Ir al contenido principal

Primer episodio de 'Flywheel, Shyster & Flywheel', programa radiofónico de los Hermanos Marx

A manera de introducción:


UNA CONVERSACIÓN CON NAT PERRIN


En el mes de marzo de 1988 visité a Nat Perrin en su casa de Los Angeles y hablé con él de la experiencia que supuso haber contribuido a escribir el programa de Flywheel. Lo siguiente está tomado de nuestra conversación.
Michael Barson

Flywheel Radio Guide Magazine CoverNo estoy seguro de si fue Groucho o Arthur Sheekman, el otro guionista, quien me invitó a colaborar en Flywheel. Pero recuerdo haber escrito el primer episodio con Arthur, Groucho y Chico en el tren que nos llevaba al Este. Posteriormente el programa se hizo en la Costa Oeste, así que aquel fue sólo el primero de muchos viajes en tren, de ida y vuelta, de Hollywood a Nueva York. Tengo que decir algo sobre aquellos viajes: me hicieron valorar más California. No recuerdo nada tan maravilloso como bajar de aquel tren a las cinco de la tarde, después de tres o cuatro días polvorientos, en el andén al aire libre de la estación de Pasadena. Olía a naranjos en flor. Después de Nueva York, era como pisar el cielo.
El nombre original de los episodios de radio era Beagle, Shyster y Dismal; cuando se empezó a emitir era ya Beagle, Shyster y Beagle. Pero tuvimos que cambiar el nombre cuando un abogado de Nueva York, llamado Beagle, nos llamó después de la primera emisión. Como pasa siempre, el estudio se espantó cuando oyeron las palabras "demanda judicial", así que se volvió a cambiar el nombre a Flywheel, Shyster y Flywheel. Años después use el nombre de Flywheel para Groucho en Tienda de Locos.
Sólo ensayábamos Flywheel un par de veces, y siempre en el día de la emisión -en esa época todo se hacía en directo- pero para Chico incluso esto era demasiado. Siempre llegaba tarde y generalmente yo tenía que sustituirle en la lectura del texto. Cuando por fin aparecía, venía leyendo el papel de Ravelli y Groucho le decía que se callase. "Diácomo", decía -siempre dijo que yo parecía un diácono golfo por las gafas con montura de acero que llevaba-, "enséñale cómo hay que leer ese texto".
Mi acento italiano era mejor que el de Chico, pero a Chico le importaba un bledo. Lo único que le interesaba eran los caballos y las cartas, sobre todo el bridge. Era un tipo muy indisciplinado, pero era el que negociaba los acuerdos y el que se entendía con los promotores y los pelmazos.
Aproximadamente la mitad de los programas se emitieron desde Hollywood. Era un escenario muy precario, porque la NBC no tenía estudio allí. John Swallow, que representaba a la NBC en la Costa Oeste, fue quien nos encontró una sala de grabación vacía en la RKO desde la que poder emitir. La oficina del pobre muchacho era sólo un cuchitril, pero aun y así metíamos a unas treinta o cuarenta personas para hacer el público -sentados en sillas plegables- y hacíamos el programa frente a ellos. A los chicos les gustaba actuar en vivo puesto que procedían del teatro de variedades. En cuanto acabábamos la actuación, los tramoyistas entraban y vaciaban el plató para cualquier película que se necesitara.
El hacer un programa semanal de radio era muy fácil para Groucho y Chico, pero a Arthur y a mí nos costaba producir un guión a la semana. Estando en éstas, encontramos dos nuevos escritores, Tom McKnight y George Oppenheimer. El modo en que dimos con McKnight fue de lo más característico. Groucho estaba en el lavabo durante un descanso, quejándose al tipo que tenía al lado: "Joder, ojalá pudiéramos encontrar otro guionista o un par de ellos para que nos hicieran la vida más llevadera". De repente oyó una voz que provenía del otro lavabo: "¡Tengo el tío que necesitas!". Y la verdad es que con Tom y George las cosas fueron más llevaderas, aunque Arthur y yo no dejásemos de pegar un vistazo final a los guiones para efectuar pequeños retoques.
No estoy seguro de por qué se dejó de emitir Flywheel. Tal vez las expectativas habían sido desmesuradas, pero lo cierto es que a ninguno de nosotros nos importó. Por una parte teníamos Sopa de ganso lista para ser llevaba a Hollywood, y por otra, a todos nos gustaba muchísimo vivir en California. ¡Demasiado para quedarnos en Nueva York! 
En la radio no se conseguían nunca, como daban a los guionistas de cine, y es una razón por la que yo prefería trabajar en películas y, más tarde, en televisión. De hecho, Flywheel fue mi única experiencia en la radio. Las películas se tenían en mayor consideración que la radio; tu nombre sonaba más. Desde luego, mi hermano Sam se pasó muchísimos años como director guionista en el programa radiofónico de Jack Benny y luego en el programa de T.V., así que supongo que el estrellato no era igual de importante para todos.
Arthur y yo conseguimos aparecer en  los títulos de crédito de Sopa de ganso, pero la película no funcionó demasiado bien. La Paramount dejó escapar a los chicos, y Arthur y yo nos fuimos a los estudios de Goldwyn a trabajar en la nueva película de Eddie Cantor. Al final los Marx aterrizaron en la MGM y para ellos fue un cambio positivo. Thalberg insistía en que había que dar otro enfoque a sus películas: tenía que haber un argumento sobre el que se sustentara la comedia. Sopa de Ganso había sido una comedia basada en al comedia y a Thalberg no le gustaba. Personalmente estoy de acuerdo con él. Aunque yo empecé trabajando en sus películas de la Paramount, los Marx hicieron mejores películas con la MGM. Sopa de ganso fue una locura; eran los planteamientos de Leo McCarey y a los muchachos les encantaba trabajar con él. Pero para mí, Una noche en la ópera es mucho mejor película. Desde luego hay montones de gente que no están de acuerdo conmigo. 
Tomé parte en otras dos películas de los Hermanos Marx. Me pidieron que volara a Detroit para echar una mano en el guión de Los Hermanos Marx en el Oeste, mientras probaban la eficacia de las parodias frente al público -otra de las ideas de Thalberg-, y por su puesto Tienda de locos surgió a partir de una idea mía. Profesionalmente, no volvimos a trabajar juntos nunca más, pero seguí siendo amigo de ellos durante el resto de sus vidas.



