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"Grandes historias de espionaje", antología a cargo de Kurt Singer

Introducción

Odisea en el reino del espionaje


Hace catorce años me encontraba detenido en Ellis Island, en la bahía de nueva York. Desde mi ventana, protegida con fuertes barrotes, alcanzaba a ver la Estatua de la Libertad. Mi esposa, y mi hija Marian, de cinco meses de edad, encontrábanse, asimismo, detenidas por el departamento de Inmigración de los Estados Unidos, en otra ala de aquel viejo edificio.
Era el 4 de julio, Día de la Independencia. Francia cayó mientras nos encontrábamos navegando en pleno océano. Hitler estaba dispuesto para invadir Inglaterra. Los Estados Unidos eran oficialmente neutrales.
Aquella detención no me turbaba en lo más mínimo. Sabía que me encontraba a salvo. Había logrado escapar de os nazis  y los comunistas en Finlandia y no dudaba que el señor me protegería a mí y a mi familia. Los Estados Unidos no me cerrarían sus puertas. Pero no me  era dado hablar. Para evitar complicaciones legales, era aconsejable que no descubriera que estaba estrechamente relacionado con el British Intelligence Service, el servicio secreto noruego y los jefes de policía de varios países. Los Estados Unidos eran neutrales; yo, no. Odiaba a Hitler y a Stalin. No podía ser neutral.
Muy poco sabía de lo que me aguardaba en el terreno del espionaje y del contraespionaje. Jamás pensé, entonces, que la Comisión de Energía Atómica de los Estados Unidos utilizaría mis informes sobre espionaje atómico, y que yo escribiría media docena de libros sobre espías y traidores.
Pero tenía la afición de coleccionar libros de espionaje, y cuantos artículos sobre este tema aparecieran en periódicos y revistas. Entre esta colección, que ha crecido enormemente desde entonces, he seleccionado para este libro las historias de espionaje que considero mejores y más excitantes. Los relatos reales han sido elegidos de acuerdo con su importancia en la historia del espionaje moderno.
El espía moderno se ha convertido en investigador, científico, lingüista, psicólogo... En la vida real no se parece, ciertamente, al característico individuo creado por los novelistas. La imagen cinematográfica es, muy a menudo, completamente errónea. Ningún espía comunista se aloja en el hotel Waldorf-Astoria, alquilando allí una serie de habitaciones, ni habla con fuerte acento ruso. No pide grandes cantidades de caviar y vodka, y tampoco soborna confidentes para que entren a formar parte de su banda.
Los espías modernos han sido, en muchos casos, ciudadanos americanos de suave aspecto, que ostentaban altos cargos en dependencias gubernamentales. En su mayor parte, las mujeres que trabajaban para ponencias extranjeras no eran hermosas ni encantadoras. Ninguna de ellas se parecía a Greta Garbo, en Mata Hari, o a Hedy Lamarr, en Delilah.
El agente moderno casi nunca sobrevive a su trabajo. Dos de cada tres jamás completan sus misiones o regresan. Sus motivos para dedicarse a esta labor pueden variar desde el patriotismo hasta el fanatismo; a veces son personalidades amargadas que quieren resarcirse; otros lo hacen por su amor por las aventuras, unos más por dinero y tampoco faltan quienes saquen de ello una a modo de ebriedad de poder.
La historia del espionaje es tan antigua como la humanidad. Es la segunda en antigüedad, aunque no tan divertida como la más vieja.
Empezó en Egipto, en tiempos de la dinastía de los Ramsés, cuando los hombres eran metidos en sacos de harina, para ser mandados a distritos enemigos. Herodoto nos habla de mensajes de espionaje tatuados en la cabeza de un esclavo. Esta triquiñuela dio principio a la revolución contra el rey Darío de Persia. La Biblia contienen nueve historias de espionaje, siendo la más famosa de ellas el relato de cuando Moisés mandó espías a Canaá, para averiguar si, realmente, era la tierra de leche y miel.
Los traidores y agentes actuales obtienen muy poca admiración. Personas como Klaus Fuchs o los dos Rosenberg no parecen haber escalado las cimas del heroísmo, ni haber logrado ninguna de la excitación del espionaje en tiempos pasados, que se encuentra, por ejemplo, en las historias aquí reproducidas, de W. Somerset Maugham, Pearl S. Buck y Eric Ambler.
Maugham, que me escribió diciéndome que obtuvo gran placer leyendo estas historias de espionaje, fue miembro del servicio secreto durante la Primera Guerra Mundial. Gran parte de su Ashenden puede ser tomada como autobiográfica.
Al recopilar estas historias de espionaje, me he adentrado en los laberintos de la intriga mundial. Muchos de los caracteres que el lector encontrará son desequilibrados, psicópatas, confusos e inmaduros. Por otra parte, algunos profesan gran amor a la libertad y la decencia.
Sin embargo, en su mayor parte, constituyen una desagradable colección de traidores, cortesanas, villanos, espías, brutos, asesinos, detectives, confidentes, hombres amargados y retorcidos, "quislings"[1], y sus mujeres caras y baratas, sin mencionar a los peligrosos traidores, lavadores de cerebros e inquisidores. 
Estas historias de lo que este extraño grupo de hombres y mujeres se dispuso a hacer, cómo fracasaron u obtuvieron éxito y, en algunos casos, incluso cambiaron el curso de la historia, constituyen una excitante lectura.



