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El ángel del segundo piso, de Dashiell Hammett

Dashiell Hammett
Carter Brigham, Carter Webright Brigham para los índices de diversas revistas populares, despertó con un sobresalto, pasando tan súbitamente del sueño a la vigilia que no le cupo la menos duda de que había sido algo externo lo que había perturbado su sueño.
No había sido la luna  y su apartamento daba al lado opuesto de la calle, donde sí había luces; a su alrededor la oscuridad era absoluta... No alcanzaba a ver ni los pies de la cama.
Conteniendo el aliento, sin moverse tras el primer sobresalto del despertar, se quedó echado, aguzando oídos y ojos. Casi al instante se oyó un ruido que procedía de la habitación contigua, quizá el mismo ruido que le había despertado: unos pies que se arrastraban furtivamente sobre el suelo de madera. Un momento de silencio, el chirrido de una silla sobre el suelo, como descolocada por un tobillo descuidado. Luego otra vez el silencio y un débil crujido como el de un cuerpo que se arrastrara pegado a la pared empapelada.
Ahora bien, Carter Brigham no era un héroe ni un cobarde y no estaba armado. Lo más letal que tenía en casa era un par de candelabros que, sin ser armas despreciables para una emergencia, se encontraban al fondo de la habitación de la que llegaban los ruidos.
Si se hubiera despertado y hubiese oído ruidos muy débiles y no repetidos en la otra habitación, el tipo de crujidos que hasta el ladrón más avezado no puede evitar, lo más probable es que Carter se hubiera contentado con quedarse en la cama y procurar asustar al ratero dando unos cuantos gritos. No se le pasaba por alto que en un mano a mano en esas condiciones el merodeador habría contado con todas las ventajas.
Pero éste de ahora había hecho mucho ruido  y hasta había tropezado con una silla, demostrando muy escasa habilidad en la cautela. Al hombre que estaba en la cama ni se le pasó por la cabeza que un ratero inexperto pudiera resultar tan peligroso como uno experimentado.
A lo mejor era que en todos los relatos de bribones que llevaba escritos maridaba siempre fatalidad con habilidad y que, comparativamente, los chapuceros resultaban inofensivos y fácilmente dominables, teoría que había llegado a aceptar como cierta. Después de todo, el que repite algo un suficiente número de veces, antes o después suele terminar por creérselo, o poco menos.
En cualquier caso, Carter Brigham deslizó su cuerpo no carente de musculatura  entre las sábanas, con suavidad, y se acercó silenciosamente sobre sus pies descalzos a la puerta abierta de la habitación de la cual procedían los ruidos. En un interludio de silencio por parte del intruso pasó a situarse dentro de la habitación contigua, de espaldas a la pared; la oscuridad era igual que la de su dormitorio, de modo que se quedó inmóvil esperando a que el merodeador descubriera su posición.
No tuvo que poner a prueba su paciencia, pues pronto el ratero volvió a moverse perceptiblemente. Y en seguida, sobre el rectángulo de la ventana, levemente más iluminada que el resto de la habitación, Carter distinguió cómo la sombra de un hombre -un punto más oscura- se le acercaba. La sombra cruzó por delante de la ventana y volvió a perderse en la oscuridad reinante.
Con el cuerpo en tensión, Carter no se movió hasta que creyó que el ratero había llegado a una zona en la que había mobiliario interpuesto. Luego, con los brazos extendidos y los puños cerrados, Carter se abalanzó  hacia adelante.
Embistió al intruso con le hombro y ambos cayeron al suelo. Un antebrazo se le aplastó contra la garganta, apretándola. Logró apartarlo y sintió un golpe en el pómulo. Pasó un brazo alrededor del cuerpo del ratero y le devolvió el golpe con otro. Rodaron por el suelo una y otra vez hasta que las patas de una pesada mesa los detuvieron, el ratero encima de Carter.
