Dos crónicas citadinas de José Alvarado

José Alvarado
Nace el metro. Quizá algún futuro cronista de la urbe hable un día del México de antes del Metro y el México después del transporte subterráneo. Las zanjas abiertas en la avenida Chapultepec tal vez dividan la historia metropolitana en dos épocas y acaso, mañana, los jóvenes digan, para referirse, irreverentes y despectivos, a algún viejo: es del tiempo de los tranvías. Como quien alude hoy al año del caldo. De todos modos, una será la antigua Tenochtitlan anterior al metro y otra la posterior; como una fue la ciudad porfiriana y una es la de hoy. Y muy distintos a los de ahora, serán los metrousuarios capitalinos del provenir. El Metro cambiará no sólo el tránsito y el aspecto del burgo sino también la psicología de sus habitantes.
¿Ha estudiado alguien el alma de quienes se pasan buena parte de su vida, metidos en camiones, víctimas de apreturas, tufos, pisotones, codazos, impaciencias, calores, injurias y retardos? ¿Se han investigado los traumas padecidos por quienes, urgidos, esperan vanamente un ómnibus o un taxi? Hubo días, ya lejanos, cuando era posible aludir a una meditación en el tranvía. Nadie puede ahora sino padecer mediocres angustias, mezquinos dolores o cóleras enanas.
Pocos han advertido, por ejemplo, el pequeño drama de un burócrata: sale del trabajo y no encuentra sitio en ningún vehículo, pues todos van llenos; entra en la taberna próxima, en espera de hora más propicia para el traslado; pide cautamente una cerveza; llega un compañero; se invitan mutuamente una, dos, tres, ¡las otras!; un desempance; un partido de dominó. Llega a su casa a las 6 de la tarde. No muy sobrio, pero tampoco muy alegre. Ha gastado más de lo propuesto; la comida está fría, la esposa malhumorada y los niños a la expectativa. Discuten delante de los hijos y, muchas veces, sale iracundo, después de un portazo, a ir a contar sus cuitas al cantinero del barrio y bebe más para disipar la contrariedad. Con las huellas de ese día ha de viajar, a la mañana siguiente, en un camión repleto de seres en iguales circunstancias. ¿Cuál puede ser la psicología de dicho ciudadano? Todo por la falta de transporte cómodo y veloz.

Y ello ha producido toda una comunidad de ciudadanos tristes y agresivos, prestos a la disputa y al berrinche, resentidos y enfermos, expulsados de la alegría de vivir y con la aptitud del trabajo disminuida; listos para amargar la existencia al prójimo. Así se han vuelto, a causa de la explosión demográfica, los tranvías y los camiones, mucho metropolitanos.
¿Hará el Metro el milagro de borrar las nubes de estos espíritus? Por lo pronto disminuirá las aglomeraciones y en diez minutos cubrirá distancias hoy de una hora. Serán más bellas las señoritas en los vagones y las damas obesas resultarán menos opresivas. Por otra parte, aparecerá, ágil y dinámico, el tipo nacido para el Metro. Toda una nueva época se anuncia. Y si el Metro alivia el alma de los mortales, otorga prestigio a las ciudades. Ya nadie, pesimista rencoroso, se atreverá a decir: México es una gran aldea, una enorme masa de provincianos. Una ciudad con Metro es respetable.

Seres retardatarios arguyen, desde hoy, objeciones. El Metro, dicen, identifica al hombre con los topos. Pero gente de vanguardia percibe en el Metro un nuevo sentido de los hechos y las cosas, y espera de su presencia una belleza diferente. No es posible, verbigracia, imaginar en Metro a la Adelita cruzada por cananas, a doncella envuelta en crinolina, ni a niña con la falda bajada hasta el huesito. Mas parece lícito esperar muchachas de cabellera contemporánea, ojos inusitados de sulfato de cobre y nociones de electrónica.
Por otra parte, los matemáticos tendrán la oportunidad de calcular las horas-vidas dejadas por los pasajeros bajo el suelo, y los poetas medio para expresar la nostalgia de lo ocurrido irreparablemente entre los túneles. Habrá el hombre del autobús, tradicionalista, y el hombre del Metro, nuevo ciudadano. Partidarios de inútiles recuerdos han de ver, con melancolía,  el paso de los antiguos trenes  urbanos, lentos como elefante amodorrado y han de sentirse humillados, motoristas y choferes deprimidos. Pero, como reiteran los sabios, el tiempo no tiene piedad por lo antiguo y la historia no permite horas muertas.
La vida de la ciudad sigue su curso. Antes de ayer las carretelas hoy los automóviles; ayer los camiones de colores diversos, mañana el metro. Y, mientras tanto, el capitalino se transforma y de peatón pasa a ser pasajero subterráneo, mientras, posiblemente, tenga necesidad del helicóptero, cuando ésta sea una aglomeración de doce millones de habitantes.
Pero entonces...  ("Intenciones y Crónicas." Excelsior, 21-VI-67.)