El hombre que comerció con Himmler

por Edwin Mueller


Al principio de la guerra, Mr. Eric Erickson, de Estocolmo, fue colocado en la lista negra de los Aliados, acusado de comerciar con el enemigo y ayudar al esfuerzo de guerra alemán. Los servicios de información aliados comunicaron que Erickson trataba en petróleo alemán, hacía viajes periódicamente a Alemania y estaba en íntimas relaciones con funcionarios de la Gestapo.
Ese descubrimiento fue un desconcertante golpe para la familia de Erickson. Sus viejos amigos, decididos partidarios de los Aliados, cruzaban la calle para no encontrarse con él. Su esposa fue condenada al ostracismo. A pesar de ser un ciudadano sueco, Erickson había nacido en Brooklyn, donde fue criado, graduándose, más tarde, en la Universidad de Cornelll. Entonces recibió acres cartas de su familia en  los Estados Unidos. Pero nada le detuvo.
"Red" Erickson, como era familiarmente llamado, era el tipo de vendedor americano, cuya carrera consiste en ganar la simpatía de los clientes, a quienes sirve sus mercancías. Entró en el negocio petrolero por considerarlo excitante, y porque en él se viaja mucho. Pasó varios años en Oriente, y después en Europa, trabajando para la Standard, y más tarde para la Texas.
Entre  los años veinte y treinta, los petroleros constituían un clan internacional. El hombre que se encontraba en Shanghai en un momento dado, al año siguiente era visto en Londres o en Teherán. Un año podía uno estar compitiendo implacablemente con él, y al siguiente encontrarse ambos trabajando para la misma compañía. Aquellos americanos, ingleses, holandeses, y alemanes vivían en una atmósfera de juego y negocios aventureros, que se extendían a través de muchas fronteras. Erickson se convirtió en gerente de la Texas, en Suecia. Después se nacionalizó sueco y fundó su propia compañía, para importar y vender productos petroleros americanos.
Poco después de empezada la guerra vio la oportunidad de negociar con los nazis. Entonces Alemania tenía petróleo para exportar, y era absurdo suponer que los aliados podían afectar los suministros mediante bombardeos. Por tanto, Erickson empezó a reunirse con negociantes alemanes, y se afilió a la Cámara de Comercio alemana, en Estocolmo. Se apartó de la mayor parte de sus viejos amigos, pero siguió en buenas relaciones con el príncipe Carl Bernadotte, sobrino del rey de Suecia. También el príncipe estaba jugando con los alemanes, causando el disgusto de la mayor parte de los suecos.
Erickson sabía que Heinrich Himmler, jefe de la Gestapo, tomaría toda decisión final en los negocios de petróleo. Por tanto, Erickson trabajó a Herr Finke, principal representante de Himmler en Suecia, y nazi fanático. El punto flaco de Finke era su susceptibilidad a la realeza. El príncipe Carl estableció el contacto, y Erickson lo cultivó. Poco después agasajaba a Herr Finke en su casa de campo.
Sin embargo, otras personas  no se prestaron al juego, notablemente Herr Ludwig, agregado comercial de la Legación alemana. No le gustaba Erickson. Pero a pesar del recelo de Ludwig, Erickson obtuvo permiso para visitar Alemania, durante la primavera de 1941, siendo portador de cartas de presentación de Finke y otras personas.
En el aeropuerto de Bromma, cerca de Estocolmo, se retuvo el avión a Berlín, mientras Erickson era desembarcado del mismo, siendo su equipaje minuciosamente registrado. Pero nada incriminoso fue encontrado, por lo que se le permitió continuar viaje, sin más dificultades.
Al día siguiente, por la mañana, un coche oficial lo llevó al cuartel general de la Gestapo, donde encontró a dos hombres que hicieron el viaje en avión con él: eran agentes de la Gestapo. Coincidieron en el parecer de que el incidente de Bromma había sido obra de agentes de los Aliados.