Descontroladamente exaltado con su propia fuerza, que ya se había demostrado superior a la de su oponente, Carter giró el cuerpo, aplastando a su adversario contra la mesa. Luego hundió el puño en aquel cuerpo que se había sacudido de encima y se puso de rodillas, tanteando, para encontrar la garganta del ratero. Cuando la tuvo se dio cuenta de repente de que yacía inmóvil, sin ofrecer resistencia. Riendo triunfal, Carter se puso de pie y encendió la luz.
La chica que había en el suelo no se movió.
Medio tirada, medio encogida, se encontraba inanimada contra la mesa a la que él la había lanzado. Una figura inmóvil y retorcida embutida en un traje sastre negro, con una manga desgarrada desde el hombro y un interminable revoltijo de pelo castaño corto sobre un rostro blanco como la cera, salvo en los lugares que los golpes habían enrojecido. Tenía los ojos cerrados, un brazo sobre el suelo y el otro fláccido a lo largo del cuerpo; una delas piernas con  medias de seda la tenía extendida mientras que la otra quedaba doblada bajo ella.
El sombrero, pequeño y negro, había rodado hasta un rincón en la habitación; no lejos de él se encontraba una palanqueta pequeñísima, la ganzúa con la que había forzado la entrada.
La ventana que daba a la escalera de incendios, siempre cerrada por la noche, estaba abierta de par en par; el cerrojo colgaba doblado.
Mientras luchaba por dominar su desconcierto, los ojos de Carter iban recogiendo estos detalles y transmitiéndolos a su cerebro mecánica, metódicamente, porque hasta hace poco había sido reportero en un periódico de la mañana y esas lecciones de años no se olvidan en unas pocas semanas.
Al cabo de un rato volvió a ser dueño de sí y se acercó para arrodillarse junto a la chica. Tenía le pulso regular, pero no daba otras señales de vida. La levantó del suelo y la llevó al sofá de cuero que había la otro lado de la habitación. Luego trajo agua fría del baño y sacó coñac del bar. Una aplicación generosa de la primera a las sienes y al rostro y del segundo entre los labios, hizo que por fin la boca temblara y que los párpados se entreabrieran.
En seguida abrió los ojos, mirando confusa por toda la habitación, y se atrevió a erguirse. él la obligó con suavidad a apoyar la cabeza contra el sofá.
-Siga tumbada un momento... Hasta que se sienta bien.
Ella pareció darse cuenta de su presencia por primera vez y recordó donde estaba. Con un movimiento de cabeza se sacudió la mano que la sujetaba y se sentó.
-Así que he perdido otra vez -dijo, intentando aparentar una indiferencia sólo levemente teñida de amargura, mirándole a los ojos.
Los suyos eran muy verdes y largos y le iluminaban la cara que, sin su luz suave, habría parecido demasiado ceñuda para ser bella, a pesar de la perfección e sus facciones.
La mirada de Carter se posó en la mejilla descolorida en la que sus nudillos habían dejado unas marcas lívidas.
-Siento haberte pegado -se disculpó-. En la oscuridad creí, naturalmente, que era un hombre. No le hubiera...
-Olvídelo -le ordenó ella fríamente-. Son gajes del oficio.
-Pero es que yo...
-¡Bah, déjelo! -le cortó con impaciencia- No tiene importancia. Estoy bien.
-Me alegro.
Se miró los pies descalzos y se fue al dormitorio a coger la bata y las zapatillas. La chica le observó silenciosamente a regresar, con el rostro desafiantemente calmo.
-Y ahora -sugirió él-, ¿qué tal si me lo cuenta todo?
Ella rió un poco.
-Es una larga historia y los polis se presentarán aquí de un momento a otro. No me daría tiempo de contarla.
-¿La policía?
-Ajá.
-¡Pero si no la he llamado! ¿Por qué iba a hacerlo?
-¡Sabe Dios! -Ella recorrió la habitación con la mirada y luego, de pronto, le miró a los ojos-. Si supone que voy a comprar mi libertad, hermano -y la voz era insolentemente fría-, ¡va dado!
