Cuatro cuentos breves de Mario Levrero

Mario Levrero

La máquina de pensar en Gladys 


Antes de acostarme hice la diaria recorrida por la casa, para controlar que todo estuviera en orden; la ventana del baño chico, al fondo, estaba abierta --para que durante la noche se secara la camisa de poliéster que me pondría al día siguiente--; cerré la puerta (para evitar corrientes de aire); en la cocina, la canilla de la pileta goteaba y la apreté, la ventana estaba abierta y la dejé así --cerrando la persiana--; la lata de la basura ya había sido sacada fuera, las tres llaves de la cocina eléctrica estaban en cero, la perilla de control de la heladera marcaba 3 (refrigeración suave) y la botella empezada de agua mineral tenía puesto el tapón hermético, de plástico; en el comedor, el gran reloj tenía cuerda para algunos días más y la mesa había sido levantada; en la biblioteca debí apagar el amplificador, que alguien había dejado encendido, pero el tocadiscos se había apagado en forma automática; el cenicero del sillón había sido vaciado; la máquina de pensar en Gladys estaba enchufada y producía el suave ronroneo habitual; la ventana alta que da al pozo de aire estaba abierta, y el humo de los cigarrillos del día se escapaba, lentamente, por ella; cerré la puerta; en el living hallé una colilla en el suelo; la deposité en el cenicero de pie, que la sirvienta se ocupa de vaciar por las mañanas, en mi dormitorio le di cuerda al despertador, comprobando que la hora que indicaba coincidía con la del reloj pulsera en mi muñeca, y lo puse para que sonara media hora más tarde a la mañana siguiente (porque había decidido suprimir el baño; me sentía un poco resfriado); me acosté y apagué la luz.

Por la madrugada desperté inquieto, un ruido desacostumbrado me había producido un sobresalto; me ovillé en la cama y me cubrí con las almohadas y me puse las manos en la nuca y esperé el final de todo aquello con los nervios en tensión: la casa se estaba derrumbando. 

*


Historia sin retorno N° 2


Un perro, Campeón. Vivía solo con él y llegó a incomodarme. Lo llevé al bosque, lo dejé atado con una piola que pudiera romper con un poco de perseverancia y volví a casa. 

En un par de días lo tuve rascando la puerta; lo dejé entrar. Seme hizo intolerable; lo llevé a un bosque más lejano y lo até a un árbol con una piola más gruesa (sabía que el defecto no estaba en la piola sino en la fidelidad del animal); quizás tenía la secreta esperanza que esta vez no pudiera liberarse y muriera de hambre).

Volvió algunos días después. 

Entonces supe que el perro volvería siempre. No me atrevía a matarlo por temor a los remordimientos; y pensé que aunque lograra efectivamente perderlo, en un bosque más lejano aún, viviría con el temor constante de su regreso; atormentaría mis noches y enturbiaría mis alegrías; me ataría más su ausencia que su presencia. 

Entonces dudé apenas un instante ante la majestad del bosque que se alzaba ante mis ojos --umbrío, imponente, desconocido--; resueltamente, comencé a internarme, y seguí internándome hasta que, finalmente, me perdí. 

*


Ese líquido verde

a Jaime


Llaman a la puerta. No espero a nadie; me extraña que llamen. Sin embargo, abro.

Hay una muchacha de uniforme y ojos verdes; sonríe, muestra un portafolios y me dice:

--¿Me permite pasar? Es una demostración gratuita domiciliaria.

No lo pienso; me hago a un lado y entra, al tiempo que abre el portafolios. Extrae una franela y un frasco, pero aún no reparo en esto; detrás de ella entra un payaso, que se para de manos en el centro de la pieza, y hay más gente afuera.

La muchacha humedece la franela con el contenido del frasco --un líquido verde-- y comienza a pasarla por una mesa, frotando lentamente con movimientos circulares. Ha entrado una pareja de equilibristas que hacen pruebas maravillosas; una consiste en hamacarse, colgados de la araña, y dar una vuelta completa en el aire y caer de pie, haciendo un saludo; pero yo estoy atento al domador que entra con un león y un tigre (que gruñen con sonidos estomacales y peligrosos), y luego a la ecuyére de pie sobre el caballo, y a los camellos y a la jirafa y al elefante; este queda trabado en la puerta, a pesar de que el director ha abierto especialmente las dos hojas. El elefante tiene una expresión penosa mientras el domador y el payaso lo empujan hacia afuera, para destrabarlo; luego lo empujan de nuevo hacia adentro, torciéndolo ligeramente, y logran hacerlo pasar.

