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Sobre el (y fuera del) cuerpo, de Groucho Marx

Groucho Marx 
Cada año leo artículos entusiastas y optimistas que describen los nuevos automóviles que aparecerán la próxima temporada. Predicen que llevarán el motor detrás, que los asientos estarán hechos de formaldehído, las carrocerías de molibdeno y los volantes de repostería francesa. (Para el caso de que estés muy hambriento en un viaje muy largo.)
    Si estos muchachos de Detroit pueden fabricar un coche nuevo cada año, ¿por qué nadie puede manufacturar un hombre nuevo? Si hay algún mecanismo que necesita ser mejorado y perfeccionado es el cuerpo humano. Si el modelo corriente es la antigua obra maestra de la madre naturaleza, es obvio que esta vieja muchacha está un poco caduca y que necesita pasar unos cuantos años en una buena escuela de ingenieros. 
    Empecemos por abajo y procedamos hacia arriba. Ahí encontramos los pies. Los pies no tienen ninguna belleza. ¿Sería capaz alguno de mis lectores masculinos de salir con una chica que se pareciera a sus pies? Por supuesto que no. Normalmente están deformados y retorcidos de tanto tropezar con muebles y bordillos de acera demasiado altos. Además, constantemente necesitan zapatos nuevos, calcetines, plantillas ortopédicas, esparadrapo y tijeras para cortarse las uñas. 
    Por un momento, trasládate conmigo ahora al mundo de la fantasía. Supongamos que te crecen los pies en forma de ruedas. ¿No sería éste el acontecimiento científico del siglo? Podrías ir rodando a  ver a tus amigos, podrías ir rodando hasta el supermercado y, por la noche, cuando volvieras a casa de trabajar, tu esposa podría acoplarte un aspirador al cuello, de manera que servirías para limpiar el suelo del piso.  (También se te podría aprovechar para limpiar la esterilla sucia que tienes delante de la puerta.)
    Ahora, amigos míos, ascendamos setenta centímetros y ¿qué encontramos? Un fláccido muslo. Descendamos inmediatamente unos cuantos centímetros y ¿qué vemos? Ahí está exactamente la rodilla. No se mueve, no se afana, ni siquiera se preocupa por la espinilla. (Esto es lo que literariamente se conoce como "retruécano" y siempre es acogido con unos cinco minutos de silencio mortal, tras los cuales el editor, es es un editor consciente, dará al autor una patada homicida en la espinilla.) La rodilla es algo que apenas merece considerarse. Desde el punto de vista funcional, es una desgracia. Constantemente se descoyunta y requiere casi tanta atención como una cuchilla para cortar el césped de segunda mano. Es cierto que en los viejos tiempos la rodilla desempeñaba una función importante en la tarea de hacer el amor. El amante se deslizaba del sofá situado en la sala de estar y se apoyaba en el suelo con la rodilla, cuando declaraba sus sentimientos a la muchacha de sus sueños. El inventor del motor de gasolina, sin embargo, fue cambiando gradualmente todo esto. El asiento trasero del automóvil, situado en un autocine, resultó ser un lugar mucho más práctico y, en pocos años, el sofá de la sala de estar se convirtió en una antigualla inútil y carcomida y la muchacha de sus sueños ya tenía cuatro niños. (Es que la película era muy larga.)
    El estómago o barriga es una parte prominente del cuerpo humano, particularmente si se traga una cantidad notable de cerveza. No obstante, estoy seguro de que un diseñador más inteligente podría haberla estructurado de una manera más eficiente. El estómago sirve para dos cosas. Retiene lo que comes y, lo que resulta mucho más importante, retiene tus pantalones. Por desgracia tenemos que respirar, lo cual significa que cada vez que inhalamos nuestros pantalones descienden de cinco a diez centímetros, quedando los pantalones a media asta. Esto podría haberse evitado fácilmente, prolongando diez centímetros por cada lado los huesos de las caderas. Los pantalones colgarían entonces de una forma natural, sin ayuda de un cinturón o de unos tirantes, y la parte trasera de unos pantalones masculinos no formaría esa bolsa que parece rellenada con tres o cuatro sartenes. 
    Cuanto menos digamos de los brazos, mejor será. Crecen sin razón alguna, se balancean hacia adelante y hacia atrás sin ningún objeto y confieren a su propietario un aspecto grotesco e incompleto. Incluso el feo orangután, supuestamente situado a varios niveles más abajo con respecto al hombre en la escala social, está mejor equipado. Los brazos de un orangután adulto son suficientemente largos para llegar al suelo sin necesidad de agacharse, lo cual permite al animal arrancar plátanos mientras va paseando por la calle, sin mencionar la posibilidad de recoger colillas y monedas de la acera, sin perder la dignidad. 