Él lo negó. Y añadió:
-¿Por qué no me lo cuenta todo?
-¿Todos listos para oír un historia muy triste? -ironizó-. Bueno, ahí va: me fue mal con los dos últimos trabajos que hice y tuve que meterme en la cama; estaba tan mal que no comí durante uno o dos días. Pensé que tenía que hacer otro trabajito para sacar algún dinero con el que largarme..., para poder desaparecer de la ciudad durante un tiempo. ¡Y así fue! Estaba un poco mareada por no haber comido nada y metí demasiado ruido, pero incluso así -dijo con una risa burlona- ¡no hubiera conseguido agarrarme si yo hubiera tenido un arma!
Carter se había puesto en pie.
-Tengo comida en la nevera. Vamos a comer algo antes de seguir hablando.
De la ventana abierta por la que había entrado la chica llegó un gruñido; ambos se volvieron hacia allí. En el marco de la ventana había un hombre fornido y de cara enrojecida, con traje de sarga azul brillante y bombín negro. Pasó una gruesa pierna sobre el alféizar y se introdujo en la habitación con la pesada agilidad de un oso.
-Vaya, vaya -y las palabras le salían complacidas de sus labios carnosos, bajo el bigote gris muy recortado-, ¡pero si es mi vieja amiga Angel Grace!
-¡Cassidy! -exclamó la chica débilmente, para luego sumirse en una hosca resignación.
Carter dio un paso al frente.
-¿Qué...?
-No pasa na' -le aseguró el recién llegado, enseñándole un aplaca brillante-. Sargento de detectives Cassidy.  Pasaba por aquí y guipé a alguien que subía por la escalera de incendios. Me quedé esperando a que bajara para cogerle con las manos en la masa. Y como me cansé de esperar, subí a ver qué pasaba.
Se volvió jovial hacia la chica.
-¡Y ahora resulta que es la mismísima Angel! Venga, muñeca, vamos a dar un paseo.
Carter alargó la mano para detenerla cuando ella, sumisa, quiso acercarse al detective.
-¡Un momento! ¿No se puede arreglar este asunto? Yo no quiero denunciar a la dama.
Cassidy miró de soslayo a la chica, a Carter y otra vez a la chica, y luego meneó la cabeza.
-¡No se pue' hacer na'! A Angel se le busca por media docena de trabajitos. Lo de menos es si la denuncia o no... Se la va a ganar de todas maneras...
La chica asintió.
-Gracias, majo -le dijo a Carter, intentando aparentar indiferencia y consiguiéndolo sólo a medias-, pero es que me quieren tanto...
Carter no iba a rendirse sin lucha. Los dioses no envían a una ladrona de carne y hueso a los aposentos de un escritor todas las noches de la semana. Merecía la pena pelear con tal de retener aquel obsequio. La chica, pensó, debía tener material suficiente para escribir relatos de miles, de decenas de miles de palabras. ¿Acaso era como para rendirse a la primera? Empezando por su atractivo, que ya era algo; y también le atraía, aunque eso se lo explicara aún menos, aquella zona que sus puños habían marcado en la suave piel de su mejilla.
-¿No podríamos arreglarlo e alguna manera? -preguntó-. ¿No podríamos arreglarlo de modo que la denuncia  pudiera..., ejem..., dejarse de lado por el momento?
Las pobladas cejas de Cassidy descendieron y su cara enrojeció aún más.
-¿No estará usted intentando...?
Se detuvo y sus ojillos azules se estrecharon hasta casi desaparecer por completo.
-¡Adelante, adelante! Decía usted que...
El soborno, y eso lo sabía Carter, era un asunto serio y especialmente su se dirigía hacia un representante de la ley. No es fácil que un individuo subvierta la ley y la haga a un lado; pero arrojar a semejante instrumento gigantesco unos pocos papeles verdes, esperando que así se le desvíe de su curso es, por decirlo de alguna manera suave, temerario.