*


Primer episodio, de veintiséis en total, de la serie radiofónica Flywheel, Shyster & Flywheel

FIVE STAR THEATRE
PRESENTA
________________________________________

                           BEAGLE, 
SHYSTER  
                                        & BEAGLE  

Episodio n.° 1                                                                                                    28 de noviembre de 1932


Reparto

Groucho Marx como Mr. Beagle, abogado.
Chico Marx como Emmanuel Ravelli, su ayudante.
Miss Dimple, secretaria.
Mr. Jones, cliente.

(Charanga de trompetas, etc.)
LOCUTOR: El Five Star Theatre presenta a Groucho y Chico Marx, por primera vez en antena.
(Sintonía musical)
LOCUTOR: El Five Star Theatre aparece esta noche ante su audiencia con el primero de una serie de programas radiofónicos de un alcance, magnitud y variedad jamás reunidos anteriormente en una misma cartelera.
Bajo el patrocinio de las compañías Standard Oil de New Jersey, Pennsylvania y Louisianna, y de la compañía Beacon Oil, el Five Star Theatre ofrecerá cada noche de la semana excepto los sábados y domingos, una atracción radiofónica completamente nueva. Cinco producciones estelares semanales. Cada noche un estreno. Con los cantantes, músicos, actores, escritores y locutores más importantes del mundo colaborando en un gigantesco programa de espectáculos para su diversión. Éste es, en una palabra, el Five Star Theatre, y aquí comienza el primer programa de la semana.
Esta noche, los inimitables Hermanos Marx, Groucho y Chico, en una serie cómica titulada: "Beagle, Shyster y Beagle, Abogados".
El martes por la noche, a las diez, la Orquesta Sinfónica de Josef Bonime, con John Charles Thomas como solista invitado
El miércoles, a las siete y media de la tarde, una dramatización del cuento "Aguas Frías", de Rex Beach, con el propio Mr. Rex Beach como voz principal.
El jueves, a las diez de la noche, la Aborn Opera Company con la ópera de Franz Lehar La viuda alegre, transmitida por un acuerdo especial con Tams-Witmark.
A las siete y media de la tarde del viernes, ese querido detective de ficción , "Charlie Chan", en una adaptación de El camello negro, de Earl Derr Biggers.
Como todos estos programas serán radiados por distintas emisoras, asegúrense de mirar cada noche en su periódico local la frecuencia de emisión del programa diario del Five Star Theatre.
Y ahora, vayamos con el programa de esta noche. Aquí está Groucho Marx, preparado para su debut en la radio: bigote negro, gafas de concha y todo lo demás. Y aquí está también Chico, con el mismo aspecto que en las películas. Sí, también se ha traído su acento italiano.
El estudio está lleno de distinguidos invitados al estreno. El conde Felix Von Luckner, famoso navegante, acaba de entrar; tendrán noticias suyas más tarde.
La orquesta está afinando, se inicia la obertura y el programa va a comenzar.
(La orquesta toca la obertura)
LOCUTOR: El telón se levanta y aparece la oficina de Beagle, Shyster y Beagle, abogados. Miss Dimple está al teléfono y oiremos a Groucho Marx en el papel de Mr. Beagle.
(Suena el teléfono)
MISS DIMPLE: Despacho de los abogados Beagle, Shyster y Beagle... No, Mr. Beagle está en el juzgado... Le espero de un momento a otro... De acuerdo. (Cuelga el auricular.)
(El teléfono suena de nuevo.)
MISS DIMPLE: Buenos días, Mr. Beagle.
