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El paraíso de los ladrones, de Gilbert Keith Chesterton

Gilbert Keith Chesterton
El gran Muscari, el más original de los jóvenes poetas toscanos, entró rápidamente en su restaurante favorito, que daba al Mediterráneo y estaba cubierto por un toldo y cercado por pequeños naranjos y limoneros. Unos camareros con mandiles blancos disponían sobre las mesas blancas los artículos característicos de un almuerzo temprano y elegante y eso parecía aumentar una satisfacción que casi rayaba en la arrogancia. Muscari tenía una nariz aguileña como la de Dante; el pelo y el pañuelo eran oscuros y ondulados, vestía una capa negra y casi podría haber llevado una máscara negra, hasta tal punto parecías sacado de un melodrama veneciano.  Se comportaba como si los trovadores siguiesen teniendo una función social definida, como un obispo. Llevaba las cosas todo lo lejos que su siglo se lo permitía y recorría el mundo literalmente como Din Juan, con un estoque y una guitarra. 
De hecho nunca viajaba sin un estuche con dos espadas, con las que se había batido brillantemente en duelo muchas veces, sin el correspondiente estuche para su mandolina, con la que había cantado serenatas a la señorita Ethel Harrogate, la muy convencional hija de un banquero de Yorkshire que estaba de vacaciones. Sin embargo, no era un charlatán ni un niño, sino un latino lógico y acostumbrado a coger las cosas que le gustaban. Su poesía era tan directa como la prosa de cualquiera. Ambicionaba la fama o el vino  o la belleza de las mujeres con una tórrida franqueza inconcebible para los brumosos ideales o compromisos del norte; a las razas más indecisas aquella intensidad les sonaba a peligro e incluso a crimen. Como ocurre con el fuego o el mar, era demasiado franco para ser de fiar. 
El banquero y su preciosa hija inglesa se alojaban en el hotel adyacente al restaurante de Muscari, que precisamente por eso era su restaurante favorito. Un vistazo al salón le bastó para saber que los ingleses no habían bajado todavía. El restaurante estaba resplandeciente, pero seguía casi vacío. Había dos curas charlando en una mesa en un rincón, aunque Muscari (un católico ferviente) no les prestó más atención que si hubieran sido un par de cuervos. No obstante, una persona cuya ropa era radicalmente opuesta a la suya se levantó de un asiento más alejado, oculto en parte por un árbol enano repleto de naranjas, y fue directo hacia donde estaba el poeta. 
Dicha figura iba vestida con un tweed a cuadros; llevaba una corbata rosa, el cuello almidonado y unas enormes botas amarillas. Conseguía, según la auténtica tradición de Margate, tener un aspecto llamativo y a la vez vulgar. Pero, a medida que aquella aparición salida del East End londinense se le acercaba, a Muscari le sorprendió comprobar que la cabeza era claramente distinta del cuerpo. Era una cabeza de italiano que sobresalía, velluda, atezada y muy vivaz, del cuello rígido que parecía hecho de cartón piedra  y de la cómica corbata rosa. De hecho, era una cabeza que le resultaba conocida. La reconoció, pese a aquel horroroso atuendo vacacional inglés, como la cabeza de un viejo amigo al que casi había olvidado, llamado Ezza. De joven había sido un niño prodigio y cuando tenía quince años todo el mundo le auguraba fama en Europa, pero cuando hizo su aparición en el mundo fracaso, primero públicamente como dramaturgo y demagogo, y luego en privado durante varios años como actor, viajero, agente comercial o periodista. La última vez que Muscari lo vio fue tras las candilejas ; se había acostumbrado muy bien a los altibajos de la profesión y todo el mundo pensaba que se lo había tragado alguna catástrofe moral.
--¡Ezza! --gritó el poeta levantándose a estrecharle la mano entre contento y sorprendido--. Vaya, te he visto disfrazado de muchas cosas en el camerino, pero nunca imaginé verte disfrazado de inglés.
--Ésta --respondió gravemente Ezza-- no es la ropa de un inglés, sino la de un italiano del futuro.
--En ese caso --observó Muscari--, admito que prefiero al italiano del pasado.