De todos modos, la ley, tal y como la representaba este Cassidy, gordo, con una ropa que le hacía bultos por todas partes y no del todo inmaculada, aun siendo indudablemente la misma ley, parecía menos imponente, más accesible. Casi adoptaba una apariencia humana..., la apariencia de un hombre no enteramente libre de pecado. Más aún: en ese momento, la ley estaba mirando a través de unos ojillos azules que se manifestaban claramente codiciosos, por mucho que se alojaran en un rostro inmutable.
Dudó Carter, buscando la forma de que su ofrecimiento fuera lo más atractivo posible; pero el detective le relevó de la necesidad de sacar el asunto a colación.
-Escuche, caballero -dijo sinceramente-. ¡Le sigo muy bien! Pero con to' y eso no creo que mereciera la pena por lo que le iba a costar.
-¿Cuánto?
-Hombre, ofrecen cuatrocientos de recompensa, que yo sepa..., lo misma más.
¡Cuatrocientos dólares! Eso era mucho más de lo que Carter había esperado pagar. Con todo, a ella le podía sacar material por valor de varias veces cuatrocientos dólares.
-¡Hecho! -dijo- ¡Que sean cuatrocientos dólares!
-¡Pero qué dice! -rugió Cassidy-. ¡Si con eso no hago na'! ¿Pero usted por qué clase de tarugo me toma? Si la detengo me gano eso y además hago méritos p'ascender. Ya me dirá qué sentido tiene que la deje por esa cifra y además corra el riesgo de que me echen el guante si acaba sabiéndose algo.
Carter tuvo que reconocer la justeza de la afirmación del policía.
-Quinientos-pujó.
Cassidy negó enérgicamente con la cabeza.
-Con to' y eso, no la dejaría por menos de mil... ¡Y usted sería un idiota si pagara tanto! Ella es una chavala como es debido, pero el mundo ta' lleno de chicas como ella que salen mucho más baratas.
-No puedo pagar mil -dijo Carter despacio; en el banco tenía poco más de esa cantidad.
Su sentido común le advertía no empobrecerse por la chica; le advertía de que pagar incluso quinientos dólares por su libertad sería dar un paso más allá de lo razonable.
Levantó la cabeza para reconocer su derrota y para decirle a Cassidy que podía llevarse a la chica; entonces posó la mirada en ella. Aun luchando por mantener su actitud de irónica diferencia  ante su destino, junto con su imprudente sonrisa, le temblaba la barbilla y los hombros le caían desgarbados.
Los dictados de la razón se quedaron en nada ante aquellos síntomas de desolación.
Sin proponérselo, Carter se encontró diciendo:
-Lo más que puedo dar son setecientos cincuenta.
Cassidy movió la cabeza vivamente, pero se mordió la comisura del labio inferior dejando ver así el gesto vacío de toda intención.
La chica, entrando en acción por la indecisión del sargento de detectives, le puso una mano impulsiva en el brazo y añadió el peso de su personalidad a la tentación del dinero.
-Anda, Cassidy -rogó-. Sé buen chico..., ¡dame una oportunidad! ¡Coge los setecientos cincuenta! ¡Ya se te conoce bastante... aunque no me entregues!
Cassidy se volvió bruscamente hacia Carter:
-Debo estar volviéndome memo, pero... ¡déme la pasta!
A la vista del talonario que Carter sacó de uno de los cajones del escritorio, Cassidy se plantó otra vez, pidiendo que se lo diese en metálico. Finalmente, le convencieron de aceptar el cheque al portador.
Al llegar a la puerta se volvió y agitó un dedo señalando a Carter:
-Recuerde -amenazó-, como intente alguna cosa con este cheque ¡le agarraré aunque tenga que amañarlo todo!
-No pasará nada -le dijo Carter.
