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Dos cuentos de Marco A. Almazán

La nube negra


El teléfono privado que todos los miembros del Tecnócrata Gabinete tenían sobre la mesilla de noche, sonó de improviso en sus respectivas mansiones. Bueno, tanto así como de improviso, no, pues ya estaban acostumbrados a que sonara a todas horas del día y de la noche. Pero como en esta ocasión apenas eran las tres de la madrugada y todos acababan de regresar de un cafecito de trabajo en la Casa donde toda sabiduría tiene asiento, la intempestiva llamada los sorprendió aún despiertos, si bien en diversas etapas de desabrochamiento de botones. Prontamente descolgaron el auricular y escucharon el siguiente mandato.

—Habla el infatigable secretario particular. Se acaba de observar en el horizonte algo que parece ser una ominosa nube negra. Se convoca a una inmediata reunión de trabajo con carácter urgente. Vénganse como de rayo. El que tenga sueño o esté cansado, que renuncie.

Como ere de esperarse, los desvelados miembros del Tecnócrata Gabinete comenzaron a abotonarse de nuevo a toda prisa y minutos después fueron llegando al salón del Celestial Acuerdo Perpetuo (la influencia de la visita a China había empezado a sentirse), a cuyas puertas fueron recibidas por graciosas edecanes vestidas de tehuanas.

La del alba sería cuando se expidió el primer comunicado de prensa: a efecto de alejar la amenaza que, bajo forma de nube negra, se cernía sobre el país, de inmediato se habían constituido diecisiete comisiones especializadas, las cuales, dotadas de sus lemas y siglas correspondientes, iniciarían desde luego sus labores técnicas una vez que se hubieran procedido a coordinarlas debidamente entre sí. ("Sin coordinación, siempre hay resbalón", era uno de los apotegmas del régimen) Asimismo se expidió un mensaje a todos los gobiernos del Tercer Mundo, informándoles que la agresiva nube negra era sin duda una bellaquería más de las empresas transnacionales y de los tunantes del neocolonialismo económico, pero a la vez se les tranquilizaba haciéndoles saber que ya nos poníamos la armadura, nos calzábamos la espuelas y nos encasquetábamos el yelmo para salir a combatir tan nefastos malandrines y follones en nuestra calidad de adalides y defensores de todos los pueblos oprimidos de la Tierra.

A las seis y media de la mañana se sirvió un atolito de trabajo, con sus tamalitos y chilaquiles —esta vez atendido por simpáticas señoritas chamulas, o por lo menos en atuendos de tales—, el cual refrigerio se prolongó hasta bien pasado el mediodía, convirtiéndose así en folclórica taqueada, también de trabajo, claro. Por los grandes ventanales del salón emergieron densas columnas de humo. No de cigarrillos, pipas o puro, pues estaba prohibido fumar en el austero recinto, sino procedentes de los cerebros allí reunidos, que funcionaban a todo vapor con chisporroteo de células y rechinar de lóbulos. Mientas tanto, la nubecilla, que durante la noche apenas había sido visible, tal vez por la oscuridad y por la circunstancia de que estaba nublado, se fue haciendo cada vez más densa y más grande. y mucho más negra. De un negro espantoso que causaba pavor.

El pueblo, sin embargo, estaba sereno y tranquilo, pues tenía la seguridad de que sus sabios conductores lo protegerían con su extraordinaria sapiencia y alejarían todo peligro con una sola frase certera y bien colocada. O con varios cientos de miles de frases. Mientras el Tecnócrata Gabinete desembocaba en una merienda de trabajo —servido por encantadores chinas poblanas—, la gente en las calles empezó a cruzar cábalas tratando de adivinar qué medidas adoptarían los sesudos varones del Armonioso Alto Mando. No faltaban los enterados de siempre, que vaticinaban el empleo de potentes cañones para desintegrar el núcleo de la amenaza de la nube negra, documentando sus augurios con la observación de que no hay nada como un cañonazo para ahuyentar cualquier cosa. Se oponía a esta facción otra más pacifista, aduciendo que bastaba la Constitución para salir airosos de cualquier trance. Todos, sin embargo, estuvieron de acuerdo en la certeza de que se crearía un nuevo organismo descentralizado para desinflar nubes, por negras que fueran. Por lo que respecta a los fondos para ponerlo en alegre y jacarandosa marcha, se daba por seguro que se conseguiría otro empréstito del BID o que se recurriría a las infalibles adecuaciones fiscales.

Rayaba ya la medianoche y los tecnócratas del gabinete aún se estaban limpiando los bigotes al salir de la cena de trabajo —atendida por monísimas jarochas—, cuando se abrieron de par en par por las puertas del balcón llamado de Sublime Burocracia. Minutos después apareció en él, de rigurosa guayabera, el gabinete en pleno. Y se escuchó una potente voz de mando:

—¡Compañeros!... A la una... a las dos... y a las... ¡tres!