Quedaba el motorista suicida que irrumpe con ruido infernal, a gran velocidad; da vueltas por las paredes y hasta por el techo. 

Me acerco a la muchacha y le digo que ya tengo bastante de su demostración domiciliaria, que ya no me interesa, que no he de comprar, de todos modos, ningún producto; que está perdiendo su tiempo, y yo el mío.

No se enoja; sonríe, interrumpe sus movimientos circulares, guarda sus cosas, me saluda y sale. Mientras baja la escalera me asomo y le grito:

--Y llévese también su circo. ¡Por Dios!

--¿Mi circo? --pregunta asombrada--. ¿Qué me dice? Esa gente no ha venido conmigo. 

*


El rígido cadáver

a Sammy


Abrí la puerta del ropero para buscar una corbata, y el rígido cadáver se me vino encima. 

--¿Quién puso esto aquí? --grité furioso; la vieja sirvienta, avergonzada, se ovilló en el hueco bajo la escalera--. ¿Has sido tú? --le pregunté, amenazando con golpearle entre los ojos con el extremo del mango de la escoba.

--No, señor --respondió; le pegué, de todos modos, con la escoba, deslizando el mango sobre el pulgar curvado hacia arriba de mi mano izquierda; con la derecha di el golpe, rápido y exacto; se desplomó luego de un ruido de bola de billar. Quiás ella tuviera alhgo que ver con el asunto.

"Ni siquiera se parece a alguien", murmuré para mis adentros, examinando al desconocido que yacía de bruces sobre el piso del dormitorio, con los pies metidos aún en el ropero. "Aunque quizás --y le hice girar la cabeza, moviéndola con el zapato--, quizás esa vaga semejanza del perfil con el de tía Encarnación...". Pensé que pudiera tratarse de algún muerto familiar, largamente olvidado (abro la puerta del ropero con muy poca frecuencia).

"No --me dije, pero la forma del mentón me atraía poderosamente--, no es mi primo Alfredo, tampoco tío Juan". Entonces lo colgué de un clavo en la pared, y durante un tiempo lo contemplé a intervalos.

--Eh, tú --sentí una voz que me decía, la otra tarde, y estaba solo en el dormitorio. Miré en todas direcciones, pero no alcancé a ver otro ser viviente que el rígido cadáver, aún colgado y rígido.

--¿Sí? --inquirí.

--Mírate al espejo --dijo con esa voz extraña de los muertos. 

Un poco alarmado me acerqué al ropero y traté de ver mi imagen reflejada en su luna.

--¡Eh! --grité--. ¡Eh, eh , eh! ¿Qué han hecho con mi imagen? --pregunté, angustiado, porque el espejo reflejaba fielmente todo lo que había en la pieza, excepto mi cuerpo. 

--No entiendes nada, tú nunca entiendes nada --dijo el rígido cadáver, riendo silenciosamente, sus labios curvados burlones hacia abajo, mientras se desenganchaba con gran facilidad del clavo y se me acercaba, desperezándose. 

--¿Tú? --pregunté, y la palabra sonó carente de significado. El cadáver (ya no tan rígido), se aproximó aún más y, apoyando las dos manos en mi pecho, me empujó con fuerza en dirección al ropero; no sentí el choque contra el espejo, pero me encontré en un mundo donde todo estaba lamentablemente alterado, la izquierda a la derecha, la derecha a la izquierda, y etc.; vi que el cadáver daba grandes zancadas por el cuarto, del otro lado, y no me quedó más remedio que imitarlo, por más que ya me estoy cansando, y ese hombre no deja de caminar. 


[Tomados de La máquina de pensar en Gladys, Criatura Editora, Montevideo, 2017.]




Comentarios

Entradas populares de este blog

Minificción mexicana (selección), de Lauro Zavala

Los que se van de Omelas, de Ursula K. Le Guin

Un largo paseo hasta siempre, de Kurt Vonnegut