--Ése es tu error, Muscari --dijo el hombre vestido de tweed, sacudiendo la cabeza--, y el de Italia. En el siglo XVI, los toscanos estábamos a la vanguardia de todo: teníamos el acero más moderno, la escultura más moderna, la química más moderna. ¿Por qué no íbamos a tener ahora las fábricas más modernas, los motores más modernos, la finanzas más modernas... y la ropa más moderna?
--Porque no vale la pena tenerlas --respondió Muscari--. No puede convertir a los italianos a la fe del progreso, son demasiado inteligentes. Quien ve un atajo a la buena vida, nunca seguirá los caminos más complicados.
--Pues para mí Marconi o D'Annunzio son las luminarias de Italia --afirmó Ezza--. Por eso me he hecho futurista... y guía turístico.
--¡Guía! --exclamó Muscari riéndose--. Es el último de tus oficios. ¿Y a quién estás guiando?
--Oh, a un tipo llamado Harrogate y a su familia, creo.
--¿No será el banquero que se aloja en este hotel? --preguntó el poeta con cierta ansiedad.
--Él mismo --respondió el guía.
--¿Y paga bien? --preguntó inocentamente el trovador.
--A mí me pagará --aseguró Ezza con una sonrisa muy enigmática--. Aunque soy un guía un poco peculiar. --Luego como cambiando de asunto, dijo de pronto--: Tiene una hija... y un hijo.
--La hija es divina --afirmó Muscari--, el padre y el hijo supongo que son humanos. Pero considerando sus inocuas cualidades, ¿no te parece que ese banquero ejemplifica a la perfección mi argumento? Harrogate tiene millones en sus cajas fuertes, y yo no tengo más que agujeros en los bolsillos. Pero no creo que puedas ni te atrevas a afirmar que es más inteligente, más decidido o siquiera más enérgico que yo, cuando se limita a ir de sillón en sillón como un paralítico. Es un viejo tarugo amable y concienzudo, pero sólo tiene dinero porque lo colecciona, igual que un niño colecciona sellos. Tú eres demasiado decidido para los negocios, Ezza. No tendrías éxito. Para ser lo bastante listo como para ganar todo ese dinero hay que ser tan tonto como para quererlo.
--Yo soy lo bastante tonto para eso --repuso lúgubremente Ezza--, pero te sugiero que dejes de criticar al banquero, porque ahí viene.
En efecto, el señor Harrogate, el gran financiero, acababa de entrar en la sala, aunque nadie le prestó atención. Era un anciano corpulento de ojos azules y bigotes amarillentos y descoloridos; de no ser por que andaba algo encorvado habría podido parecer un coronel. Llevaba en las manos varias cartas sin abrir. Su hijo Frank era un muchacho muy guapo, de pelo rizado, tostado por el sol y de aire enérgico, y a quien tampoco miró nadie. Todas las miradas, como siempre, se clavaron, al  menos por un instante, en Ethel Harrogate, cuya dorada cabeza griega y tez del color de la aurora parecían colocadas a propósito frente al mar de color zafiro, como si fuese una diosa. El poeta Muscari respiró hondo como si estuviera bebiendo algo, y de hecho lo estaba haciendo. Bebía el ideal de belleza clásica que inventaron sus antepasados. Ezza la contempló con una mirada no menos intensa y mucho más desconcertante.
En ese momento, la señorita Harrogate estaba especialmente deslumbrante y predispuesta a la conversación, y su familia se había adaptado a las desenfadadas costumbres continentales, así que permitieron al extranjero Muscari, e incluso al guía Ezza, compartir su mesa y su conversación con ellos. En Ethel Harrogate el convencionalismo se coronaba con una perfección y un esplendor propios. Orgullosa de la prosperidad de su padre, aficionada a los placeres mundanos, hija cariñosa, aunque redomadamente frívola, era todo eso junto con una especie de áurea bondad que hacía que incluso su orgullo resultase agradable y su respetabilidad mundana pareciese fresca y jovial.
estaba excitadísimos a propósito de los supuestos riesgos de un sendero de montaña que iban a recorrer esa semana. El peligro no eran las rocas ni los aludes, sino alfo mucho más romántico. A Ethel le habían asegurado que unos bandidos, los forajidos de la leyenda moderna, merodeaban aún por aquellas sierras y controlaban el paso de los Apeninos.
