Confesiones de una bruja, de Jean Franco

Jean Franco

Cuando hace unos años en una reunión del comité editorial de debate feminista propuse un número sobre la vejez, el rechazo fue unánime. No me sorprendió mucho. La vejez da asco, y el asco es una forma contundente de decir no. En el caso de la vejez, señala un rechazo a la muerte y a las figuras femeninas que rechazan la muerte. En su libro Disgust, Winfried Menninghaus escribe: "una y otra vez, los autores clásicos emplean una figura autorizada por una larga tradición: la figura de la vieja asquerosa. Incorpora todos los defectos prohibidos (tabooed); defectos repugnantes de la piel y de la forma, emisiones repelentes y aun prácticas sexuales asquerosas: un obsceno cadáver pudriente en vida" (la traducción es mía).

Entre los filósofos cuya escritura Menninghaus examina, "Winckelmann es el único que no indentifica el asco con los atributos del sexo femenino y la vejez". La vieja es mala y perversa como la Celestina; fornica con el diablo en forma de chivo. Quemarla es la única forma de limpiar la sociedad de este plagio.

En la modernidad se mata a la bruja. En la película The Wizard of Oz cantan "The Wicked Old Witch Is Dead" (Ha muerto la vieja bruja mala), pero la vejez sigue provocando el rechazo y el silencio. Para las mujeres (o por o menos, las heterosexuales) hay un momento en la vida particularmente devastador que marca el principio de la vejez; es el momento cuando dejan de mirarlas. Como los hombres son los termómetros que miden el poder de atracción de la mujer, no ser mirada con deseo representa el primer signo de la vejez, cuando ya no se puede evitar la evidencia de los ojos, ni negar los cambios en el cuerpo. Todas hemos experimentado ese momento cuando la atención de un hombre se desliza hacia la persona más joven. La Marschallin en la ópera Der Rosenkavalier, de Richard Strauss, representa la solución más digna, cuando cede a su joven amante a una mujer joven y se retira dignamente de la escena. Retirarnos dignamente es lo único que nos piden.


The Wizard of Oz (Victor Fleming, 1939)
Hace cuarenta años Simone de Beauvoir escribió un libro de más de 600 páginas sobre la vejez. Pretende ser exhaustivo y en cierta forma lo es. La vieillesse es un libro concienzudo que abarca estudios etnológicos, la vejez en la historia del Occidente y en las sociedades modernas; lamenta la manera en que se trata la vejez en la modernidad y termina reclamando un cambio radical. Señala las diferentes expectativas de los privilegiados que pueden conservar la salud hasta "una edad avanzada, y [de] los obreros desgastados por el trabajo quienes después de jubilarse quedan sin propósito de vida y sufren las consecuencias del trabajo físicamente agotador". Es por eso, escribe, que las medidas para remediar la miseria de los viejos son irrisorias. Ninguna de ellas puede remediar la destrucción sistemática de la que los hombres han sido víctimas durante toda su existencia. En una sociedad ideal, la vejez será un momento diferente de la juventud y de la madurez, con su propio equilibrio, y merecerá un trato generoso por parte de la sociedad. 

Simultáneamente a la publicación de La vieillesse, Michel Foucault, en las conferencias que impartió en el Colegio de Francia, propuso un análisis de dla sociedad radicalmente diferente al de Beauvoir. Enfocando sus estudios sobre el poder, llega a analizar las formas en las que el poder (de todos los tipos: fascista, comunista, socialdemócrata, conservador) normaliza la conducta de individuos y controla la vida de la población en las sociedades modernas. Señala que, con el colapso de ciertas distinciones entre lo público y lo privado, Estado y sociedad, las instituciones se preocupan cada vez más por la vida de la población, la salud, las cifras del nacimiento. En la defensa de la sociedad, hoy se podría incluir el aborto, la obesidad, la vejez y enfermedades como el sida, que evidentemente tienen que entrar en el cálculo de la probable duración de la vida de los sujetos, el número de los años de dependencia, la probabilidad de ciertas enfermedades y el costo de los privilegios que se otorgan a los viejos, tales como la entrada más barata a los espectáculos y la reducción del precio del transporte. 

Es importante reconocer que más allá de nuestros temores, esperanzas y deseos, somos cifras en los cálculos que limitan o posibilitan nuestra vida diaria, y como ciudadana de Estado sUnidos no pasa un día sin que haya algún signo de mi lugar en el elenco. Tengo 85 años y no hay riesgo de olvidarlo. Soy senior, elderly, retiree (jubilada), según la hora del día. Para entrar al cine o subir al autobús o al tren, soy senior citizen. En el hospital me califican de geriatric e insisten en exámenes frecuentes de sangre, de los senos, de los huesos y de los órganos internos, aun cuando no tengo síntomas. 

