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Submodernidad, de Tomás Segovia

Hace poco vi en la televisión una escena (una "dramatización" le llaman a eso) en que se ve a Einstein dirigiéndose a la Universidad de Berlín. Iba, naturalmente, en coche de caballos. No hacía mucho había leído yo que Schnitzler era gran amigo (epistolar) de Freud: las largas cartas de ambos se escribieron sin duda con manguillero, plumilla y tintero. Poco antes o poco después, un joven pintor llamado Picasso pintaba Las señoritas de Aviñón: el artista que hizo ese cuadro no había visto nunca una película hablada.
¿No es vertiginoso? Cuando un personaje de un cuento de Schnitzler apaga la luz, hay que recordar que se trata de luz de gas o de la mecha de un quinqué, quizá incluso de una vela. Esos personajes, señoras adúlteras con velo y sombrilla, cocheros con sombrero de copa, oficialitos vestidos como figurines, condes de algodonosas patillas, deambulan por una Viena que para nosotros no es de opereta, la Viena de La viuda alegre o de El murciélago. Pero esas frágiles señoras podían ver tras su velo negro pasar por aquellas calles a Freud, a Wittgenstein, a Arnold Schönberg. El mundo material que las rodeaba no tiene absolutamente nada que ver con este mundo nuestro de exploraciones interplanetarias, de arsenales nucleares, de machacamiento televisivo, de computadoras caseras y de comunicaciones por fax.
Y sin embargo, en otro nivel, contrariamente a lo que la ideología oficial sigue imbuyéndonos, pocos siglos habrá habido más inmóviles que éste. Por lo menos comparativamente. Quiero decir que cuando uno nota en la historia discrepancias de éstas, lo más frecuente es que sea la tecnología la que se rezaga con respecto al pensamiento. Pero una época en la que la tecnología se precipita abismalmente (nunca mejor dicho), mientras que el pensamiento se queda pasmado, es una rareza histórica. La Viena material que describe Schnitzler no era muy diferente de la de su abuelo. En todo caso esa diferencia es infinitamente menos asombrosa que la que va de su Viena a la de nuestros días. En cambio, lo que se pensaba en ella, su abuelo no hubiera podido si quiera imaginárselo: era ya lo que se piensa hoy; incluso, a cierta profundidadm más de hoy que lo que se ha pensado desde entonces.
Que esta época tiene el pensamiento pasmado, es la evidencia misma. En física, hace poco trataron de "promocionar", como se dice (y se hace) ahora, una figura legendaria para sustituir la de Einstein: la del admirable Hawking. Quienes hayan leído su libro para no especialistas habrá visto que se trata literalmente de darle vueltas a lo que hicieron Einstein y Planck hace ya tres cuartos de siglo. En arte no hemos visto todavía nada que no se haya hecho ya entre 1905 y 1917, y parece que el sistema que ha hecho tan próspero a ese gran negocio consiste en un disciplinado vaivén de 1905 a 1917 y de 1917 a 1905. De la filosofía ni hablemos: seguimos preparándonos para estudiar a Wittgenstein, y los que todavía chupan clandestinamente de Husserl o de Heidegger hace tiempo que se hacen los disimulados. El difunto estructuralismo, como es sabido, era anterior a la difunta revolución rusa, y en el mundo psíquico la palestra más nueva donde las sectas se apuñalan mutuamente por la espalda sigue siendo el campo freudiano. Más bien buscamos la novedad para atrás: cuando el abuelo Marx dejó de ser el último grito, pareció que iba a serlo el abuelo Nietzsche. En el pensamiento político (valga el oxímoron), no habrá que insistir mucho en lo que todos sabemos: no paran de martillarnos los oídos proclamando que avanzamos hacia el premarxismo: la socialdemocracia; y la vieja palabra liberalismo no sólo ha dejado de ser obscena sino hasta de oler a moho.
¿Habrá alguna relación, tal vez alguna ley de compensación, entre esa aceleración exterior y ese estancamiento interior? Yo por supuesto lo ignoro, pero lo que parece claro es que si el pensamiento de esta época no avanza de veras, no es porque no corra, al revés: es porque la época no se para a pensar. No se para a pensar por ejemplo si esa impresión que muchos siguen teniendo de que nuestras ideas cambian tan vertiginosamente como nuestro ambiente material no será una ilusión óptica. A eso es a lo que invito a los lectores. Pero sé que hay los que se dicen: no tenemos pensamiento, ¿y qué? Sí, sí, Einstein tenía ideas tremendas, pero a que no tenía una videocasetera como la mía. A lo mejor a eso es a lo que llaman postmodernidad, sin duda por lapsus linguae: quieren decir submodernidad.

[Tomado de Páginas de ida y vuelta, Ediciones del equilibrista, Michigan, 1993]

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