harry Penzil estaba en el centro de la ventana y lo miraba frunciendo el entrecejo.
Faulkner se apresuró a darle la espalda y fingió estar podando los rosales. Cuando por fin volvió a casa unas gotas de sudor le perlaban la frente. Harry Penzil era la clase de hombre capaz de encaramarse a una empalizada, dispuesto a darle un puñetazo.
Faulkner se preparó un trago en la cocina, lo llevó a la galería y se sentó. Antes de conectar el despertador, esperó a sentirse más tranquilo.
Escuchaba atentamente los ruidos que llegaban de la casa de los Penzil cuando oyó un tenue y familiar chasquido metálico en la casa de la derecha.
Faulkner se inclinó hacia adelante y examinó la pared de la galería. La pared era una lámina de grueso vidrio esmerilado, totalmente opaca, que sostenía un techo de vigas blancas y unas láminas corrugadas de polietileno. Poco más allá de la galería, ocultando los sectores próximos de los jardines contiguos, había un enrejado metálico de tres metros de alto que se extendía unos seis metro a lo largo de la cerca, adornado con camelias japonesas.
Inspeccionó minuciosamente el enrejado y de pronto descubrió el perfil de un objeto negro y cuadrangular sobre un delgado trípode, apoyado en el primer soporte vertical, a un metro apenas de la ventana abierta de la galería. A través de una ranura horizontal, un pequeño ojo de vidrio lo miraba impasiblemente.
¡Una cámara! Faulkner saltó del sillón, mirando boquiabierto el artefacto. Harvey había estado fotografiándolo durante días, divirtiéndose, registrando escenas privadas.
Hirviendo de furia, Faulkner fue hasta el enrejado, quitó una pata metálica del soporte y alzó la cámara. El trípode cayó con estrépito y Faulkner oyó que alguien se incorporaba sobresaltado de una silla en casa de los McPherson.
Faulkner forcejeó con la cámara y arrancó el cable de control remoto conectado a la palanca del disparador. Abrió la cámara, extrajo la película, la tiró al suelo y la aplastó con el talón del zapato. Junto a los pedazos, dio unos pasos y los arrojó por encima de la empalizada, al extremo opuesto del jardín de los McPherson.
Cuando volvió a beber el resto del vaso, el teléfono sonó en el vestíbulo.
-Sí, ¿qué pasa? -vociferó en el receptor.
-¿Eres tú, Harry? Habla Julia.
-¿Quién? -respondió irreflexivamente Faulkner-. Oh, sí. Bien, ¿cómo andan las cosas?
-No mu bien, por lo que parece. -La voz de su mujer se volvió más severa.- Acabo de tener una larga charla con el profesor Harman. Me dijo que renunciaste a la escuela hace dos meses. ¿A qué estás jugando, Harry? Me cuesta creerlo.
-A mí también -retrucó burlonamente Faulkner-. Es la mejor noticia que he recibido durante años. Gracias por confirmármela.
-¡Hary! -Ahora Julia hablaba a gritos- ¡No seas insensato! Si piensas que voy a mantenerte te equivocas de veras. El profesor Harman dijo...
-¡Ese idiota de Harman! -interrumpió Faulkner-. ¿No te das cuenta de que me estaba volviendo loco? -La voz de Julia se alzó en un chillido histérico, y Faulkner apartó el tubo, y luego lo puso tranquilamente en la horquilla. Después de un instante volvió a descolgarlo y lo apoyó sobre los volúmenes de la guía telefónica.