GROUCHO: Déjese de saludos. Póngame con el presidente Hoover. Hay una fotografía mía en la comisaría y no salgo favorecido. Parezco mi padre. En realidad, se trata de mi padre. Deje lo de llamar al presidente. Averigue únicamente cuánto ofrecen de recompensa.
MISS DIMPLE: Mr. Beagle, tengo unas cartas para que me las firme.
GROUCHO (irritado): ¡Ahora no, ahora no! He tenido un día tremendo en el juzgado.
MISS DIMPLE: ¿De qué se trataba?
GROUCHO: Escándalo público, pero creo que me absolverán. ¿Y por qué no, si ella me pegó primero?
MISS DIMPLE: ¡Mr. Beagle! ¿Pegó usted a una mujer?
GROUCHO: Bueno, era de mi estatura. Incluso más pequeña. Además, si no fuera por mis propios arrestos, nunca tendría un caso. ¿Alguna llamada?
MISS DIMPLE: Sí, sus acreedores han estado llamando toda la mañana. Dicen que están cansados de telefonear y que habrá que hacer algo.
GROUCHO: Muy bien. Haremos algo. Mandemos que se lleven el teléfono.
MISS DIMPLE: Vale.
GROUCHO: Es usted una chica estupenda. Le aumento el sueldo diez dólares.
MISS DIMPLE: Gracias, Mr. Beagle.
GROUCHO: No hay de qué. Por cierto, ¿por qué no me presta esos diez hasta fin de mes?
MISS DIMPLE: Pero, Mr. Beagle, hace semanas que no cobro. Además, usted pasa por alto...
GROUCHO: Paso por alto muchas de las cosas que ocurren aquí. ¡Buena secretaria está usted hecha! ¿En que ocupa usted el tiempo? El suelo está sin fregar, las ventanas sucias, y mis pantalones sin planchar siquiera.
MISS DIMPLE: Pero, Mr. Beagle...
GROUCHO: Ya vale de hablar de esto. ¿Dónde están esos diez dólares?
MISS DIMPLE: No tengo ni un centavo.
GROUCHO:¿Y quién le está pidiendo un centavo? Si quisiera un centavo rompería la hucha de mi hijo -si tuviera un hijo. Ahora estaré en mi oficina. Si suena el teléfono, no conteste. Puede que se hayan equivocado de número.
(Pasos; se cierra la puerta; llaman a la puerta.)
MISS DIMPLE: Adelante.
CHICO: ¡Hola! Me llamo Emmanuel Ravelli. ¿Está el jefe?
MISS DIMPLE: Está ocupado. ¿Tiene usted una tarjeta?
CHICO: Claro, pero si me da otra me la quedo encantado. Quiero ver al jefe.
MISS DIMPLE: ¿Para qué lo quiere ver?
CHICO: Bueno, ¿sabe usted?, quiero el divorcio.
MISS DIMPLE: Mr. Beagle es un hombre muy ocupado. Tendremos que redactar un informe. Dice usted que se trata de un divorcio... Veamos. ¿Hijos?
CHICO: Desde luego. Seis, o puede que siete. No sé muy bien. Espere, déjeme ver. Está Tony, está Josie, está Pasquale, está Angelino, está Jake... no, Jake no, no hay ningún Jake. Jake es el chiquillo de la vecina. Ya ve, los confundo. Y además tenemos otro crío.
MISS DIMPLE: ¿Otro? ¿Es niño o niña?
CHICO: No lo sé; aún no habla.
MISS DIMPLE: ¿Cuánto tiempo lleva usted casado?
CHICO: Se equivoca usted, señora, yo no estoy casado. Es mi hermano el que está casado.
MISS DIMPLE: Oh, es él quien desea divorciarse.
CHICO: No, qué va, él no quiere divorciarse. A él le gusta su mujer. Él es feliz, aunque yo creo que está un poco chiflado.
MISS DIMPLE (atónita): ¿Me está diciendo que quiere que él se divorcie sólo porque a usted no le gusta su esposa?
CHICO: Qué va, a mí ella me gusta, es una chica muy maja, pero no sabe guisar.
MISS DIMPLE: ¿Y su hermano se queja?
CHICO: No. Él está satisfecho. Come cada día fuera.
MISS DIMPLE: ¿Y por qué no come usted fuera?
CHICO: Bueno, mire usted, yo no me lo puedo pagar. No tengo empleo.
MISS DIMPLE: ¿Y por qué no se pone usted a trabajar?
