El vencedor, de Ivo Andric

Resultado de imagen para ivo andricDe repente su conciencia despertó y lo convirtió todo en un fardo y un dolor insoportable que amenazaba con aplastarlo.
En un punto de lo más profundo de su mente enardecida, él supo que esos chorros rojos debían detenerse, y también ese crujido de tejidos y cartílagos y ese cuello cortado que se abre y se estira ininterrumpidamente, y que sólo después vendría el verdadero esfuerzo: debía coger la horrible cabeza que era más terrible que pesada, levantarse, dar unos pasos y mostrarse con ella. 
Pero cómo hacerlo, si le bastaba pensarlo para sentirse agotado, y se le nublaba la conciencia a cada instante y una cortina de sangre, de sudor y de aliento ardiente le caía sobre los ojos. No obstante, todo se hizo como era debido -quién sabe si duró mucho o poco-, él se levantó, dio unos pasos cerca de la calentura y del vértigo, sintiendo entre sus dedos el cabello inhumano y el peso de la cabeza cortada de Goliat contra su rodilla izquierda. 
Nunca el suelo había sido tan duro. 
De pronto empezó a distinguir los alaridos penetrantes y enloquecidos de los judíos y el pesado fragor de las armas de los filisteos en fuga. Y, aunque se le iba a la cabeza, comprendió que eran los vencedores los que gritaban y los vencidos los que huían. Pero qué podía hacer y a dónde podía encaminarse, solo, medio desnudo, en el otero entre los ejércitos, con el acto irrevocable que lo había lanzado y expuesto allí y amenazaba con cegarlo, enloquecerlo y destruirlo, porque sólo después de haberlo ejecutado se le aparecía en su magnitud y horror. 
Comenzó a soplar el viento de la montaña.
Y de nuevo lo invadió la conciencia de la acción que no podía remediar, que era más grande que él, que no podía soportarse. Un frío oscuro y amargo lo embargó, lo poseyó y le inundó la nariz y los ojos. Le parecía que se reducía y debilitaba a los ojos de todos. Perdía la vista y se le nublaba la mente. Entretanto, todo a su alrededor estaba envuelto en humo y en remolinos, y por eso lo levantaron y transportaron con facilidad. 
En el ejército se iban acallando los primeros gritos inarticulados, se emitían órdenes, los hombres se reagrupaban; lo llevaron por la montaña. Los cantores se reunían. Los jefes gritaban y toda la tropa respondía:
-¡Viva David, hijo de Jesé!
-¡Viva-a-a-a-a!
-¡Viva el futuro caudillo!
-¡Viva-a-a-a-a!
Los cantos se mezclaban con el clamor. 
Y él se mecía como una fruta en la rama y no podía erguirse por los dolores y la debilidad, ni podía caer por las manos y los escudos que lo transportaban. 
Muchas veces había tenido pesadillas, pero cuando se despertaba aterrorizado descubría que nada era verdad, sino un día de fiesta, y fuera estaba la mañana  y el ruido de los niños y de los pájaros. Sin embargo, ahora estaba despierto y aquello no era un sueño. 
En numerosas ocasiones, contemplando de noche la niebla encima del lago, había fantaseado sobre la gloria, la victoria y el triunfo, pero esta era un dolor y un fuego del que no se salía. Porque ante la gloria que soñamos no hay acción alguna, y por eso es dulce y nos entusiasma, pero aquí había un acto en el que él se había consumido entero, y todo el triunfo y la gloria que estallaban a su alrededor parecían hacerlo sobre su tumba. Unos son los que llevan las acciones y otros los que se deleitan exultantes con sus frutos. La acción consume, ciega, ensordece y aniquila. ¡Quién diría que reina tal oscuridad en las almas de los héroes!
Durante una reunión vio al ganador de las carreras. De los cuarenta mejores corredores seleccionados entre todas las tribus, él había sido el primero, y los había vencido por todo un cuerpo. Se acordaba de que en medio del entusiasmo y la admiración general vio al corredor cubierto de polvo que por el sudor se había transformado en barro, con las piernas ensangrentadas, las venas hinchadas, los brazos extendidos impotentes y la boca abierta, la cara mortalmente amarilla, surcada de arrugas y con los ojos girando en las órbitas triste e inconscientemente. Se diría que el clamor de miles no era más que un obsequio compasivo para el más desdichado entre ellos. 
En ese instante se acordó de las ovejas, una por una, y de su padre, Jesé, y de sus manos ajadas y del olor de su cuerpo, al que se había acostumbrado desde pequeño y que siempre había preferido sobre todas las cosas, y de su cuchara de madera clavada en la rejilla de la choza, muy alto y bajo el mismo vértice. En ese momento lo bajaron para envolverlo en el manto triunfal que acababan de traer. Pero antes de que pudieran sostenerlo, él gimió y cayó de bruces como muerto. 
Nunca el suelo había estado tan cerca ni había sido tan duro. 
Mas los soldados, acostumbrados a no pensar ni a tener consideraciones, lo levantaron de nuevo, lo rociaron con agua, lo envolvieron en el manto, le colocaron la guirnalda, y otra vez lo izaron sobre los escudos, apretándose mucho unos contra otros. 
Aparecieron las puertas de la ciudad. La turba ruge, vocifera, manotea y canta. Él sintió el olor de los incensarios, que siempre le había resultado repugnante, y oyó a los sacerdotes que balaban y berreaban, y cómo sus voces se quebraban y mezclaban con los tambores y las trompetas, y vio las casas de la ciudad que flameaban, se enderezaban y gesticulaban. Y de nuevo deseó esconderse y desaparecer, pero le fallaban las fuerzas. 
Medio inconsciente y sintiendo el dolor febril que se iba apoderando de él y tornándose uniforme, por momentos le parecía que aquello era uno de esos atardeceres en los que el mundo conocido salía a tomar el fresco mientras él arreaba el rebaño por la calleja de su pueblo, entre los balidos y berridos de cabras y ovejas y el tintineo del cencerro zumbón. 
Se ladeó, pero infinidad de manos lo sujetaban implacables, el blanco de los ojos le sobresalía terriblemente y de sus bellas pupilas solo quedaba una pequeña media luna negra. Así, con las guirnaldas y el manto, lo transportaban como un estandarte.
-¡Tú eres fuerte, fuerte!
-La diestra del señor.
-¡Que reine el más fuerte!
Las ancianas lloraban, los sacerdotes cantaban, los guerreros blandían las lanzas y los ojos de las doncellas casaderas tenían un brillo inusual. Los esclavos recibieron una ración doble y los animales reposaron. Y en toda la ciudad no había nadie que no estuviera contento y exultante. 


[Tomado de Café Titanic (y otras historias), Barcelona, Acantilado, 2008]

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