    El cuello es un breve canal de drenaje que surge de los hombros y que desaparece en la parte baja de la cabeza. Normalmente está adornado con un bocado de Adán y un cuello sucio de camisa. El bocado de Adán es una bola de tamaño mediano que siempre está corriendo arriba y abajo por la parte delantera del cuello, buscando desesperadamente su pareja. Es una desgraciada monstruosidad que la naturaleza, descontenta de su obra, ha dejado en nosotros y no podemos hacer nada para remediarlo. Muchas personas tratan de ocultarlo poniéndose una corbata encima. Sin embargo, en la mayoría de los casos, la corbata todavía es más fea que el bocado de Adán. 
    El cuello sería mucho más útil si estuviera equipado con cojinetes de bolas. Esto permitiría a la cabeza girar por completo sobre su eje y, si fuera necesario, volver de vez en cuando a su posición original. Equipado con una cabeza giratoria, un hombre podría pasear por la calle y, al darse cuenta de que en dirección opuesta deambula un bombón exquisito, podría girar rápidamente la cabeza hacia ella y mirar hacia dónde se dirige, para ver si podría pasar también él allí la tarde. Además, pudiendo de vez en cuando volver por completo la cabeza en dirección contraria, se reduciría también el peligro de tropezar con extraños transeúntes y quizá con la propia esposa. 
    Esto nos lleva a considerar los dientes, los centinelas de la boca. La gran mayoría de los hombres invierten el cincuenta por ciento de su salario en su familia, el veinticinco por ciento en prostitutas y el veinticinco por ciento en sus mandíbulas. Observemos la boca de un hombre que acaba de celebrar su cincuenta aniversario. ¿Qué es lo que vemos? Además de un pequeño trozo de tarta de cumpleaños, observamos una variada colección de incrustaciones, rellenos de cemento, fundas de porcelana y un paladar postizo. De hecho, lo encontramos prácticamente todo menos los dientes. Sin embargo, ¿podemos echar la culpa de esto a los dientes? ¡Por supuesto que no! Los dientes son circunstantes inocentes. Nadie les ha preguntado si quieren formar parte de la boca. Y si estuviéramos construidos científicamente, ni siquiera tendríamos boca. Naturalmente, me preguntarás: "¿Cómo comeríamos entonces?". Francamente, no lo sé. Pero voy a pensar un poco sobre esto el próximo fin de semana. 
    Llegamos a la cima gloriosa del hombre: el cabello. La parte más alta de la cabeza es, por lo visto, el único lugar donde el pelo no crece con un grado de éxito consistente. En muchos casos, todo el cráneo consiste en una superficie lisa y resbaladiza, tan desierta como el Valle de la Muerte. Quizá la agricultura científica podría resolver este problema. Los granjeros cuando no estaban demasiado ocupados en Washington pidiendo más subsidios para su trigo y su maíz, descubrieron ya hace tiempo que sus tierras se deterioraban a menos de que practicaran el sistema de la rotación de siembras. Por ejemplo, si un año sembraban trigo, al siguiente plantaban maíz o coles o, en casos desesperados, incluso berenjenas. 
    ¿No es razonable creer que el cuero cabelludo podría responder a un tratamiento similar? En invierno podríamos cultivar cabello en la cabeza y luego, en primavera,  cuando los cabellos comienzan a hacerse delgados y caer en la sopa, el cuero cabelludo podría ser roturado para plantarle habichuelas. Recomiendo en particular las habichuelas, porque son verdes y se entrelazan, crecen hasta una altura considerable y requieren muy poca atención. Alrededor de octubre, podrían recogerse y hacer con ellas una ensalada. Al año siguiente se podría hacer lo mismo, pero con coles. Cualquier hombre podría tener una cabeza de cabello durante el invierno y una de coles durante el verano. (El mismo procedimiento podría seguirse también con una cabeza de lechuga, aunque no hay razón para hacerlo con una cabeza de chorlito.) 
    Podría seguir indefinidamente señalando los monstruosos errores que ha cometido la naturaleza, pero tengo poco tiempo y, si mis lectores se consultan mutuamente con cuidado y honradez, estoy seguro de que acabarán admitiendo que todo lo que he dicho acerca del cuerpo humano ha sido, si ha sido algo, un completo despropósito. 

[Tomado de Memorias de un amante sarnoso, Pocket Edhasa, España, 2015.]

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