CHICO: Vale, vale. Deje lo del divorcio. Me quedo con el trabajo.
MISS DIMPLE: Hablaré con Mr. Beagle. ¿Dónde puedo contactar con usted?
CHICO: No lo sé, señora. Sabe usted, tengo muchas cosquillas.
MISS DIMPLE: Quiero decir que dónde vive usted.
CHICO: Vivo con mi hermano.
MISS DIMPLE (impaciente): Siéntese un momento. Llamaré a Mr. Beagle. (Llama a a puerta) ¡Mr. Beagle!
GROUCHO (ausente): ¿Qué? ¿Consiguió usted los diez pavos?
MISS DIMPLE: No; hay un hombre aquí afuera que quiere hablar con usted de un trabajo. (Se aproximan pasos.)
GROUCHO: Dígale que lo acepto. Pero no trabajaré por menos de veinte dólares a la semana.
MISS DIMPLE: Se equivoca usted. Él quiere un trabajo aquí.
GROUCHO: Ah, es él quien quiere un trabajo. Bien, creo que le puedo poner a trabajar.
CHICO: Yo no quiero trabajar. Sólo quiero un trabajo.
GROUCHO: ¿Y qué hay de las referencias?
CHICO: Bueno, así ya vale. Usted no necesita referencias. Me gusta su cara.
GROUCHO (tímidamente): Y a mí me gusta la suya -si es que eso es una cara. Es usted exacto a un tipo que yo conocía, se llamaba Emmanuel Ravelli. Dígame una cosa: ¿es hermano suyo?
CHICO: Emmanuel Ravelli soy yo.
GROUCHO: ¿Usted es Emmanuel Ravelli?
CHICO: Yo soy Emmanuel Ravelli.
GROUCHO: Entonces no me extraña que me recuerde a él. Pero sigo insistiendo en que hay un parecido.
CHICO: ¡Oiga! No hemos hablado de dinero.
GROUCHO: Eso me parece maravilloso. Si me promete no decir ni palabra del tema, yo tampoco lo mencionaré.
CHICO: Está bien, pero yo necesito más dinero.
GROUCHO: Le diré qué pienso hacer. Le daré seis dólares a la semana y usted trae la comida.
CHICO: Bueno, pero...
GROUCHO: Voy a ir incluso más lejos. Le daré seis dólares a la semana y también me trae la comida a mí.
CHICO: Seis dólares semanales... seis... Oiga, jefe, yo no puedo vivir con seis dólares a la semana.
GROUCHO: Así que no puede vivir con seis dólares a la semana... Eso me hace totalmente feliz. Queda usted contratado.
CHICO: ¿Cuándo empiezo?
GROUCHO: Bueno, ahora es la una en punto. Si empieza ahora, puede estar de vuelta con la comida a las tres. Me trae un sandwich de tomate  y una limonada.
CHICO: No tengo limonada, pero puedo traerle una cerveza.
GROUCHO: Muy bien, pues que sea negra.
CHICO: Lo siento pero la llevo encima.
GROUCHO: ¿Lleva usted encima una negra?
CHICO: Sí, mi gabardina.
GROUCHO: Oiga, ¿qué le parecería coger una pulmonía doble?
CHICO: No la necesito. Soy soltero. Además, tengo que ganar más dinero.
GROUCHO: ¿Tiene usted alguna experiencia?
CHICO: ¡Y tanto! soy músico desde hace quince años.
GROUCHO:¿Y cuánto saca a la hora?
CHICO: Pues si toco, diez dólares
GROUCHO: ¿Y cuánto saca por no tocar?
CHICO: Doce dólares la hora.
GROUCHO: Eso está mejor.
CHICO: Ahora bien, por ensayar hago un precio especial: quince dólares la hora.
GROUCHO: ¿Y cuánto saca usted por no ensayar?
CHICHO: Oh, usted no podría pagárselo. Mire, si no ensayo, no toco. Y si no toco, eso hace que suba el precio.
GROUCHO: ¿Y qué pediría por subir a un terrado?
CHICO: Sólo el precio de la consumición.
GROUCHO: Pues a ver si se deja caer alguna vez.
CHICO: ¿Del terrado?
GROUCHO: Me parece que está claro.
CHICO: No, no está claro. Ahora, vamos a hacer las cuentas. Ayer no vine, eso le cuesta a usted quince dólares. Hoy he venido...
GROUCHO: Me debe usted veinte.
CHICO: Mañana me voy. Eso asciende a unos...