--Dicen --exclamó en voz alta, con el terrible regocijo de una colegiala-- que la región no está controlada por el rey de Italia, sino por el rey de los ladrones. ¿Quién es el rey de los ladrones?
--Un gran hombre --replicó Muscari-- digno de figurar junto al mismísimo Robin Hood, signorina. La primer vez que se oyó hablar de Montano en las montañas fue hace diez años, cuando todo el mundo decía que los bandidos habían desparecido. Pero su indómita autoridad se extendió con la rapidez de una revolución silenciosa. sus feroces proclamas aparecían clavadas en todos los pueblos de montaña y sus centinelas, fusil en mano, controlaban todos los desfiladeros. En seis ocasiones, el Gobierno de Italia trató de sacarlo de su fefugio y fue derrotado en seis batallas campales dignas de Napoleón.
--Estas cosas --observó pesadamente el banquero-- nunca se permitirían en Inglaterra; tal vez habríamos hecho mejor en escoger otra ruta. Aunque el guía pensó que era completamente segura.
--Es totalmente segura --aseguró desdeñoso el guía--,la he recorrido más de veinte veces. Puede que hubiese algún forajido a quien llamaran Rey en época de nuestras abuelas, pero pertenece a la historia, si no a la fábula. El bandolerismo ha sido erradicado por completo.
--Nunca podrá erradicarse del todo --respondió Muscari--, pues la rebelión armada es una reacción connatural a los meridionales. Nuestros campesinos son como sus montañas, alegres y civilizados, pero llenos de fuego en el fondo. Hay un momento de desesperación en el que los pobres del norte se dan a la bebida y nuestros pobres afilan los cuchillos.
--Los poetas son señores privilegiados --replicó Ezza con desprecio--. Si el signor Muscari fuese inglés seguiría buscando salteadores de caminos de Wandsworth. Créanme, no hay más riesgo de ser asaltado en Italia que de que les arranquen la cabellera en Boston.
--¿Así que insiste usted en intentarlo? --preguntó el señor Harrogate frunciendo el ceño.
--¡Oh, suena terrible! --gritó la joven, volviendo sus hermosos ojos hacia Muscari--. ¿De verdad cree usted que el paso es peligroso?
Muscari echó hacia atrás su melena negra.
--sé que es peligroso --afirmó--. Voy a cruzarlo mañana.
El joven Harrogate se quedó atrás por un momento mientras vaciaba un vaso de vino blanco y encendía un cigarrillo, y la bella se fue con el banquero, el guía y el poeta dejando detrás de sí una estela de risas argentinas y burlonas. Casi al mismo tiempo los dos curas del rincón se pusieron en pie; el más alto, un italiano de cabello blanco, se despidió. el más bajito se dio la vuelta y se acercó a donde estaba el hijo del banquero, quien e quedó perplejo al comprobar que, aunque se trataba de un sacerdote católico, el hombre era inglés. Recordó vagamente haberlo conocido en alguna reunión social de sus amigos católicos. Pero el cura habló antes de que el otro tuviera tiempo de recordar.
--Creo que usted es Frank Harrogate --dijo--. Ya nos han presentado, pero no espero que lo recuerde. Lo que tengo que decirle es tan extraño que es mejor que se lo diga un desconocido. Señor Harrogate, sólo le diré una cosa y me iré: cuide de su hermana en estos momentos de aflicción.
Incluso para la indiferencia auténticamente fraternal de Frank, la brillantez y la ironía de su hermana seguían resonando y destellando; todavía podía oír su risa procedente del jardín del hotel, de modo que sólo acertó a lanzar una mirada de perplejidad a su lúgubre consejero.
--¿Se refiere usted a los bandidos? --preguntó, y luego, al recordar vagamente un temor propio, añadió--: ¿O está usted pensando en Muscari?
--Nadie piensa nunca en al verdadera aflicción --repuso el extraño sacerdote--. Sólo se puede ser bondadoso cuando acontece.
