Ir al contenido principal

La partida, de Alberto Chimal

Una madre vio morir a su hijo en aquel temblor espantoso, el que destruyó la ciudad de Appa, pero no pudo resignarse a su muerte y rogó a los dioses que se lo devolvieran. Los dioses, compadecidos, no dejaron que el alma del pequeño entrase en el Otro Mundo y la devolvieron a su cuerpo. Pero ya saben cómo son los dioses: el cuerpo no dejó de estar muerto, no se aliviaron sus múltiples heridas, así que el corazón de la madre pasó de la dicha de tener a su hijo, de no haberlo perdido, al horror de ver sufrir a la pobre criatura, prisionera de su carne lastimada. Y luego vino el asco, sí, el asco, porque el niño comenzó a pudrirse, y los gusanos lo devoraban, y gritaba llamando a la muerte pero, como he dicho, ya estaba muerto. La madre, enloquecida, lo apuñaló una vez, dos, tres, muchas; luego lo apedreó, lo envenenó, lo estranguló... Pero el niño sólo gritaba, sólo sufría. Al fin ella lo tomó entre sus brazos, piel rasgada, huesos rotos, sangre negra, y lo arrojó a las llamas de una hoguera. Y el desdichado ardió, y fue humo y ceniza, y el viento lo dispersó y lo confundió con el aire, y entonces la madre se consoló bien o mal. Pero no debió hacerlo porque en esos restos impalpables estaba aún el alma doliente, y es alma sigue hoy en el mundo, dispersa pero viva, como lo sabe todo aquel que respira, que abre la boca y siente de pronto la tristeza.

[Tomado de "El país de los hablistas", Umbral, México, 2001]

Comentarios

Entradas populares de este blog

Los que se van de Omelas, de Ursula K. Le Guin

Con un estruendo de campanas que hizo alzar el vuelo a las golondrinas, la Fiesta del Verano penetró en la deslumbrante ciudad de Omelas, cuyas torres dominan el mar. En el puerto, los gallardetes ponían notas multicolores en los aparejos de los buques. En las calles, entre las casas de tejados rojos y paredes encaladas, entre los tupidos jardines y en las avenidas flanqueadas de árboles, ante los enormes parques y los edificios públicos, avanzaban las procesiones. Algunas eran solemnes: ancianos vestidos con ropas grises y malvas, maestros artesanos de rostros graves, mujeres sonrientes pero dignas, llevando en brazos a sus chiquillos y charlando mientras avanzaban. En otras calles, el ritmo de la música era más rápido,  un estruendo de tambores y de platillos; y la gente bailaba, toda la procesión no era más que un enorme baile. Los chiquillos saltaban por todos lados, y sus agudos gritos se elevaban como el vuelo de las golondrinas por encima de la música y de los cantos. Todas la…

La puta de Mensa, de Woody Allen

Cuando se es investigador privado, uno ha de aprender a confiar en sus corazonadas. Por eso en el momento en que un tipo tembloroso como un flan llamado Word Babcock entró en mi oficina y puso las cartas sobre la mesa, debí haber hecho caso del escalofrío glacial que sacudió mi espinazo. —¿Kaiser? —preguntó—. ¿Kaiser Lupowitz? —Eso es lo que pone en mi licencia —admití. —Tiene que ayudarme. Me están haciendo un chantaje. ¡Por favor! Se agitaba como el animador de una orquesta de rumba. Le empujé un vaso por encima de la mesa y la botella de whisky que guardo a mano con propósitos no medicinales. —¿Qué le parece si se tranquiliza y me lo cuenta todo? —¿No... no se lo dirá luego a mi mujer? —-Hablemos claro, Word. No puedo hacerle promesas. Intentó servirse un trago, pero el tintineo podía oírse al otro lado de la calle, y la mayor parte del licor fue a parar a sus zapatos. —Soy un honrado trabajador —explicó—. Mantenimiento de máquinas. Construyo y reparo vibradores. Ya sabe... esos aparatitos …

Donde su fuego nunca se apaga, de May Sinclair

Me piden el cuento más memorable de cuantos he leído. Pienso en "El escarabajo de oro" de Poe, en "Los expulsados de Poker-Flat" de Bret Harte, en "Corazón de la tiniebla" de Conrad; en "El jardinero" de Kipling o en "La mejor historia del mundo", en "Bola de sebo" de Maupassant, en "La para de mono" de Jacobs, en "El dios de los gongs" de Chesterton. Pienso en el relato del ciego Abdula en "Las mil y una noches", en O. Henry y en el infante don Juan Manuel, en otros nombres evidentes e ilustres. Elijo, sin embargo en gracia de su poca notoriedad y de su valor indudable el relato alucinatorio "Donde su fuego nunca se apaga", de May Sincalir. 
Recuérdese la pobreza de los Infiernos que han elaborado los teólogos y que los poetas han repetido; léase después este cuento. 

Jorge Luis Borges "Por qué eligió este cuento Jorge Luis Borges", El hogar, 26 de julio de 1935.

* * * * *