GROUCHO: Un millón. Pero no juguemos con el dinero. Le ofrezco seis dólares. Le subo dos.
CHICO: Si usted sube dos, yo aumento tres.
GROUCHO: Voy. ¿Qué tiene?
CHICO: Ases. ¿Qué tiene usted?
GRUCHO: Ganas de echarle de la oficina.
CHICO: Muy bien, acepto la apuesta.
(La música sube de volumen.)
MISS DIMPLE: Beagle, Shyster y Beagle... Ah, hola Charlie. Llámame luego. Viene alguien.
JONES: Me llamo Edgar T. Jones. Deseo ver a Mr. Beagle.
MISS DIMPLE: Está en su oficina. Pase.
JONES: Gracias. (Se abre una puerta; pasos.) Ejem... ejem... encantado, Mr. Beagle. Un amigo mío me dijo que usted era un buen abogado.
GROUCHO: Pues no debe ser tan amigo. Siéntese. ¿tiene usted un par de puros?
JONES: Pues no... lo siento.
GROUCHO: ¿Por qué no envía a alguien por unos? Si tiene usted veinticinco centavos de dólar, iré yo mismo.
JONES: De ninguna manera, Mr. Beagle.
GROUCHO (con indignación): ¿Qué pasa? ¿No se fía usted de mí?
JONES (molesto): ¿Por qué? Bien, me gustaría hablar con usted. Tengo problemas con mi esposa.
GROUCHO (indignado): ¡Por favor! Oiga usted, también yo tengo problemas con mi esposa y no voy por ahí aireándolo. (Despectivo) Humm. Debería avergonzarse (Llamando fuera): Miss Dimple, muéstrele la puerta a este caballero. O no, pensándolo bien deje la puerta en paz. Ya la vio cuando entró.
JONES: Pero, Mr. Beagle, he venido a pedirle consejo. Déjeme que le cuente la historia. Mi esposa está enamorada de dos hombres y...
GROUCHO (riendo aparatosamente): ¡Ja, ja, ja! No es una mala historia. Todo el mundo la comenta en el club. Ahora déjeme que le cuente yo a usted una. Había dos viajantes llamados Pat y Mike...
JONES: No, no, Mr. Beagle. He venido aquí con un problema.
GROUCHO: Bueno, ¿por qué no le dice que pase?
JONES: Usted no comprende. Estoy buscando pruebas contra mi esposa.
GROUCHO: Hombre, ¿y por qué no lo ha dicho antes? Déjeme mirar mi libro de leyes y sentencias... Aquí lo tenemos (pasando páginas)... aquí está... el caso Emory T. Gribble contra la Compañía de Ferrocarril del Monte y Western. Caray, yo siempre había pensado que Western era una película de vaqueros.
JONES: Pero Mr. Beagle, está mirando el reglamento de ferrocarriles.
GROUCHO: ¿Y eso qué importa?Tiene ochocientas páginas y está limpio como los chorros de oro. Si tuviera un chorro de oro se lo enseñaría.
JONES: Pero yo quiero llevar a la corte a mi esposa.
GROUCHO: ¿Y por eso me tengo yo que comprar otro código? ¿Por qué no le hace la corte al ferrocarril? El ferrocarril tiene más dinero que su esposa. Y además no le reclamará pensión de alimentos.
JONES: Por favor, Mr. Beagle, no quiero discutir. Me siento cansado, nervioso, atropellado.
GROUCHO: ¿Atropellado? Ahora sí tenemos un caso. ¿Atropellado por un ferrocarril?
JONES: Mr. Beagle, está usted poniendo a prueba mi resistencia.
GROUCHO: Me da igual. Tiene usted que pasarse por aquí otro día y probar la mía. Estoy preparando una combinación nueva.
JONES: ¿Una combinación? ¿Qué combinación?
GROUCHO: Una combinación nueva para mi caja fuerte de alta resistencia. Buen chiste, ¿eh? En fin, no se trata más que de una broma. Por lo que he entendido, lo que usted realmente necesita es alguien que siga a su esposa. Tengo el hombre que busca, mi nuevo pasante, Emmanuel Ravelli. Parece idiota y habla como un idiota. Pero no permita que le engañe: realmente es un idiota. Usted y Ravelli se entenderán de maravilla.