Erickson estableció contactos con petroleros alemanes, especialmente en Hamburgo. Visitó refinerías, habló con los directores, y discutió las condiciones de los contratos que deseaba. También trató de encontrar a algunos de sus viejos amigos. Primero visitó al capitán von Wusch, un junker educado en Inglaterra, que en un tiempo estuvo relacionado con la Shell Oil. Puesto que Erickson esperaba mantener secretos sus negocios, sus conversaciones con von Wusch fueron íntimas. Cierto día, Erickson dio a von Wusch un misterioso documento, que el capitán guardó en una caja de hojalata, que enterró que el jardín de su casa. Otro contacto fue Herr von Stürker, banquero, perteneciente a una vieja familia de Hamburgo. También von Stürker recibió un documento. Erickson procuró que ninguno de ellos le viera con el otro.
Poco después del regreso de Erickson a Suecia, principiaron las entregas de petróleo alemán. Entonces los aliados le colocaron en la lista negra. Su separación de los viejos amigos fue completa. Algunos de ellos se ausentaban en cuanto él llegaba al lugar en que se encontraban. Su esposa sueca sufría intensamente. Era enemiga de los nazis, pero veíase obligada a agasajar a los amigos de su esposo.
En los meses siguientes, Erickson hizo otros viajes a Alemania, y siguió cultivando sus nuevas amistades en la Gestapo. Era invitado a sus casas, y él traía desde Suecia mantequilla, abrigos de piel y otros regalos para sus esposas. Y continuó negociando con otros hombres como von Wunsch y Stürker, aunque era más difícil obtener petróleo alemán, a medida que los bombardeos aliados aumentaban. Cierta vez, después de haber visitado una gran refinería, el director le invitó a cenar allí con él. Erickson vaciló un instante, pero no pudo negarse. La cena fue servida en el despacho del director. Era casi la medianoche cuando se separaron, llegando poco después los bombarderos aliados. La refinería fue totalmente destruida. Los Aliados casi pusieron fin entonces a los negocios de Erickson con el enemigo.
Las ataques aliados contra las instalaciones petroleras alemanas eran cada vez más efectivos, a pesar de lo cual, durante la última parte del año 1944, una gran parte de la industria seguía trabajando. Las reparaciones era llevadas a cabo más rápidamente de lo que los aliados habían creído posible. Además, muchas refinerías estaban tan perfectamente escondidas, que no habían sido aún tocadas.
En otoño de 1944, el esfuerzo de guerra aliado se dirigía hacia la decisiva batalla del Rin. Erickson había de trabajar de prisa, si quería firmar más contratos. Durante mucho tiempo deseó hacer una visita a todas las instalaciones petroleras alemanas. Entonces era el momento adecuado. Pensó que era uno de aquellos casos en los que el vendedor debe llegar hasta el hombre situado en el puesto más alto: Heinrich Himmler.
Erickson planeaba un asunto de enorme importancia. Proponíase construir una gran refinería de petróleo sintético en Suecia, con un coste de cinco millones de dólares, cantidad aportada por alemanes y suecos.
Calculaba que esta proposición atraería a los alemanes por dos razones. Primero, establecería una fuente de suministros de petróleo para Alemania en un país neutral, fuera del alcance de los bombardeos aliados. Segundo, ofrecía la forma de colocar fondos nazis en un país neutral, en caso de que Alemania fuera derrotada.
Erickson preparó varias notas, que llevó a Finke, el cual mostrose encantado. Los personajes nazis de Alemania demostraron  gran interés. Pero había una voz disidente: la de Herr Ludwig. Afirmaba que Erickson no era lo que aparentaba ser. Ludwig era uno de los hombres del ministerio de relaciones exteriores, perteneciente a la facción de Ribbentrop. A medida que la guerra continuaba, esos hombres chocaban con los de la Gestapo, es decir, con Heinrich Himmler. Este último generalmente salía vencedor. Y también en este caso las objeciones de Ludwig fueron desechadas. Erickson era aceptable para el jefe de la Gestapo.
En octubre de 1944, Erickson volvió a tomar el avión de Berlín, en el aeropuerto de Bromma, volando sobre las grises aguas del Báltico y las praderas de Alemania del norte, hasta Tempelhof. Le fueron asignadas habitaciones en el mejor hotel de Berlín, no tocado aún por las bombas aliadas. Por la mañana del siguiente día, un gran automóvil negro de la Gestapo fue a buscarle.