Cumpleaños de la ciudad. El próximo viernes se cumplen cuatro siglos y medio de la captura de Cuauhtémoc, a los 20 años de edad, por hombres de Hernán Cortés, después de noventa y tres días de sitio, desde el principio del asedio, de una Tenochtitlan floreciente antes de la fanática barbarie conquistadora y más o menos dos centurias de existencia. Miles y miles de indígenas habían muerto en la defensa y sus casas habían quedado en ruinas; el tufo dela sangre irritaba el olfato de los asaltantes, pero no descomponía su alma cristiana: el oro estaba ante ellos. Cuauhtémoc no se rindió jamás, ni uno solo de los habitantes de la armoniosa urbe convertida en ruinas para discutible gloria de unos sedicentes emisarios de una nueva cultura. Cuatro años después, prisionero e inerme, fue torturado y asesinado por órdenes de quien recibe el nombre, en tinta movida por aberración sombría y vana extravagancia, de fundador de la nacionalidad mexicana.
Al día siguiente de ese 13 de agosto de 1521, Hernán Cortés decide el establecimiento de la nueva ciudad, ésta donde vivimos, en el mismo sitio y con idéntica traza a la derruida. Así inicia su vida la capital mexicana y así comienza a existir, para orgullo de un Carlos V, germano y despótico, una Nueva España ligada a los destinos de la vieja, con sus defectos y virtudes, mas también con una resistente, perdurable raíz indígena. Hernán Cortés, a los treinta y seis años como victorioso, no entendió su obra, ni tampoco pudo lograrlo cuando, ya viejo y entristecido, pero sin acto alguno de contrición, se acerca a la muerte en 1547, cinco lustros después.

¿Cuáles han sido las transformaciones del alma  y las formas de vida de los habitantes de este burgo, ahora colosal, a lo largo de estos cuatrocientos cincuenta años de existencia? Los hombres de algunos sitios de origen hispánico en el continente, se han conservado españoles, mas no de la época del ascenso imperial, sino de la más triste de las decadencias; los de otros lugares permanecen indios, pero, para desdicha igual, no como los seres de las grandes cultural precolombinas, sino como humanos despojos de mundos asesinados.
Algunos, por influencia italiana, alemana o francesa, se han vuelto europeos jóvenes. Cuando José Ortega y Gasset llego a Buenos Aires en 1916 se llenó de alegría y de esperanza al contemplar su sueño de una Iberia europea, realizado en una gran metrópoli de habla española, con diarios modernos como La Nación, donde sus artículos eran pagados como nunca lo fueron en los periódicos de su patria y una porosa curiosidad intelectual hacia todas las cuestiones, entonces actuales, de la vida, y el pensamiento. Ignoró muchas cosas de la Argentina; pero el río social en curso por las grandes avenidas bonaerenses, opulentas, era muy semejante al de plasma impreso, fluido después de las páginas de su Revista de Occidente.
México no es una ciudad exclusivamente española, ni en lo cabal indígena. Una y otra decadencia han dialogado a lo largo de los siglos, dos invasiones armadas han dejado lo suyo, Juárez tiene su huella; el afrancesamiento superficial del porfiriato; el capital norteamericano; el turismo; el desarrollo sin equilibrio ni justicia; la distorsión urbana... Y, sin embargo, un hilo indígena une nuestras conciencias y nuestras inconsciencias; las costumbres y el estilo de solidaridad o de discordia, la miseria y algunos rasgos de elegancia; cierta esencia, la más innoble, de lo español, se transforma en gachupín; lo nórdico en gringo; los tacos perduran sobre el hot-dog; el pambazo y el huitlacoche no se dejan morir y gran porcentaje de los habitantes sufre desnutrición y morbilidad; las calaveras de azúcar y los pasteles vieneses; el cielo echado a perder, Anáhuac como una dorada leyenda, la Malinche vestida por Christian Dior y la supervivencia de los tlatoanis.

Cuatrocientos cincuenta años de vida en una urbe donde hoy se reciben todos los ecos del planeta y, ayer apenas, era una provincia barroca y apacible. El México del tezontle y el de cemento,el de adobe y el de mármol, el de barracas, vecindades y palacios, el de jipis y marías, el de vidrio y el de cartón. En algunos sitios una de las más horribles del planeta, en otros una de las más bellas.
De todas maneras: ¡Feliz cumpleaños! ("Laberinto" Excélsior, 11-VIII-71.)

[Tomado de Visiones mexicanas y otros escritos, FCE-SEP, 1985]

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