JONES: Mr. Beagle, mi tiempo vale dinero. Permítame ponerle al corriente de los hechos. Me casé con mi esposa en secreto.
GROUCHO: ¿Se casó con ella en secreto? ¿Quiere decir que no le consultó sobre el tema? No es de extrañar que se vaya con otros hombres.
JONES: Mr. Beagle, tenemos que conseguir el divorcio; quiero que su ayudante, Emmanuel Ravelli, siga a mi esposa.
GROUCHO: Cada cosa a su tiempo. Consigamos primero el divorcio  y luego ya seguiremos todos a su esposa.
JONES (confuso): Yo... Mr. Beagle, la verdad es que no entiendo la operación; pero lo dejo en sus manos. Usted es el abogado, y como buen doctor en ley...
GROUCHO: ¿Que yo soy el doctor? ¡Perfecto! El lunes le quitaré las amígdalas. El martes le quitaré a sus esposa. El miércoles...
JONES: ¡Un segundo, Beagle!
GROUCHO: Doctor Beagle, para usted. Saque la lengua y vuelva el próximo miércoles.
JONES: Llame a su ayudante, haga el favor. Quiero darle una descripción de mi esposa.
GROUCHO (con indignación): Muy bien, Mr. Jones. Si eso es lo que quiere, le llamaré. ¡Ravelli, Ravelli!... Mis Dimple, despierte a Ravelli... Mr. Jones ¿quiere usted entrar, despertar a Miss Dimple y dejarle dicho que me despierte a las nueve?
CHICO: Aquí estoy, jefe. ¿Llamaba  usted a Ravelli?
GROUCHO: Atienda una cosa. No me gusta que duerma en la oficina.
CHICO: A Mí tampoco me gusta acostarme en ella. ¿Por qué no me compra usted una cama?
GROUCHO: Ravelli, quiero que conozco a Mr. Jones.
JONES: Mr. Ravelli, me siento muy feliz de trabar conocimiento con usted.
CHICO: No entiendo de qué habla.
GROUCHO: Quiere decir que está encantado de conocerle, lo que confirma mi suposición de que probablemente está loco.
JONES: Mr. Ravelli, acabo de contarle a Mr. Beagle que, aunque sienta decirlo, mi esposa no se comporta como debiera. Va por ahí con otros hombres.
CHICO: ¿Que va por ahí con otros hombres? Eso está bien. Oiga, ¿cree que yo le gustaría?
GROUCHO: Ya veo que tienen mucho de qué hablar. Además, ahora que me acuerdo, tengo una reunión de consejo de dirección en el billar de enfrente. Así que si me disculpan, me largo.
JONES (atónito): ¡En el billar! Mr. Beagle, tengo la impresión de que las cosas no se tratan aquí de una forma muy profesional. En medio de una reunión se va usted a jugar billar.
GROUCHO: no me queda más remedio. No puedo jugar al billar aquí dentro; no hay mesa. buenos días, caballeros.
(Se cierra la puerta.)
JONES: Bien, Mr. Ravelli, puesto que usted va a seguir la pista a mi esposa, creo que debería describírsela. Es de mediana estatura y... pero, no importa, tengo una fotografía suya. Mire, aquí tiene, Mr. Ravelli.
CHICO: ¡Eh! ¡Está muy bien! Vale, me quedo una docena.
JONES: No están en venta.
CHICO: ¿Quiere usted decir que no valen nada?
JONES: Eso es.
CHICO: Vale, entonces me llevo dos docenas.
JONES (irritado): De momento, con una foto será suficiente. Ahora, Mr. Ravelli, sepa usted que hay un hombre al que mi esposa  ha dedicado especial atención. Cuento con usted para averiguar quién es. ¿Cree que lo conseguirá?
CHICO: Por supuesto, déjemelo a mí. Me enteraré rápido de quién es el hombre que se ve con su mujer. Lo sabré enseguida.
JONES: ¿De verdad? ¿Cómo lo va a hacer?
CHICO: Bien, primero me disfrazaré...
JONES: Sí...
CHICO: Después, iré a su casa...
JONES (con creciente interés): Sí...
CHICO: Y le preguntaré a su mujer.
(Sube el volumen de la música.)