Y se marchó apresuradamente de la sala, dejando al otro con la boca abierta.


Un par de días después, un carruaje que transportaba al grupo entero ascendía y se tambaleaba por las vueltas y revueltas de la amenazadora cordillera. Entre la alegre negación del peligro por parte de Ezza y del bullicioso desafío de Muscari, la familia del financiero se había atenido a su primer propósito y Muscari adelanto su viaje por las montañas para que coincidiera con el de los ingleses. Una sorpresa adicional fue la aparición del pequeño sacerdote del restaurante en la estación de la ciudad costera. Se limitó a decir que tenía cosas que hacer al otro lado de las montañas. Pero el joven Harrogate no pudo sino relacionar su presencia con los temores místicos y las advertencias del día anterior.
El carruaje era una especie de cómoda vagoneta, inventada por el talento modernistas del guía, quien dominaba la expedición con su actividad científica y su animado ingenio. La teoría del peligro de los ladrones quedó apartada del pensamiento o de la conversación, aunque implícitamente le concediera cierta credibilidad el hecho de que contasen con alguna protección. El guía y el joven banquero llevaban revólveres cargados, y Muscari (con el regocijo de un muchacho) se ciñó una especie de alfanje debajo de la capa negra.
Se había plantado de un salto junto a la encantadora inglesa: al otro lado se sentaba el cura, que se llamaba Brown y era por suerte un tipo silencioso; el guía, el padre y el hijo iban en el banc de atrás. Muscari estaba animadísimo y creía seriamente en el peligro que corrían, y su charla con Ethel bien podría haberle hecho pensar a ésta que se trataba de un fanático. Pero había algo en el enloquecido y magnífico ascenso, entre depeñaderos y picos cubiertos de frondosos bosques, que arrastraba también su espíritu a esos absurdos cielos purpúreos de soles giratorios. La blanca carretera trepaba como un gato blanco, salvaba oscuros abismos como una cuerda tirante y se enroscaba en torno a remotas cumbres como un lazo.
Y, no obstante, por muy alto que subieran, el desierto seguía en flor como la rosa. Los campos resplandecían bajo el sol y azotados por el viento, con los colores del martín pescador, el guacamayo y el colibrí, así como con los matices de cientos de flores. No hay prados ni bosques más encantadores que los ingleses, ni crestas o abismos más nobles que los de Snowdon o Glencoe. Pero Ethel Harrogate nunca había visto los campos meridionales reclinados sobre los astillados picos del norte como si fuesen la garganta de Glencoe cargada con los frutos de Kent. Aquí no había nada de ese frío y esa desolación que en Inglaterra se asocian con los paisajes altos y agrestes. Era más bien como un palacio de mosaicos hecho pedazos por un terremoto; o como un campo de tulipanes holandés que hubiese volado con dinamita hasta las estrellas.
--Es como si hubiesen trasladado los Kew Gardens a Beachy Head --dijo Ethel.
--es nuestro secreto --respondió él--, el secreto del volcán y también de la revolución: que algo pueda ser violento y a la vez fructífero.
--Usted mismo es bastante violento --declaró ella, y le dedicó una sonrisa.
--Y, sin embargo, bastante estéril --admitió él--, si muriese esta noche moriría soltero y como un idiota.
--Yo no tengo la culpa de que haya venido usted --repuso ella tras un silencio embarazoso.
--Usted no tienen la culpa de nada --respondió Muscari--, no fue culpa suya que cayera Troya.
Mientras hablaba, llegaron a un impresionante precipicio que se extendía como un par de alas sobre un lugar particularmente peligroso. Asustados por la enorme sombra que se cernía sobre la estrecha cornisa,  los caballos se agitaron indecisos. El cochero se apeó para sujetarlos de las riendas y se volvieron ingobernables.  Un caballo se encabritó y levantó las patas delanteras exhibiendo la titánica y aterradora de ese animal cuando se convierte en un bípedo. Eso bastó para alterar el equilibrio: el carruaje se inclinó como un barco y se estrelló contra unos matorrales que había al borde del acantilado. Muscari le echó un brazo por encima a Ethel, que se agarró a él y soltó un grito. Momentos así eran los que daban sentido a la vida del joven.