Del hambre que tenía la chica no quedó duda alguna: comió vorazmente la carne fría, la ensalada, los panecillos, los pasteles y el café que Carter le puso delante. Ninguno de los dos habló mucho ientras la mente de Carter se afanaba en planear cómo sacarle el máximo partido a aquella oportunidad que se le había brindado.
La chica se suavizó un poco a la hora de los cigarrillos y él la convenció para que hablara de sí misma. Pero estaba claro que le aceptaba con muchas reservas, y ni siquiera fingió bajar la guardia.
Ella le contó su historia brevemente, sin entrar en muchos detalles.
-Mi viejo se llamaba John Cardigan, aunque se le conocía más como John Cajacartón, por el truco de llevar sus herramientas en una caja de zapatos de lo menos sospechosa. Se lo digo yo, ¡era un ratero de lo más astuto que había en el hampa! A mamá no la recuerdo bien. Se murió o se largó o lo que fuera cuando yo era pequeña y al viejo no le gustaba hablar de ella.
"Pero yo tuve educación, criminalmente hablando, tan buena como el primero. Estaban el viejo, que era un mago en lo suyo, y mi hermano mayor, Frank, que ahora está cumpliendo una de catorce años y un día en Deer Lodge, y que con un abrelatas no era lo que se dice un caballero..., ya sabe, revientacajas. Entre ellos y los tíos con los que iban, saqué una educación de lo mejorcito en ciertos aspectos.
"Todo iba bien, yo me ocupaba de la casa para el viejo y para Frank y ellos me daban todo lo que quería, hasta que al viejo le echó el guante en Filadelfia un vigilante nocturno. Luego, un par de semanas después, a Frank le cogieron en un pueblucho a las afueras de Montana..., en Great Falls. Con lo cual me las tuve que valer por mí misma. No habíamos ahorrado mucho, como venía se iba, y lo que teníamos se lo envíe al abogado de Frank, para intentar que le soltaran. Pero no sirvió de nada..., le tenían en el bolsillo y le mandaron a chirona.
"Así que tuve que arreglármelas yo sola. Era cosa de sacarle rendimiento a lo que el viejo y Frank me habían enseñado o echarme a la calle. Claro que en realidad también habría tenido que hacer la calle, pues había muchos tíos que me habrían mantenido... Lo que pasa es que es una mierda de vida. ¡Y no quier pertenecer a nadie!
"A lo mejor se cree que yo podría haber conseguido trabajo en una tienda o en una fábrica o lo que sea. Pero es que, para empezar, una chica sin experiencia las pasa canutas para sacar suficiente para poder vivir; y además, la mitad de los polis de la ciudad sabían que yo era la hija del viejo, y no iban a guardarme el secreto si me encontraban trabajando en cualquier sitio... Se habrían creído que había conseguido el trabajo gracias a alguna banda.
"Así que, después de pensármelo mucho, decidí intentar seguir con el negocio del viejo. Me salió bien desde el principio. Yo conocía todos los trucos del oficio y no era difícil ponerlos en práctica. También ayudaba que fuera chica. un par de veces que me engancharon la gente me creyó cuando dije que estaba allí por casualidad.
"Pero ser una chica también tiene sus inconvenientes. Al ser la única ratera en activo, mi trabajo levantaba sospechas y no pasó mucho tiempo antes de que los polis me enfilaran. Me cazaron un par de veces, pero tenía un buen abogado y no lograron sacar nada en claro, así que acabaron por soltarme. Pero no se olvidaron de mí.
"Luego tuve algunos tropiezos y me metí en algunos trabajitos que sabía que podían colgarme; y por fin se decidieron a buscarme a modo. Para empeorar las cosas, algunos tipos se habían puesto sentimentaloides conmigo y yo les había dado calabazas, con lo cual no paraban de torpedearme, venga a decir todo el mundo que si yo era una presumida y todo eso, cosa que no me favoreció ante la gente que podía haberme ayudado cuando tuve que vérmelas sola.