Heinrich Himmler le recibió cordialmente.
-Hemos oído contar excelentes cosas de usted a Herr Finke.
Hablaron largamente acerca de la refinería, y de la necesidad de que Erickson visitara las instalaciones alemanas. Después trataron de otros asuntos.
-¿Qué sucedería -preguntó, de pronto, Himmler-, si la Wehrmacht invadiera Suecia?
-Los suecos lucharían como demonios -contestó Erickson.
Imaginó que la mejor manera de impresionar a Himmler era no siendo solícito. Estaba en lo cierto. Como resultado de la entrevista, obtuvo un documento que le autorizaba a visitar cuantas instalaciones quisiera, en la industria petrolera. Pusieron un automóvil a su disposición, dándosele generosa provisión de gasolina.
Erickson recorrió Europa central, desde Colonia hasta Praga. Estuvo en Leuna, Annendorf, Halle, etc., visitando todas las grandes refinerías. Habló con los directores, averiguando lo que hacían y cuanto se proponían hacer.
Y después regresó a Suecia.
Cuando la guerra terminó, la Legación de los Estados Unidos en Estocolmo dio un gran almuerzo en honor de "Red" Erickson. Todos sus viejos amigos fueron invitados. Después de innumerables brindis y felicitaciones, quedó todo explicado.
Se dijo cómo in representante de los servicios secretos aliados le visitó poco después de empezada la guerra, accediendo Erickson a trabajar como espía, rechazando toda la remuneración por sus servicios. Fue colocado en la lista negra por sugerencia propia. El príncipe Carl Bernadotte, con quien había trabajado, eras asimismo agente de los aliados. El pretróleo que recibió Alemania fue entregado a la Vacuum Oil y a la British Petroleum, siendo empleado contra los mismos alemanes. Los documentos que entregara a von Wunsch y a Stürker y otros contactos suyos, eran cartas en las que se reconocían los servicios prestados como colaboradores secretos de los Aliados, para ser usadas después en la guerra. Sin embargo, cada uno de esos documentos era una espada suspendida sobre la cabeza de Erickson, por lo que casi no podía dormir cuando se encontraba en Alemania, esperando, en las largas noches, oír la llamada que anunciaría la llegada de la Gestapo y de la muerte.
Su información y la facilitada por otros en labor semejante, dio los resultados apetecidos.  En los meses que precedieron a la batalla del Rin, la ofensiva contra el petróleo alemán alcanzó su clímax. Nuestros pilotos conocían la situación exacta de las refinerías, grandes y pequeñas. Cuando se daba fin a la construcción de una nueva instalación, podían volar directamente hasta ella, sin importar lo bien escondida que estuviera. Conocían la ubicación de los aeródromos, de la aviación de caza, de las baterías antiaéreas y de las instalaciones de cortinas de humo que las protegían. Después de bombardear una refinería, sabían el tiempo que sería necesario para repararla, y el día en que la producción fuera reanudada, volverían a dejar caer sus bombas sobre ella.
El suministro de combustible a la Wehrmacht y la Luftwaffe quedó reducido a un mero chorrito. Cuando nuestro gran asalto final empezó, muchos tanques alemanes quedaron inmovilizados en el terreno, y múltiples aviones no pudieron despegar, faltos de combustible.
Los Aliados mantuvieron las promesas hechas por Erickson a von Wunsch, Stürker y los demás. Sin embargo, Herr Ludwig medita, en el cautiverio, la certeza de su desconfianza de Erickson. Herr Finke fue finalmente detenido, después de varios meses de esconderse en Dinamarca, bajo nombre supuesto.
Y ahora, el vendedor Erickson ha vuelto nuevamente a su viejo amor: el negocio petrolero. Está entre el clan que ahora se encuentra en Teherán, ora en Londres. Le rodea la atmósfera de los grandes negocios, de la verdadera aventura.

Traducción de Carlos Paytuví
[Tomado de Grandes historias de espionaje, Barcelona, Luis de Caralt Editor, 1958]

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