En el instante en que los impresionantes  flancos de la montaña empezaron a girar en la cabeza del poeta como un purpúreo molino de viento, ocurrió algo que en apariencia resultó incluso más alarmante: el anciano y letárgico banquero se incorporó y saltó hacia el precipicio antes de que el vehículo ladeado pudiese arrojarlo allí. En un primer momento pareció algo descabellado, como un suicidio, pero un instante después resultó tan sensato como una inversión garantizada. Obviamente, el banquero de Yorkshire tenía más reflejos y astucia de la que había supuesto Muscari, pues aterrizó en un lecho de hierba y tréboles que parecía hecho a propósito para recibirle. En realidad, todos los miembros del grupo fueron igual de afortunados, aunque no saliesen despedidos con tanta dignidad. Justo debajo de aquella brusca curva del camino había un hueco herboso y florido como un prado hundido, una especie de bolsillo de terciopelo verde en medio de las largas, verdes y colgantes vestiduras de las montañas. En él cayeron todos sin sufrir otro daño que ver sus equipajes e incluso el contenido de sus bolsillos esparcidos por la hierba. El carruaje accidentado quedó arriba, enganchado a los arbustos, y los caballos se deslizaron aparatosamente por la pendiente. El primero era incorporarse fue el minúsculo sacerdote, que se rascó la cabeza con una mentecata expresión de sorpresa. Frank Harrogate le oyó preguntarse: "Bueno, ¿y por qué diantre hemos ido a volcar justo aquí?".
Parpadeó observando las cosas que habían quedado tiradas a su alrededor y recuperó su deteriorado paraguas. Detrás estaba el ancho sombrero de Muscari y junto a él una carta comercial  sellada que, después de echarle un vistazo a la dirección, devolvió al anciano Harrogate. Al otro lado, tapada en parte por la hierba, estaba la sombrilla de la señorita Ethel y, justo detrás, una curiosa botellita de vidrio de unos pocos centímetros de longitud. El sacerdote la recogió discretamente, la destapó y olisqueó, y su rostro tosco se puso lívido.
--¡Dios nos libre! --murmuró--, ¡no puede ser de ella! ¿Ya le ha acometido la tristeza? --se guardó la botellita en el bolsillo del chaleco--. Creo que estoy justificado --se dijo--, hasta que sepa algo más.
Echó una mirada de pena a la joven, a quien en ese momento rescataba Muscari de entre las flores.
--Hemos caído del Cielo --dijo el poeta--. Es una señal. Los mortales suben y caen, pero sólo los dioses y las diosas caen hacia arriba.
Y, en efecto, ella se levantó de aquel mar de colores tan hermosa y feliz que el sacerdote sintió que sus sospechas se disipaban. "Después de todo --pensó--, puede que el veneno no sea suyo; tal vez se trate de uno de los trucos melodramáticos de Muscari".
Muscari levantó a la dama con ligereza, hizo una reverencia absurdamente teatral, y luego, desenvainando si alfanje, cortó de un tajo las tensas riendas de los caballos, que se quedaron temblorosos sobre la hierba. Acto seguido, ocurrió algo extraordinario. Un hombre muy silencioso, muy pobremente vestido y quemado por el sol, salió de los arbustos y sujeto a los caballos por la cabeza. Tenía un cuchillo de forma extraña, muy ancho y curvo, ceñido al cinto; aparte de eso, nada en él llamaba la atención, salvo su súbita y silenciosa aparición. El poeta le preguntó quién era, y el hombre no contestó.
Mientras miraba al grupo confuso y asustado que había en el prado, Muscari reparó entonces en que otro hombre curtido y vestido con andrajos, con un trabuco bajo el brazo, los observaba desde la cornisa de abajo con los codos apoyados en la hierba. Luego miró hacia el camino de donde habían caído y vio los cañones de otras cuatro carabinas que los apuntaban y otras cuatro caras morenas con ojos vivos pero inmóviles.
--¡Los bandidos! --gritó Muscari con una especie de monstruosa alegría--. Era una trampa. Ezza, si me ayudas disparándole al cochero, aún podremos salir de aquí. Sólo son seis.