"Así que además de esconderme de los polis tenía que zafarme de la mitad de las pistolas del foro por miedo a que le dieran al gatillo... o a que me delataran a los polis. ¡No es que en Nueva York tengan mucho sentido de la lealtad!
"Al final se puso tan mal la cosa que ni siquiera pude salir de la habitación en la que tenía mi ropa y lo que hubiera de dinero. Yo estaba encerrada en mi guarida al otro lado de la ciudad, vigilando a los polis que vigilaban el garito y sabiendo que si asomaba la gaita estaba perdida.
"No podía seguir así, sobre todo porque no tenía comida y no podía echar mano de nadie en quien pudiera confiar; así que esta noche me arriesgué y salí por el tejado, queriendo dar un golpe en el primer vertedero medianamente majo que se presentara, por hacerme con un poco de comida y algo de dinero.
"Y éste es el lugar que escogí y así llegamos a este momento.
Se hizo un instante de silencio, ella observando a Carter por el rabillo del ojo, como si intentara leer lo que le pasaba por la cabeza, y él dándole vueltas a la historia, admirando sus posibilidades literarias.
Ella siguió hablando y ahora su voz volvía a tener ese leve tinte metálico de antes de olvidar sus cautelas para contar su historia.
-O sea, viejo, que no sé de qué va usted; pero ya le he advertido de una vez por todas que no me puede comprar.
Rió Carter.
-Angel Grace, ese nombre te sienta bien... Debe de haberte enviado el cielo -dijo, y luego añadió, un poco tímido-: Me llamo Brigham, Carter Webright Brigham.
Hizo una pausa, medio expectante, y no en vano.
-¿No será usted el escritor?
Aquel reconocimiento instantáneo hizo que rebosara de satisfacción... Aún no había llegado a ese punto del éxito en que podía esperar que a todo el mundo le sonara su nombre.
-¿Has leído algo mío? -preguntó.
-¡Claro! ¡"Veneno para uno" y "Ajuste de cuentas", en la revista Warner, "Némesis, S.A." en The National; y todos los relatos que ha publicado en Cody!
Incluso sin aquel testimonio adicional de admiración que había reemplazado a su mirada calculadora, su vos no dejó lugar a dudas de que evidentemente le habían gustado los relatos.
-Bueno, pues esa respuesta -le dijo él-. El dinero que le di a Cassidy era una inversión en un filón. ¡Lo que me puedas contar se escribirá solo, y las revistas lo devolverán!
Aunque pareciera raro, aquella información de que su interés había sido exclusivamente profesional no pareció satisfacerla; por el contrario, en los amplios campos verdes de sus ojos aparecieron unas pequeñas sombras. Al verlas, Carter, con intuitiva comprensión, añadió:
-Pero supongo que habría hecho lo mismo aunque no me hubieras prometido ninguna historia... No sé cómo habría podido permitir que te metieran en la cárcel.
Ante eso, sonrió escéptica, pero se le aclararon los ojos.
-Esto está muy bien -observó-. Pero no debe olvidar que Cassidy no es el único sabueso de la ciudad que está sobre mi pista. Y no se olvide de que puede meterse en un buen lío por ayudarme.
Carter volvió a poner los pies en el suelo.
-¡De acuerdo! Tenemos que organizarlo lo mejor posible.
Entonces intervinó la chica:
-¡No tengo otro remedio que salir de la ciudad! Son muchos los que me buscan y yo soy demasiado conocida. Y otra cosa: puede usted fiarse de Cassidy mientras no se gaste el dinero, pero no le durará mucho. Lo más probable es que lo esté perdiendo en una mesa de juego ahora mismo. Y en cuanto se quede sin blanca volverá a verle. Usted lo tiene bastante seguro, porque él no puede probar nada contra usted sin delatarse él mismo, pero si yo estoy localizable me volverá a coger a menos que usted suelte más dinero; y él intentará localizarme a través de usted. Lo mejor que puedo hacer es largarme de la ciudad.
