Los fantasmas y el partido de fútbol, de Patrick Kennedy


Había una vez el hijo de una pobre viuda que buscaba un lugar para vivir y que llegó, una noche de invierno, a una gran casa de campo, muy próxima a un viejo castillo.
-Que Dios proteja a cuantos viven aquí -dijo apenas entró.
-Que Dios te brinde su misericordia -repuso el granjero-. Ven, muchacho, acércate al fuego.
-¿Podría usted albergarme por esta noche? -preguntó el joven, llamado Jack.
-Desde luego, eso mismo haré. Pero tendrás que dormir en una confortable habitación del viejo castillo, allá arriba. Te daré fuego y velas y lo que necesites para beber; si sigues con vida mañana por la mañana, voy a pagarte diez guineas.
-Seguro que seguiré vivo, excepto que usted envíe alguien a matarme.
-No voy a enviar a nadie, puedes estar tranquilo. Pero el lugar está hechizado desde la muerte de mi padre, y tres o cuatro personas que durmieron entre esas paredes fueron encontradas sin vida al día siguiente. Si logras eliminar a esos fantasmas, te daré como recompensa estas tierras y la mano de mi hija, si es que ambos se aman lo necesario para casarse. 
-No hace falta que me lo repita. Tengo la conciencia en paz y no le temo a ningún fantasma por más que huela a azufre.
El muchacho cenó de buen humor, luego fue conducido al viejo castillo, donde le mostraron una gran cocina con un fuego rugiente en la chimenea, una mesa con una botella y un vaso, y una tetera preparada junto al hogar. El granjero y su mujer le desearon buenas noches y la bendición de Dios, antes de marcharse de forma un tanto apresurada.
-Bueno... -pensó el muchacho- , si realmente hay algún peligro, este misal ha de ayudarme más que el alcohol. 
De modo que se arrodilló para recitar en voz alta  una serie de plegarias, antes de ubicarse ante el fuego y aguardar.
Al cabo de un cuarto de hora, aproximadamente, oyó un ruido proveniente del piso de arriba. La cosa, que parecía rebotar, se detuvo al llegar a un agujero que había en el techo y exclamó:
-¡Voy a caer, me caigo!
-Cae cuando quieras -le respondió Jack.
Un par de piernas aparecieron en el suelo de la cocina, recorrieron la habitación de punta a punta y se detuvieron por fin. Al pobre Jack se le pusieron los pelos de pinta, largos y rectos como esas dos piernas. Entonces se oyó otro crujido en aquel agujero, y la criatura y Jack intercambiaron las mismas palabras, hasta que apareció un torso humano que fue a posarse sobre las piernas. Le siguieron unos hombros u una cabeza, y de este modo se fue conformando un individuo entero, con zapatos de grandes lazos, calzones cortos, un chaleco de amplias solapas y un sombrero de tres picos. 
El individuo permaneció en un rincón del cuarto. Acto seguido, en resumidas cuentas, dos hombres más, vestidos con ropas aún más anticuadas que el primero, ocuparon prontamente otros dos rincones. Al principio, Jack se quedó atónito, pero de a poco fue recobrando el valor, sobre todo cuando -vaya sorpresa- los tres ancianos empezaron a patear una pelota de fútbol, tan fuerte como podían. El hombre del tricornio jugaba contra los otros dos. 
-Así no es justo -dijo Jack, lo más intrépidamente que pudo, aunque en verdad estaba aterrorizado y las palabras salían de su boca como si estuviera en medio de una pesadilla-. No es justo, de modo que voy a ayudarlo, señor. 
Dicho esto, se sumó al juego y pateó varias veces la pelota hasta que su camisa estuvo hecha una sopa, si se me perdona la expresión. La pelota iba y venía de una punta a otra de la habitación, con la velocidad de un rayo, sin que ninguno de los jugadores dijera una sola palabra. A la larga empezó a amanecer y el pobre Jack, que estaba exhausto, advirtió que los tres fantasmas no sólo lo miraban sino que se miraban entre ellos de un modo especial, tan especial que se dijo que probablemente deseaban hablarle. 
La imagen puede contener: una o varias personas y texto
Primera edición de Legendary Fictions of the Irish Celts, 1866.
-Caballeros -les dijo-, como el juego ya casi ha terminado y yo hice lo mejor para que pasaran un buen rato, podrían ser tan gentiles de decirme por qué motivo vienen aquí todas las noches. ¿Existe alguna forma en que yo podría ayudarlos a encontrar el reposos definitivo, si es que eso buscan ustedes?
Jack escuchaba atentamente.
-Aquí -dijo el hombre, abriendo un enorme cajón oculto en un muro-, aquí están el oro y los billetes que alcanzamos a ahorrar. Honestamente, no merecíamos atesorar ni la mitad de esto. Y aquí -añadió, abriendo otro cajón- están los documentos y los contratos que prueban que timamos de forma injusta y quienes tienen el derecho de recibir resarcimiento. Dígale a mi hijo que haga ensillar dos de sus mejores caballos, uno para él y otro para usted. Ambos recorrerán día y noche toda la región, hasta que cada hombre y cada mujer que hemos estafado haya recibido su indemnización. Hecho esto, deben volver aquí una noche; y si no oyen el menor ruido, si no ven nada, querrá decir que encontramos por fin la paz. Entonces podrá casarse con mi nieta, cuando quiera.
En el preciso instante en que el hombre decía estas palabras, Jack creyó vislumbrar el muro a través de su cuerpo, y en cuanto pestañeó para ver mejor, se encontró con que la cocina estaba tan desierta como una olla vacía. En ese mismo instante, el granjero y su hija corrieron la cerradura de la gran puerta. Al ver que Jack estaba vivo, se postraron llenos de emoción. El muchacho les contó todo lo ocurrido, y durante tres días y tres noches el granjero y él recorrieron los alrededores, para que no quedara nadie sin indemnizar.
La noche siguiente que Jack volvió a pasar en el castillo, se durmió antes de haber transcurrido quince minutos contemplando el fuego, y le pareció ver en sueños que tres pájaros blancos echaban a volar desde el campanario de la iglesia vecina.
Jack tomó como esposa a la hija del campesino. Ambos vivieron cómodamente en el viejo castillo, y cada vez que Jack se veía tentado de hacer fortuna o de robarle una guinea o un penique a alguien que había ganado ese dinero con el sudor de su frente, pensaba en los fantasmas y en el partido de fútbol.



Traducción de Eduardo Berti

[Tomado de Fantasmas, Adriana Hidalgo Editora, Argentina, 2009]















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