--El cochero --dijo Ezza, que se había puesto de pie muy envarado con las manos en los bolsillos-- es un criado del señor Harrogate.
--Entonces, dispárale con más razón --gritó el poeta con impaciencia--; le sobornaron para traicionar a su amo. Luego pon a la dama en el medio y nos abriremos paso a toda prisa.
Y, avanzando entre la hierba y las flores, se dirigió valerosamente hacia donde estaban  lasa cuatro carabinas, pero al ver que nadie le seguía, salvo el joven Harrogate, se dio la vuelta blandiendo el alfanje para llamar a los otros. Observó al guía, que seguía de pie con las piernas abiertas y las manos en los bolsillos en la mitad del claro cubierto de hierba, y cuyo delgado e irónico rostro italiano pareció hacerse más y más largo a la luz del atardecer.
--Pensabas, Muscari, que yo era el fracasado de la clase y que tú eras el triunfador. Pero he triunfado más que tú y ocuparé un lugar más elevado en la historia. Yo he puesto en práctica la épica, mientras que tú te has limitado sólo a escribirla.
--¡Vamos, te digo! --tronó Muscari desde arriba--. ¿Es que vas a quedarte ahí diciendo tonterías con una mujer a la que salvar y tres hombres fuertes dispuestos a ayudarte? ¿Quién te crees que eres?
--Creo ser Montano --gritó el extraño guía con una voz igualmente fuerte y sonora--. Soy el Rey de los Ladrones, y os doy la bienvenida a mi palacio de verano.
Y mientras hablaba, otros cinco hombre silenciosos con las armas en ristre salieron de los arbustos y le miraron a la espera de oír sus órdenes. Uno de ellos llevaba un papel en la mano.
--Esta pequeña guarida en que estamos acampados --prosiguió el guía-bandido con la misma sonrisa desenfadada y siniestra --es, junto con algunas cuevas que hay debajo, conocida por el nombre del Paraíso de los Ladrones. Es mi principal fortaleza en estas montañas, pues (como sin duda habrán notado) este nido de águilas es invisible tanto desde el camino de arriba como desde el valle. Es mejor que inexpugnable, es invisible. Aquí paso casi toda mi vida y aquí moriré, ciertamente, si alguna vez los gendarmes logran seguirme la pista. No soy de esos criminales que se muestran reservados al defenderse, sino de otro tipo mejor que se reserva la última bala. Todos se miraron perplejos y en silencio, salvo el padre Brown, que soltó un enorme suspiro de alivio y palpó el pequeño vial que tenía en el bolsillo.
--¡Gracias a Dios! --murmuró--. Eso es mucho más probable. El veneno pertenece al jefe de los ladrones, por supuesto. Lo llevaba para no ser capturado con vida, como Catón.
El Rey de los Ladrones, entretanto, con la misma extraña y peligrosa cortesía:
--Sólo me queda --dijo-- explicarles a mis huéspedes las condiciones sociales bajo las cuales tengo el placer de hospedarlos. No hará falta que entre en detalles sobre el pintoresco y viejo ritual  de la petición e rescate, que es de mi sola incumbencia. Al reverendo padre Brown y al famoso signor Muscari los liberaré mañana al amanecer y los escoltaré hasta los límites de mis dominios. Los curas y los poetas, si me permiten la sencillez de mi lenguaje, nunca tienen dinero. sí que (puesto que es imposible sacarles nada) lo mejor es aprovechar la oportunidad de demostrar nuestra admiración por la literatura clásica y nuestra reverencia hacia la Santa Madre Iglesia. --Se interrumpió con una sonrisa desagradable y el padre Brown se le quedó mirando y parpadeó varias veces, como si le escuchara de pronto con mucha atención. El capitán-bandido, le echó un vistazo y prosiguió--: Mis otras intenciones están claramente explicadas en este documento público, que les entregaré en su momento, y que después será clavado en un árbol de todos y cada uno de los pueblos del valle y en todas las encrucijadas de las montañas. No los fatigaré con verbalismos, puesto que todos podrán leerlo; la esencia de mi proclama es ésta: en primer lugar, anuncio que he capturado al millonario y coloso de las finanzas inglés, al señor Samuel Harrogate. A continuación anuncio que llevaba encima billetes y acciones por valor de dos mil libras, que me ha entregado. Y, dado que sería una auténtica inmoralidad anunciar tal cosa a un público crédulo si no hubiera acontecido, propongo que ocurra cuanto antes. Propongo que el señor Harrogate padre me entregue de inmediato las dos mil libras que lleva en el bolsillo.