-Eso haremos -exclamó Carter-. Escogeremos algún lugar que no esté muy lejos para que puedas llegar hoy mismo. Mañana me reuniré contigo y podremos llegar a un acuerdo de colaboración.
Amaneció antes de que terminaran de organizar sus planes.

Carter fue al banco nomás abrir y retiró todo el dinero salvo lo que necesitaba para cubrir los cheques que había entregado, incluyendo el que había dado al sargento de detectives. La chica necesitaría dinero  para los billetes y para comer y hasta para ropa, puesto que su habitación, estaba segura, seguiría vigilada por la policía.
Se marchó del piso de Carter en un taxi para ir a comprar ropa de color y estilo diferentes a los que llevaba y cuya descripción tenía la policía. Luego debía despedir el taxi y coger otro que la llevara a una estación que estuviera a cierta distancia de la ciudad... Tenía miedo de que hubiera detectives de guardia que pudieran reconocerla en las estaciones urbanas y en los transbordadores a pesar de su ropa nueva. En una estación alejada tomaría un tren hacia la ciudad del norte del estad que habían elegido para reunirse.
Carter debía reunirse allí con ella al día siguiente.
No la acompañó hasta el portal cuando ella se fue, sino que se despidieron en el apartamento. Al separarse, ella se desprendió de su caparazón de cinismo palabrero e intento demostrar su gratitud.
Pero él la interrumpió con una tímida imitación de su propia admonición anterior.
-¡Bah, déjalo!
Aquel día, Carter Brigham no trabajó. El relato en el que estaba metido le parecía rígido y sin vida y sin ninguna relación con la realidad. Pasaron lentamente el día y la noche, pero, por despacio que fueran, terminaron transcurriendo hasta que, finalmente, se encontró descendiendo de un tren en la ciudad en que ella debía esperarle.
Al registrarse en el hotel que habían elegido, repasó la página del libro que correspondía al día anterior, buscando "Señora H. H. Moore", el nombre que debía haber utilizado, pero no apareció. Unas preguntas discretas le revelaron que no había llegado.
Después de dejar su equipaje en la habitación, Carter salió y visitó los otros dos hoteles de la ciudad. Tampoco estaba en ninguno. En un quiosco compró un montón de periódicos neoyorquinos: no había nada sobre su detención; no la habían cogido antes de abandonar la ciudad, o los periódicos habrían dado la noticia con pelos y señales.
Durante tres días se aferró obstinadamente a la idea de que ella no podía haber huido. Pasó los tres días en su apartamento de Nueva York, con los oídos atentos a una llamada de teléfono, vigilando frenéticamente el correo, esperando constantemente un mensajero que nunca llegó. De vez en cuando enviaba telegramas al hotel de la ciudad del norte del estado... Inútiles.
Luego aceptó la verdad insoslayable: ella había decidido, a lo mejor lo había tenido en mente todo el tiempo, no correr el riesgo que suponía encontrarse con él, sino que había preferido un escondite elegido por ella misma; no pensaba cumplir las obligaciones contraídas, sino que se había aprovechado de su solicitud y luego había huido.
Aún pasó otro día ocioso, haciéndose a la amargura de aquella certeza. Luego se puso a trabajar para rescatar lo que fuera posible. Que afortunadamente parecía bastante. La sencilla historia que la chica le había contado en aquella sobremesa podía encajarse sin demasiado esfuerzo en una novelita que se vendería bien. Siempre había una gran demanda de relatos de ladrones, sobre todo si se trataba de una chica y de una historia sacada de la realidad.
Inclinado sobre la máquina de escribir, se le fue pasando su decepción, concentrado en su tarea. La chica había desaparecido. Le había tratado con mezquindad, aunque quizá fuera mejor así. Recuperaría con creces el dinero que le había costado la venta de derechos de esa historia. Y en el aspecto personal..., era guapa, capaz de fascinar, amigable..., pero seguía siendo una ladrona.
