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Calvicie, de José Balza

José Balza

Quizá todo lugar sea provinciano, como éste de la gran ciudad donde siempre he vivido. Porque uno termina quedándose en las mismas calles, en los bares y tiendas que la costumbre exige. Visitar amigos en el otro extremo, asistir a un espectáculo o llegarse a las afueras son otras formas de acentuar el aislamiento.
Y tal estilo de vida l hace feliz. Se ha casado cuatro veces y si dedicara un tiempo a pensarlo, advertiría que tanto esas cuatro mujeres como algunas relaciones transitorias, marcan para él las fronteras dentro de la ciudad. Como si su corazón hubiese tenido cierta pereza.
Hoy es su cumpleaños, concluyen los 50. Sueña con la jubilación, tal vez para reducir un poco más su área, porque durante mucho tiempo ir ala biblioteca -su lugar de trabajo- constituye francamente su única violación a los inmensos espacios urbanos. El trabajo significa atender, durante años, a un público imprevisible: numeroso, escaso, inexistente; a gente que busca las cosas comunes. Dentro de una biblioteca pública, a la vez muy antigua y muy actual como la suya, sólo los lectores insólitos, ésos que solicitan préstamos o consultas extrañas, le han permitido cambiar la rutina. y fue igual cuando únicamente existían anaqueles cargados de lomos empastados o, como ocurre desde hace una década, cuando los archivos fueron cambiados por sistemas electrónicos.
La verdad, él no advirtió mucha diferencia entre un procedimiento y otro: ambos le fueron administrados en cursos especiales dentro de las oficinas conocidas.
Cumple años en un día de semana; acaba de regresar a casa y sabe que dentro de poco su esposa más reciente también llegará del trabajo, hará rápidos preparativos (algo ha notado en la cocina, por eso recordó la fecha) y se arreglarán para recibir a los invitados. con cada una de sus esposas, el círculo de sus amigos cambió. No recuerda con precisión quiénes llegarán hoy, pero le divierte de antemano. La noche se anuncia.
Va a la puerta y goza de la perspectiva de la calle, su calle de árboles generosos. Discierne entre dos hechos que le sorprenden: cómo desde hace seis meses hay pelos negros y blancos  en su cepillo o en el lavamanos: caen discreta pero inexorablemente cuando se peina.  Había estado seguro de que su pelo lo acompañaría siempre. Lo sorprendente es cómo le ha irritado ese involuntario proceso en algo tan suyo.
Lo otro, en cambio, no es menos misterioso o ajeno: por seguir con curiosidad a quienes solicitaban autores y obras infrecuentes en la biblioteca, hace décadas comenzó a leer en la sección de filosofía  o de teorías humanas. No puede precisar en qué momento (lo comentó con la que iba a ser su primera esposa) detectó en un párrafo cosas que él ya había pensado. Estaba seguro de haberlas pensado en su más temprana juventud; ¿lo había hecho al miso tiempo que este autor?¿Se les había ocurrido entonces, en el mismo momento, aunque el teórico hubiese sida ya un hombre maduro? ¿Había algo en las noticias, en la televisión, en las conversaciones que lo llevaran a imaginar aquel tema -y así lo tomó el otro? Imposible saberlo; además, hasta ahora, la obra del autor no había salido del otro continente.
Pero a medida que los asiduos a la biblioteca pedía obras particulares, él (que carecía de preparación en estos campos) también las buscaba e, inevitablemente, un fragmento, una frase, ceñían algo que acababa de pensar antes de la lectura o años atrás. No era un hombre dedicado a analizar sino a inventar pequeñas asociaciones. ¿Cómo sucedía esto? Quiso hablar con alguien importante en su trabajo, pero el jefe lo escuchó con afecto y desinterés: no sacó nada en claro.
Persistió -como hasta hoy- en su afición. sabe que cuanto él piensa en esos intensos momentos de concentración, justo como ahora, a la entrada de la tarde y de su casa, ya ha sido escrito por un sabio o está comenzando a ser redactado por éste. Él lo leerá después.
Puede, entonces, sentirse un tanto orgulloso de s imaginación. En cambio, acepta de pronto, le molesta mucho reconocer quizá dentro de poco años su cráneo estará completamente pelado. Siente vergüenza, no le gustaría que vieran la forma irregular de su cabeza, tan armoniosa bajo el cabello. Sería como si estuviera exhibiendo el culo.

Caracas, 21 de octubre de 1995

[Tomado de La mujer de la roca (Ejercicios narrativos), Ediciones Sin Nombre, Juan Pablos Editor,  México, 1997]

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