El banquero le miró con el ceño fruncido y el rostro encendido y airado, aunque evidentemente acobardado. El salto que había dado para salir del carruaje parecía haber agotado toda su virilidad. Se había quedado atrás asustado cuando su hijo y Muscari hicieron la intentona de escapar de la trampa de los ladrones; metió la mano rubicunda y temblorosa en el bolsillo de la perchera y entregó al bandido un fajo de sobres y billetes.
--¡Estupendo! --exclamó el forajido alegremente--. Ahora empezamos a entendernos. Prosigo con los puntos de mi proclama, que pronto será anunciada a toda Italia. La tercera cuestión es la del rescate. Les pido a los amigos de la familia Harrogate un rescate de tres mil libras, suma que estoy convencido de que casi supone un insulto para la estimación de sí misma que tiene dicha familia. ¿Quién no estaría dispuesto a pagar tres veces esa cantidad para relacionarse un día más con semejante círculo doméstico? No les ocultaré que el documento termina con ciertas frases legales a propósito de las cosas desagradables que podrían sucederles si no se paga el dinero, pero entretanto, damas y caballeros, permítanme asegurarles que estoy cómodamente instalado aquí y que dispongo de vino y cigarros, y darles mi más cordial bienvenida a los lujos del Paraíso de los Ladrones.
Mientras hablaba, los hombres de aspecto amenazador con las carabinas y los sucios sombreros de ala ancha se habían ido congregando silenciosamente en tal número que incluso Muscari se vio obligado a admitir que su arrojo con la espada era absurdo. Miró a su alrededor, pero la chica se había acercado a su padre para ofrecerle alivio y consuelo, pues el afecto natural que sentía por su persona era tan fuerte o más que el orgullo presuntuoso que sentía por el éxito paterno. Muscari, con la falta de lógica de un enamorado admiró esa devoción filial que, no obstante, le incomodaba. Volvió a enfundar su espada y se tumbó malhumorado en uno de los verdes bancales. El sacerdote se sentó a uno o dos metros y Muscari enseguida volvió su perfil aquilino con irritación hacia él.
--Bueno --masculló cáusticamente el poeta--, ¿sigues pensando que soy demasiado romántico? ¿Quedan o no quedan bandidos en las montañas?
--Es posible --repuso dubitativo el padre Brown.
--¿Que quiere decir? --preguntó el otro con aspereza.
--Quiero decir que estoy confundido --replicó el cura--. Ese Ezza o Montano, o comoquiera que se llame, me tiene perplejo. Me parece aún más inexplicable como bandido que como guía.
--Pero, ¿en qué sentido? --insistió su compañero-- . ¡Virgen santa! Yo diría que como bandido está muy claro.
--Veo tres dificultades muy curiosas --murmuró el cura--. Me gustaría conocer su opinión al respecto. En primer lugar, he de confesarle que yo estaba almorzando en aquel restaurante junto al mar cuando ustedes cuatro dejaron el salón. Usted y la señorita Harrogate salieron primero, charlando y riendo; el banquero y el guía iban detrás, hablando poco y en voz baja. Pero no pude evitar oír que Ezza decía: "bueno, dejémosla que se divierta un poco, ya sabe que el golpe puede destrozarla en cualquier momento". El señor Harrogate no respondió nada, así que sus palabras debían de tener algún significado. Dejándome llevar por un impulso advertí a su hermano de que ella podía correr un peligro. No le expliqué su naturaleza porque no la conocía. Pero, si se refería a este asalto, la cosa carece de sentido. ¿Por qué iba a avisar el guía-bandido a su patrón, siquiera con insinuaciones, cuando su único propósito era atraerlo a esta ratonera en las montañas? No puede haber sido eso. Pero, de lo contrario, ¿cuál es ese otro peligro, conocido tanto por el guía como por el banquero, que se cierne sobre la señorita Harrogate?