Al retumbar la última palabra, todos los miembros del Tecnócrata Gabinete se pusieron a soplar con terrible pero bien sincronizada fuerza en dirección a la nube negra, que ya casi se les echaba encima. Mientras tanto, el enorme gentío congregado en la avenida de los Pirules aplaudió a rabiar, agitó banderitas, hizo sonar matracas, entonó la Marcha de los 69 Puntos de la Apertura Democrática y vitoreó hasta enronquecer y quedar afónico, admirado del ingenioso sistema para alejar nubes negras, ideado y puesto en práctica por aquellos incansables y preclaros varones.


Vocación burocrática


—¿Así es que usted, joven, según dicen estas noventa y nueve cartas de recomendación, tiene ambiciones de trabajar en esta Secretaría de mi digno cargo?

—Sí, señor.

—¿Sabe usted que ocupar un puesto en el vasto engranaje de la administración pública, exige en un gran sentido de responsabilidad?

—Sí, señor.

—¿Así como un absoluto espíritu de sacrificio?

—Sí, señor.

—¿Y que no siempre el éxito nos sonríe y que es muy duro soportar un fracaso?

—Sí, señor.

—¿Y que entonces debemos obedecer y armarnos de paciencia hasta que llegue el ascenso a un puesto mejor remunerado?

—Sí, señor.

—¿Y que en multitud de ocasiones tenemos que cargar con el muerto cuando alguno de nuestros superiores mete la pata, lo cual es por demás frecuente?

—Sí, señor.

—¿Se da usted cuenta de que el perfecto burócrata debe ser estoico, para resistir impertérrito los insultos del público que forma cola ante una ventanilla o que vocifera porque se ha extraviado algún expediente?

—Sí, señor.

—¿Y que hay que compartir las... ejem, gratificaciones, con todos los superiores jerárquicos, quedándose a veces con un mísero tostón?

—Sí, señor.

—¿y que es menester contribuir generosamente para obsequiar a los jefes en Navidad o con motivo de sus onomásticos?

—Sí, señor.

—Supongo que estará usted enterado de que en muchas ocasiones tenemos que aguantarnos y sobrellevar con una sonrisa las tremendas cargas de algún recomendado perfectamente inútil y además latoso.

—Sí, señor.

—¿Sabe usted que en la actual administración, fieles a la consigna de arriba y adelante, tenemos que estar en nuestras oficinas desde que raya el sol, por si nos alarman con un timbrazo desde Los Pinos o desde Palacio, y a veces desde Estocolmo o Kabul?

—Sí, señor.

—¿Se considera parte de algo así como quinientas comisiones coordinadoras?

—Sí, señor.

—¿Y de tomar el avión en cualquier momento para llevar a cualquier sitio de América, Europa, África, Asia u Oceanía un expediente que haga falta?

—Sí, señor.

—¿Y de llevar a su mujer vestida de juchiteca si alguna vez los invitaran para hacer bulto en alguna recepción oficial?

—Sí, señor.

—¿Y de beber cantidades ingentes de horchata tibia, agua de tamarindo, chía o jamaica?

—Sí, señor.

—¿Aun en la misma Jamaica?

—Sí, señor.

—Perfecto ¿Qué estudios ha hecho usted? ¿De economía?

—Sí, señor.

—¿Tiene alguna especialidad técnica?

—Sí, señor.

—¿Está usted capacitado para afirmar y demostrar un día que algo es blanco, y al siguiente para asegurar y comprobar que es negro?

—Sí, señor.

—Magnifico, Lo felicito a usted, joven. Tiene usted madera de burócrata y temperamento adecuado para trepar por el escalafón a pasos agigantados. Inclusive podría asegurar que, si tiene menos de dieciocho años de edad, podría saltarse el escalafón a la torera y llegar a ser gobernador o embajador o subsecretario en un abrir y cerra de ojos. o de un solo ojo, pues advierto que es usted tuerto; lo cual no es impedimento, desde luego, viniendo de Guadalajara y estando recomendado por varios miembros de la familia de la compañera. Preséntese mañana a la dirección de Personal, donde le extenderán el nombramiento correspondiente.

—Sí, señor.

—¿No sabe usted decir otra cosa?

—Muchas gracias, señor.


[Tomados de "Sufragio en efectivo, no devolución", JUS, 1977]

Comentarios

  1. Marco Aurelio Almazan es (porque aunque muerto, lo sigue siendo) un gran humorista.

    Yo lo lei por primera vez cuando tenia 10 años, una ocasión que estaba haciendo limpieza en mi casa y halle un libro con una portada de un craneo y un cigarro (Cafe, Coñac y Puro).

    En su explicación de porque se esta dejando crecer el bigote, recuerdo una respuesta que decía : "No señora, no es un bigote, lo que pasa es que le di un besito en la nuca y usted no se dio cuenta"

    jajajaja

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  2. me encantan los libros de Marco A. Almazán, su humor me fascina, ojalá pudiera tener más libros de él, porque vivo en Torreón Coahuila y sus libros acá no llegan, hay alguna manera de descargarlos o tenerlos por este medio? me encantaría, gracias.

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  3. Hola, excelente humor, y en busca del cuento donde compara la boda con la corrida de toros, si alguien me pudiera orientar en que libro esta y donde conseguirlo, se lo agradezco de antemano.

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