Pasaron días en que apenas se movió de su escritorio salvo para dormir y comer, cosas que no hizo en exceso.
Finalmente, tuvo completo el manuscrito y lo envió por correo. Durante los dos días siguientes descansó del mismo modo que había trabajado, quejándose en la cama todo el día, ocioso cuando estaba despierto, recuperando las energías que siempre le arrebataba el trabajo.
Al tercer día le llegó una carta del editor de la revista a la que había enviado el manuscrito, inquiriendo si le iría bien presentarse  en su despacho a las dos y media del día siguiente.
Ya había cuatro hombres con el editor cuando introdujeron a Carter en su despacho. Conocía a dos: Gerald Fulton y Harry Mack, también escritores. Le presentaron a los otros dos:  John Deitch y Walton Dohlman. Conocía sus obras, aunque no se los habían presentado; colaboraban con algunas revistas en las que él publicaba sus relatos.
Una vez que el grupo estuvo cómodamente instalado, fumando tranquilamente puros y cigarrillos, el editor sonrió mirando aquellas caras sinceramente intrigadas.
-Vamos a hablar de negocios -dijo-. Al principio les parecerá un asunto un tanto extraño, pero intentaré no mantenerlo en el misterio más de lo necesario.
Se volvió hacia Carter.
-No le importará, señor Brigham, de dónde ha sacado la idea de su relato "El ángel del segundo piso", ¿verdad?
-Claro que no -contestó Carter-. Fue bastante raro. Una noche me despertó el ruido que hacía un ratero en mi apartamento y me levanté a investigar. Le sujeté y luchamos un rato en la oscuridad. Luego encendí la luz y...
-Y era una mujer... ¡Una chica! -le interrumpió Gerald Fulton con voz ronca.
Carter dio un respingo.
-¿Cómo lo sabe? -preguntó.
Luego se dio cuenta de que Fulton, Mack, Deitch y Dohlman se habían puesto tiesos en sus sillones y que sus rostros, bien diferentes unos de otros, tenían todos la misma expresión de desconcierto.
-¿Y luego apareció un detective?
Era la voz de Mack, aunque ronca y apagada.
-¡Se llamaba Cassidy!
-Y las cosas podían arreglarse mediante cierta cantidad -continuó Deitch.
Después de eso se produjo un largo silencio, mientras el editor fingía estar intrigado por la superficie de un pisapapeles hemisférico que tenía en el escritorio y los cuatro escritores profesionales, con cara ovejuna del color de la remolacha, miraban fijamente al vacío.
El editor abrió un cajón y sacó un montón de manuscritos.
-Ahí tienen -dijo-. Ya sabía yo que había algo raro cuando en el plazo de diez días me encontré con cinco relatos que, pese a su diferente enfoque, ¡trataban todos de la misma chica!
-El mío, tírelo a la papelera -ordenó Mack con suavidad, y los demás asintieron avalando esa decisión.
Todos salvo Dohlman parecían debatirse con una idea. Finalmente, fue él quien se dirigió al editor.
-Pero es una historia bastante buena, ¿no?, en las cinco versiones...
El editor asintió.
-Sí, habría comprado una, pero cinco...
-¿Y por qué no compra una? Vamos a echarlo a suertes...
-Vale, me parece justo -dijo el editor.
Se hizo. Ganó Mack.
Gerald Fulton tenía los ojos azules y redondos más grandes que nunca, de puro asombro. Finalmente, encontró las palabras.
-¡Dios mío! ¡Me gustaría saber cuántos más están escribiendo esa misma historia ahora mismo!
Pero a Carter le zumbaba en la cabeza algo bien distinto:
-¡Dios mío! ¡Me gustaría saber si también los ha besado a todos ellos!

Traducción de Francisco Páez de la Cadena
[Tomado de Sólo te ahorcan una vez, Austral, España, 2011]

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