El cuchillo, de Edmundo Valadés

Edmundo Valadés
El cuchillo era solingen de mango dorado y hermosos arabescos. Macizo, largo, con escalofriante y filosa punta. En la mano, sugería inventar una muerte o un asesinato, felizmente improbables. Lo dejé olvidado mucho tiempo en un cajón.
En ese entonces caí en una crisis de profunda misantropía. Me sentí en fatigoso desajuste con los demás y conmigo mismo, como si estuviera en una desolada orilla del mundo. 
En las mañanas, al despertar, mis párpados tenían arenillas de un sueño negro y pesado. Me levantaba como si fuera a empezar a vivir por primera vez, como si tuviera que aprender a caminar, a hablarles a los demás, víctima de angustiosa incertidumbre, con enfermizo temor de enfrentarme a los clientes. 
Era vendedor de artículos para el hogar y tenía que ir de puerta en puerta, solicitando que me dejaran entrar a mostrarlos. Había logrado éxito, porque me sentía seguro, dueño de mí, y me sobraban argumentos para persuadir a las amas de casa sobre las ventajas de comprar una enceradora, en cómodos abonos. Sabía insistir y persuadir para realizar buenas ventas. 
Regresaba a casa, contento de que me esperaría una sabrosa comida y satisfecho de poder contarle a mi mujer todas las incidencias de mi trabajo, que yo había hecho favorables. Sin embargo, de pronto me empezó a doblegar un gran cansancio, la sensación aplastante de que no me movía del mismo sitio. Me volví inseguro. 
Las comisiones que percibía como agente descendieron y sufrimos estrecheces en casa. Mi esposa, que tenía un carácter violento, me reprochaba airada que lo del gasto era poco, insuficiente, con fastidio injurioso de tener que entenderse ella sola con la cocina y la limpieza, pues no teníamos criada. Habíamos, antes, decidido ahorrar todo lo posible para pagar las mensualidades del carro indispensable para mi trabajo. 
Algo se rompió entre nosotros. Comprendí que habíamos vivido como en un pacto forzoso de sobrellevar la vida, soslayando la falta de hijos y nuestra incapacidad para despertar un interés mutuo que nos apasionara en algo distinto a la rutina de días exactamente iguales, en los que la novedad no pasaba de una que otra salida al cine, un modesto o solitario día de campo o ver televisión. Éramos ya como dos seres obligados a vivir juntos por compromiso y no pos gusto, y eso nos separaba imprevistamente, como si nuestro amor  hubiera sido ajeno o prestado. 
La satisfacción de salir adelante en el trabajo dejó de de estimularme y se volvió un sacrificio. Salía a vender en deplorable estado de ánimo, esperando el fracaso. Y al ocurrir así, el sentimiento de derrota se ahondaba. Antes de llamar a cualquier puerta, necesitaba de un enorme esfuerzo de voluntad para vencer la resistencia íntima que me anticipaba que todo resultaría inútil, que no me comprarían nada, que después de todo para qué servían las enceradoras y que además, eran muy caras.
Tuve varios tropiezos que me causaron mucho daño. Una de esas veces de extenuante decisión, había animado a una señora a recibirme, a pesar de que ella insistía en que la visitara más adelante. Coloqué la enceradora lista para probarla, pero seguramente unos sobrinos que habían ido a casa, muy traviesos,  tuvieron la ocurrencia de llenar con tinta el depósito de cera. Jalé la manija y sobre el piso de madera se extendieron inoportunas manchas negras. 
La señora, al verlas, se irritó terriblemente, lanzando improperios y acusándome de que yo era un estúpido  que no sabía manejar los aparatos que proponía en venta; que le había estropeado su piso y que ello no se quedaría así, pues bastante trabajo le costaba mantenerlo limpio. 
A pesar de darle mis excusas y ofrecerle que con la misma enceradora yo le dejaría su piso como nuevo, se enojó más y me trató peor, gritándome que se pasaba el día aseando su casa para que yo fuera a ensuciarla con mi cochina máquina, y otras cosas por el estilo de tono más áspero.
Estaba yo avergonzado, confuso, sintiéndome muy tonto e inútil para suavizar su cólera. Acabo por correrme entre léperos insultos y arrojando a la calle las cajas en que guardaba mi mercancía. Salí, como un imbécil, con deseos de abandonarlo todo, sin saber adónde ir o qué hacer. Me pareció que era yo un hombre de más en la vida, que nada valía la pena y que lo mejor era morirme. 
En casa, habían ido por el abono del carro y mi esposa me reclamó con insólito desprecio, que ya le daba pena estar sacando la cara por mí, teniendo que decir al cobrador mentira tras mentira; que si yo me había echado ese compromiso, que fuera hombre para cumplirlo o que me enfrentara al cobrador y yo le dijera que no había dinero para pagar la letra. Tuvimos un altercado y yo acabé por proferir las palabras que yo hubiera querido gritarle a la señora que me había humillado. 
Me encerré en la sala, con impulso de matar o de que me mataran. Y pensando que si no me distraía podría ser capaz de cometer una locura, tomé un libro al alcance de mi mano. El libro estaba aún sin sus páginas abiertas y me acordé  del cortapapel de mago dorado y arabescos, olvidado en un cajón. 
Busqué el cuchillo y, al portarlo, supuse que por vez primera, en mucho tiempo, volvía a apretar una certeza. Estando la hoja metálica en mi mano, al considerar su categórico filo, calculé que enterrándolo en mi carne pondría término a la desesperación que me embargaba. Mi pensamiento fue tan real, porque estaba sintiendo toda la acción de levantarlo y clavarlo de un golpe seco y preciso entre mi corazón -lo que sería fácil y simple-, que me detuve, deteniendo la fascinación de mi extravío.
Mas el cuchillo, ante mis ojos, adquirió tal vida, vida insinuante que latía seduciéndome a usarlo, que de nuevo me sentí deslizado  hacia un vértigo que me alejaba de las fuerzas interiores que se oponían a ceder a tan desesperada tentación. Me acerqué tanto al abismo entreabierto por el cuchillo, que abrí la ventana y lo arrojé, como se arroja un maleficio, a una callecita que daba a espaldas de mi casa. 
En la semioscuridad, al caerle un hilo de luz, me quedé con la mirada puesta en el brillo que se desprendía del arma, como si contemplara un peligro en reposo. Pasó un rato de esos que nunca podemos medir ni saber qué tan breves o eternos fueron, cuando vi la sombra de un hombre que se detenía, agachándose a recogerlo. El hombre, como si lo hubiera estado buscando, lo elevó a la altura del cielo, y con rapidez insólita -yo pude ver el cuchillo descender como bólido-, lo hizo penetrar de un golpe certero en todo lo que era su vida. 
Nadie, ni yo, sabe si ese hombre era la sombra de un hombre o yo mismo. 

[Tomado de Las dualidades funestas, Joaquín Mortiz, México, 1969.]

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