Afuera, la mañana primaveral pendía sobre la Villa como un telón de silencio. Aquí y allá se mecía un árbol en el aire cálido, o una ventana se abría para recibir el sol, pero ninguna otra cosa interrumpía la tranquilidad y la calma.
Sentado en la galería, Faulkner -con el mecanismo de alarma abandonado en el suelo bajo el sillón- se hundía más y más en aquella ensoñación privada, en el derruido mundo de forma y color que pendía inmóvil alrededor. Las casas de enfrente se habían desvanecido, reemplazadas por largas y blancas bandas rectangulares. El jardín se alzaba como una pendiente verde, y encima se balanceaba la elipse transparente, y él mismo estaba suspendido en el centro como una imagen flotando en un mar de representaciones. No sólo había obliterado el mundo que lo rodeaba; su propio cuerpo y los miembros y el tronco parecían una extensión de la mente, formas incorpóreas cuyas dimensiones físicas eran como una onírica percepción de su propia identidad.

Unas horas más tarde, mientras giraba lentamente en medio de esos sueños, advirtió una súbita intrusión. Enfocó los ojos y distinguió sorprendido la imagen oscura de Julia, de pie frente a él, gritando airadamente y gesticulando con la cartera.
Durante unos minutos Faulkner examinó la entidad familiar, las proporciones de los brazos y las piernas, los rasgos de la cara. Luego, sin moverse, comenzó a desmantelarla mentalmente, obliterándola parte por parte. Primero olvidó las manos, que siempre se agitaban y retorcían como pájaros frenéticos, luego los brazos y los hombros, borrando el recuerdo de aquellos enérgicos movimientos. Al fin, cuando la cara se le acercó moviendo incesantemente los labios, también la olvidó, de modo que sólo veía una borrosa cuña pastosa y grisácea, deformada por salientes y surcos, y grietas que se abrían y cerraban como las aberturas de un extraño fuelle.
Volvió al callado paisaje onírico, pero ella seguía allí, detrás, insistiendo. Era una presencia desagradable y amorfa, una masa de ángulos perturbadores.
Al fin hubo un breve contacto físico. Faulkner trató de apartarla y sintió que ella se le aferraba al brazo como un perro. Trató de echarla con un sacudón pero ella no lo soltaba, y se estremecía como en un ataque de furia.
El tono de la voz era áspero e impaciente. Al principio Faulkner la ignoró; luego empezó a apretarla y alisarla, cambiando aquellas formas angulares en algo más redondo y terso.
Mientras trabajaba, amasándola como un escultor que moldea un bloque de arcilla, oyó una serie de crujidos, y sobre ellos un débil chillido persistente. Al fin la dejó caer al suelo, una masa suave y gemebunda de goma esponjosa.
Faulkner regresó a sus ensoñaciones y re-asimiló el intacto paisaje. El forcejeo con Julia le había recordado el único impedimento que le quedaba: su propio cuerpo. Aunque había olvidado la identidad de ese cuerpo, seguía siendo cálido y pesado, vagamente incómodo, como una cama mal hecha durante un sueño sobresaltado. Lo que él deseaba era la representación pura, la impávida sensación de lo psíquico no transmutada aún por ningún medio físico. Sólo así podría escapar a la náusea del mundo externo.
En alguna parte de su mente una idea se presentó a sí misma. Faulkner se incorporó y sin saber cómo cruzó la galería hacia el extremo opuesto del jardín.
Oculto por la pérgola de rosas, se quedó de pie cinco minutos al borde de la alberca y luego se metió en el agua. Se le empaparon los pantalones hasta las rodillas. Siguió caminando con lentitud. Cuando llegó al centro se sentó, apartó los juncos, y se tendió en el agua baja.
Poco a poco sintió que la pastosa masa del cuerpo se le disolvía y se le enfriaba, y era ahora menos opresiva. Mirando a través de la superficie del agua, diez centímetros encima de su cara, observó el disco azul del cielo, límpido e imperturbable, expandiéndose hasta colmarle la conciencia. Por fin había encontrado el trasfondo perfecto, el único campo mental posible, un continuo absoluto de existencia no contaminado por excrecencias materiales.
Sin dejar de observarlo, aguardó a que el mundo se disolviera y lo dejara en libertad.

[Tomado de Las voces del tiempo, Minotauro, Barcelona, 1992]

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