(Tecleo de máquina de escribir; suena el teléfono)
MISS DIMPLE: Despacho de los abogados Beagle, Shyster y Beagle... No, Mr. Beagle no ha llegado todavía. Per le espero de un momento a otro... (Sorprendida.) Ah, hola Mr. Jones. No había reconocido su voz... Sí, Mr. Ravelli está siguiendo el rastro a su esposa... pero no hace mucho... sólo dos semanas. Esperamos que Mr. Ravelli venga a la oficina esta mañana. Dice que tiene noticias... de acuerdo, le diré a Mr. Beagle que vendrá usted... Adiós.
(Se reanuda el tecleo; se abre la puerta.)
MISS DIMPLE: Buenos días, Mr. Beagle.
GOUCHO: ¡Rápido! Llame a Warburton, McAllister, Throckmorton y Bruce y pregunte por  Mr. Scwartz. Dígale que quiero que me preste un par de calcetines.
MIS DIMPLE: ¿Que le preste un par de calcetines?
GROUCHO: ¿por qué no? Cuando él vino a verme me dejó sin camisa. Claro que la camisa era suya; pero los puños eran míos. ¿Tenemos algún cliente nuevo, Miss Dimple?
MISS DIMPLE: No señor.
GROUCHO: Humm. No hay clientes. Siempre que dejo el despacho a su cargo, no hacemos ningún negocio. Ayer me quedé por aquí y ¿qué pasó? Tuvimos un gran día.
MISS DIMPLE: ¿Que ayer fue un gran día?
GROUCHO: Pues claro, ¿no fue ayer cuando vendí la alfombra?
MISS DIMPLE: Sí, pero...
GROUCHO: Por cierto, Miss Dimple, antes de que me olvide, llame a Ravelli y dígale que se asegure de quedarse dormido.
MISS DIMPLE: Es que ha telefoneado diciendo que viene enseguida.
GRPUCHO: En ese caso, me vuelvo inmediatamente al billar. (Abre la puerta.)
MISS DIMPLE: Pero Mr. Jones viene hacia aquí. Quiere hablarle de su divorcio.
GROUCHO: Es de lo único que me habla. Me está empezando a hartar.
MISS DIMPLE: Pero Mr. Beagle, es su asunto.
GROUCHO: Bueno, pues preferiría que dejara de meter las narices en mis asuntos.
MISS DIMPLE: ¡Chss! Alguien viene. Creo que es Mr. Jones.
(Se abre la puerta.)
MISS DIMPLE: Encantada de verle, Mr. Jones.
JONES: El gusto es mío, Miss Dimple. Buenos días, Mr. Beagle. Sobre lo de mi divorcio...
GROUCHO: ¡Divorcio! ¿Va a empezar otra vez con eso? Escuche, Jones, ¿puedo venderle una entrada para el Baile de Bomberos? Vale cinco dólares, pero es suya por uno y medio.
JONES: ¿Qué? Pero... ¡si es una entrada de año pasado!
GROUCHO: Ya lo sé, pero el espectáculo del año pasado fue mejor.
JONES (agotada la paciencia): Mr. Beagle, ¿cuándo voy a saber algo de mi divorcio?
GROUCHO: Mire, Jones, no cambie de tema. ¿Qué hay de esa entrada?
JONES: no quier parecerle impaciente, Mr. Beagle, pero se suponía que su ayudante traería pruebas contra mi esposa. ¿Dónde está Mr. Ravelli?
CHICO (abre la puerta): ¿Qué ocurre? ¿Quién llamaba a Ravelli? Aquí estoy.
JONES: Ah, Mr. Ravelli. Me gustaría saber los resultados de su investigación. ¿Siguió usted a mi mujer?
CHICO: Desde luego, como un sabueso. Oiga, ¿se acuerda usted de cuando me dio la foto de su mujer?
JONES: Sí.
CHICO: Bien, pues me puse en marcha inmediatamente. Como un sabueso, se lo aseguro. Y en una hora, incluso en menos de una hora...
JONES (con ansiedad): Sí...
CHICO: Perdí la foto.
GROUCHO: Ahí tiene usted, Jones. Todo eso en menos de una hora.
JONES: Así que no siguió usted los pasos a mi mujer.
CHICO: Por supuesto, seguí su rastro todo el día como un enamorado.
JONES: ¿Qué día fue?
CHICO: El día de los enamorados. Fue directo a su casa.
JONES (con ansiedad): ¿Y qué encontró?
CHICO: Encontré que su mujer había salido.
JONES: ¿Así que ha perdido usted dos semanas?
CHICO: ¡No, qué va! El lunes sigo a su mujer. El martes voy al partido de béisbol y ella no aparece. El miércoles va ella al béisbol y no aparezco yo. El jueves hay partido doble: no aparecemos ninguno de los dos. El viernes llueve todo el día y, como no hay partido, me voy a pescar.
JONES: ¿Y qué tiene que ver eso con mi esposa?
CHICO: Pues no pesqué peces, pesqué a su esposa.
JONES: ¿Pescó a mi esposa... con un hombre?
CHICO: Claro.
JONES: ¿Quién era?
CHICO: No quiero decirlo.
JONES: Insisto en saber el nombre de ese hombre.
CHICO: No quiero decirlo.
GROUCHO: Escuche, Jones, mi ayudante no es el tipo de individuo que pondría el buen nombre de alguien de boca en boca.
JONES: Por última vez, caballeros, ¿quién era el hombre?
GROUCHO: Aclárelo, Ravelli ¿Quién era el hombre que estaba con la mujer de Mr. Jones?
CHICO: Vale, vale. Si me obligan, se lo diré. Mr. Jones, el hombre que estaba con su mujer era mi jefe, Mr. Beagle.
JONES: ¡Esto es un ultraje! ¡Mi abogado saliendo con mi esposa!
GROUCHO: ¿Qué quiere decir con que esto es un ultraje? ¿Acaso cree que no soy lo suficientemente bueno para ella?
JONES (indignado): ¡Me buscaré otro abogado!
GROUCHO: ¿Cree usted que no podemos buscarnos otro cliente?
JONES (indignado): ¡Buenos días!
(Portazo.)
GROUCHO: Ravelli, hizo usted un trabajo ejemplar. Puede tomarse vacaciones durante el resto del año. Y si no vuelve nunca, le daré una bonificación.
CHICO: Bien, jefe, pero hay algo que debo decirle.
GROUCHO: Adelante. No le escucho.
CHICO: ¿Usted quiere que no vuelva más?
GROUCHO: En una palabra: sí.
CHICO: Vale, jefe, le propongo una cosa. si quiere que no vuelva nunca más, tengo que cobrar más.
GROUCHO: De acuerdo.
(Aplausos.)