Si sobrevivo unos años más, puedo graduarme de elderly a old o very old, y eventualmente llegar a la edad de cien años, cuando me mandarán telegramas de felicitación. En América Latina, las categorías son ligeramente diferentes: tercera edad, vieja, anciana, y la aparentemente cariñosa "abuelita". Pero más allá de la categorización, todos los que tienen mi edad sienten la disparidad entre la forma en que nos clasifican y la vitalidad y las pasiones e incluso las ambiciones que no disminuyen. Hay un desfase entre el conato y las opciones que nos quieren imponer. No hay que exagerar, pero se cansa una de interpretar el papel de la boba y pretender que una es demasiado vieja para participar en proyectos sociales y que no sentimos resentimientos por nuestra invisibilidad en las pantallas y en la televisión, en donde los viejos sólo salen en anuncios de remedios para la incontinencia, la artritis y el pene flácido. 

Aquí en Estados Unidos habrá, en el año 2030, 133 millones de viejos, o sea un porcentaje bastante significativo de la población. Hoy en día la tercera parte de la población tiene más de cincuenta años y controla más de la mitad de los gastos opcionales. Algunos municipios han reconocido su importancia económica, mientras que cada vez más los jubilados reconocen que las comunidades apartadasy las casas de descanso que antes se recomendaban no les convienen. Muchas personas ahora escogenvivir en las ciudades entre más gente y donde tienen acceso a teatros, música, a cursos universitarios y a grupos políticos. 

Los avances tecnológicos han mejorado enormemente nuestra vida. Me sorprende a veces, al recordar que nací en una casa iluminada por gas, que cuando tenía seis o siete años mi padre me enseñaba el milagro de nuestro primer radio. Durante años tocamos los mismos cuatro discos en el gramáfono. 

Ya era adulta cuando vi mi primer programa de televisión. Escribí mis primeros ensayos en una Olivetti. Como otras personas de mi edad, he tenido que adaptarme a la computadora, al teléfono celular y al Kindle. Al contrario de lo que se pueda pensar, las nuevas tecnologías nos benefician a nosotras, poniéndonos en una situación de igualdad. Después de todo, nadie sabe la edad de la persona que está transmitiendo un mensaje electrónico. 

Pero sacrificamos algo también. El conocimiento acumulado durante años y generaciones ya no sirve. Lo que cuenta es la velocidad. Nadie consulta a los ancianos sabios. El flâneur también ha desaparecido.

En la calle ya no se observa a las personas que están alrededor, sino que se pone atención en una voz distante o en el mensaje corto cuyo lenguaje se reduce a una serie de letras, omg (oh my god) o algo por el estilo. Una multitud de voces alrededor clama: "Estoy en el autobús", "Estamos en la calle 42, pasando el cine Empire", "Llego a la casa a las siete sin falta". Claro, la conversación plana que tanto divertía a Tito Monterroso se oye por todos lados y lo que desaparece es lo íntimo, el secreto, la vida interior. Lo que antes era privado ahora es público y trivial. Con todo, para los viejos las ventajas superan a las desventajas. El teléfono celular y los mensajes de texto nos salvan en las emergencias, las fotografías tomadas con el celular ayudan en la solución de crímenes, y las noticias de posibles peligros (tempestades, huracanes) nos llegan con rapidez. 

Me doy cuenta de que todo lo dicho hasta ahora supone un privilegio no compartido con la gran mayoría. Simone de Beauvoir tenía razón cuando señalaba cuánto más dura era la vejez de los obreros destrozados por los años de trabajo. En Estados Unidos, los indígenas que viven en reservaciones sufren enfermedades asociadas con la desnutrición. Muchos de los negros en Chicago o Harlem y en el sur no llegan a la vejez porque la esperanza de vida de un negro es bastante menos que la de un blanco. Y no olvidarnos de África, o de los barrios y villas miseria en América Latina. En Haití, ¿cuántos de los sin casa después del terremoto llegarían a los cincuenta años? En vez de la muerte prematura por la mala alimentación, la violencia, los accidentes de trabajo, tenemos que poner como meta a la vejez para todos, una vejez deseable.

Hasta que perdamos la vergüenza de sentirnos viejas no habrá un pensamiento político de la vejez. Tenemos que aprender a aprovecharnos de nuestra edad, a usarla. Pienso en las Abuelas de la Plaza de Mayo que emprendieron el rescate de los nietos robados por los militares y han logrado crear un Banco Nacional de Datos Genéticos. En Estados Unidos hay un grupo que se llama Raging Grannies (Abuelas Rabiosas), que canta y protesta contra la Escuela de las Américas y contra los asaltos al medio ambiente, como el derrame de petróleo que amenaza las costas de Estados Unidos y México. Recomiendo que busquen en YouTube su canción "Drill No More", un título difícil de traducir pero que demanda que las compañías pongan fin a la explotación de pozos de petróleo debajo del mar. Lo genial de las Grannies es que se visten como caricaturas de las abuelitas tradicionales para acentuar su desacuerdo.

Me acuerdo de un ensayo de Arcadio Díaz Quiñones sobre el arte de bregar. Las puertorriqueñas, parece, usan la palabra en todas las posibles situaciones de la vida diaria. Bregar debe convertirse en nuestro lema. O mejor todavía: ¡brujas a las barricadas!


[Tomado de Ensayos impertinentes, Debate Feminista - Océano, México, 2013)

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