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Los hermanos siameses, de Tristan Bernard

Todos sabéis de memoria aquella fábula de La Fontaine en la que un viejo, en su lecho de muerte, aconseja a sus hijos permanecer unidos si quieren prosperar en la vida.
¿A quién mejor dirigida esta recomendación que a dos hermanos siameses que en tanto que permanecen unidos pueden ganar hasta ciento cincuenta francos diarios en un circo, mientras que si trataran de separarse ganarían penosamente cualquier cosa a cambio de escribir direcciones de prospectos?
Yo he conocido en Londres a dos hermanos siameses. Edward-Edmund tenían una fortuna bastante considerable, que les dispensaba de exhibirse como fenómenos.
Edward había nacido en Manchester hacía veinticinco años. Edmund había nacido igualmente en Manchester hacia la misma época.
En su adolescencia se parecían de un modo extraordinario, a tal punto que las personas que no sabían distinguir la dercha de la izquierda no llegaban a diferenciarlos.
Sin embargo, con los años se evidenciaron entre ellos diferencias morales muy acusadas. Edward tenía gustos severos y estudioso. Edmund, gustos populacheros. éste último no gustaba más que de la compañia de borrachos y golfantes. El desgraciado Edward , su libro de estudio en la mano, se veía obligado a seguir a Edmund por tabernas y antros de perdición. Y cuando Edmund volvía borracho a casa, Edward, todo colorado de vergüenza, tenía que zigzaguear con él para no hacerse daño en su membrana.
Edward llegó a ser un famoso erudito. Pero no se le pudo invitar por mucho tiempo a los banquetes de las sociedades científicas, porque el crápula de Edmund comenzaba desde la sopa a contar esos chistes obscenos que las personas honorables reservan de ordinario para los postres.
Hace unos años, Edward pidió la mano de una bella y rica joven.. La boda tuvo lugar con una gran pompa y boato. hubo forzosamente que invitar a Edmund, quien se comportó muy bien durante la ceremonia. Parecía que su cuñada le imponía un poco. En el cortejo nupcial, la mujer de Edward, Edward mismo, Edmund y la madrina, avanzaron, los cuatro en fila, enmedio de la admiración general.
Edmund se portó muy discretamente la noche de bodas. se durmió primero e hizo como que se despertó muy tarde. Durante la luna de miels de su hermano se dio menos a la bebida, vigiló sus palabras y se vistió decentemente, teniendo muy en cuenta que salía con una dama.
La joven ¿he dicho que se llama Cecily? ejercía sobre Edmund una gran influencia... Al cabo de algún tiempo ocurrió lo que es corriente cuando se introduce un soltero en un matrimonio: relaciones culpables se establecieron entre Cecily y el pérfido Edmund.
Durante seis meses, Edward no se dio cuenta de nada.
Edward encontró cartas en un cajón mal cerrado y se enteró sin lugar a dudas que su mujer y su hermano le traicionaban todos los días.
¿Qué hacer?
El duelo a pistola, a veinticinco pasos, no era posible, como tampoco el duelo a espada que prohibe el cuerpo a cuerpo.
Llamó a Cecily.
A partir de hoy, le dijo, no profanarás más el domicilio conyugal. Vete.
Bien, dijo ella.
Muy bien, dijo Edmund, yo la acompaño.
El marido se vio obligado a seguirlos. Edmund instaló a Cecily en un apartamento confortable.
Y como todo termina por arreglarse entre los siameses, vivieron felices los tres.

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