Traducción de Olivia de Miguel
[Tomado de Hermanos Marx. Groucho & Chico, Abogados,  Tusquets Editores, España, 2004]

Comentarios

Entradas populares de este blog

Los que se van de Omelas, de Ursula K. Le Guin

Con un estruendo de campanas que hizo alzar el vuelo a las golondrinas, la Fiesta del Verano penetró en la deslumbrante ciudad de Omelas, cuyas torres dominan el mar. En el puerto, los gallardetes ponían notas multicolores en los aparejos de los buques. En las calles, entre las casas de tejados rojos y paredes encaladas, entre los tupidos jardines y en las avenidas flanqueadas de árboles, ante los enormes parques y los edificios públicos, avanzaban las procesiones. Algunas eran solemnes: ancianos vestidos con ropas grises y malvas, maestros artesanos de rostros graves, mujeres sonrientes pero dignas, llevando en brazos a sus chiquillos y charlando mientras avanzaban. En otras calles, el ritmo de la música era más rápido,  un estruendo de tambores y de platillos; y la gente bailaba, toda la procesión no era más que un enorme baile. Los chiquillos saltaban por todos lados, y sus agudos gritos se elevaban como el vuelo de las golondrinas por encima de la música y de los cantos. Todas la…

La puta de Mensa, de Woody Allen

Cuando se es investigador privado, uno ha de aprender a confiar en sus corazonadas. Por eso en el momento en que un tipo tembloroso como un flan llamado Word Babcock entró en mi oficina y puso las cartas sobre la mesa, debí haber hecho caso del escalofrío glacial que sacudió mi espinazo. —¿Kaiser? —preguntó—. ¿Kaiser Lupowitz? —Eso es lo que pone en mi licencia —admití. —Tiene que ayudarme. Me están haciendo un chantaje. ¡Por favor! Se agitaba como el animador de una orquesta de rumba. Le empujé un vaso por encima de la mesa y la botella de whisky que guardo a mano con propósitos no medicinales. —¿Qué le parece si se tranquiliza y me lo cuenta todo? —¿No... no se lo dirá luego a mi mujer? —-Hablemos claro, Word. No puedo hacerle promesas. Intentó servirse un trago, pero el tintineo podía oírse al otro lado de la calle, y la mayor parte del licor fue a parar a sus zapatos. —Soy un honrado trabajador —explicó—. Mantenimiento de máquinas. Construyo y reparo vibradores. Ya sabe... esos aparatitos …

Donde su fuego nunca se apaga, de May Sinclair

Me piden el cuento más memorable de cuantos he leído. Pienso en "El escarabajo de oro" de Poe, en "Los expulsados de Poker-Flat" de Bret Harte, en "Corazón de la tiniebla" de Conrad; en "El jardinero" de Kipling —o en "La mejor historia del mundo"—, en "Bola de sebo" de Maupassant, en "La para de mono" de Jacobs, en "El dios de los gongs" de Chesterton. Pienso en el relato del ciego Abdula en "Las mil y una noches", en O. Henry y en el infante don Juan Manuel, en otros nombres evidentes e ilustres. Elijo, sin embargo —en gracia de su poca notoriedad y de su valor indudable— el relato alucinatorio "Donde su fuego nunca se apaga", de May Sincalir. 
Recuérdese la pobreza de los Infiernos que han elaborado los teólogos y que los poetas han repetido; léase después este cuento. 

Jorge Luis Borges "Por qué eligió este cuento Jorge Luis Borges", El hogar, 26 de julio de 1935.

* * * * *