--¡Un peligro para la señorita Harrogate! --exclamó el poeta incorporándose con vehemencia--. Continúe, explíquese.
--Todo el enigma, no obstante, se centra en nuestro jefe de los bandidos --prosiguió con rostro pensativo el sacerdote--. Y he aquí el segundo de ellos: ¿por qué en su petición de rescate insistió tanto en el hecho de que le había robado dos mil libras a su víctima en el acto? No hace pensar en un rescate, sino, de hecho, en todo lo contrario. Era más probable que los amigos de Harrogate temieran por su vida si pensaban que los bandidos eran pobres y estaban desesperados. Sin embargo, insistió en lo del robo e incluso lo puso en primer lugar  en su petición. ¿Por qué Ezza Montano desearía decirle a toda Europa que le había vaciado los bolsillos al banquero antes de pedir el rescate?
--No logro imaginarlo --admitió Muscari mesándose pro una vez sin la afectación los negros cabellos--. Tal vez crea usted estar aclarándome las cosas, pero cada vez lo veo todo más oscuro. ¿Cuál es su tercera objeción al príncipe de los ladrones?
--La tercera objeción --dijo el padre Brown todavía pensativo-- es este bancal en el que estamos sentados. ¿Por qué llama nuestro guía.bandido a esto su principal fortaleza y el Paraíso de los Ladrones? Ciertamente es un lugar blando donde caer y un lugar ameno que contemplar. También es cierto, como él dice, que resulta invisible, tanto desde el valle como desde las montañas, y por eso mismo constituye un buen escondite. Pero no es una fortaleza. Nunca podría ser una fortaleza. A mí me parece la peor fortaleza del mundo, pues está dominada por un camino de montaña..., el lugar por donde precisamente es más probable que pase la policía. Si con cinco trabucos de nada nos han obligado a rendirnos hace media hora, una tropa reducida de soldados podría habernos empujado por el precipicio. Sea lo que sea este extraño escondrijo entre la hierba y las flores, no es una posición atrincherada.  Es otra cosa, tiene algún tipo de importancia, algún valor que no alcanzo a comprender. Es como un teatro improvisado o un camerino natural, es como el decorado de una comedia romántica, como...
Mientras las palabras del curilla se alargaban y se perdían en una obtusa y soñolienta sinceridad, Muscari, cuyos sentidos animales estaban despiertos e impacientes, oyó un nuevo sonido en las montañas. Incluso para él se trataba de un ruido todavía débil, pero podría haber jurado que la brisa vespertina traía consigo algo parecido al sonido de cascos de caballos y unos gritos lejanos.
En ese instante, y mucho antes de que la vibración alcanzara los menos experimentados oídos ingleses, Montano, el bandido, subió por la ladera y se detuvo junto a los arbustos, apoyado contra un árbol y escudriñando la carretera. Tenía un aspecto extraño allá arriba, pues, en su calidad de rey de los bandidos, se había calado un estrambótico sombrero y se había ceñido una bandolera y un alfanje, pero el prosaico tweed del guía seguía asomando por todas partes.
Un instante después volvió su rostro cetrino y desdeñoso e hizo un gesto con la mano. Los bandidos se dispersaron al ver la señal, no de manera desorganizada, siguiendo lo que era evidentemente una especie de disciplina de guerrilla. En lugar de ocupar la carretera a lo largo del risco, se desperdigaron por los flancos detrás de los árboles y arbustos, como si aguardasen invisibles la llegada de algún enemigo. El ruido se fue haciendo más fuerte y empezó a sacudir el camino de montaña, y se oyó claramente una voz dando órdenes. Los bandidos se agacharon y acurrucaron, maldiciendo y susurrando, y el aire nocturno se llenó de ruiditos metálicos mientras amartillaban sus pistolas o desenvainaban sus cuchillos o arrastraban las fundas de sus espadas entre las piedras. Luego los ruidos de ambas partes parecieron encontrarse en el camino: ramas rotas, relinchos de caballos y gritos de hombres.
--¡Una partida de rescate! --gritó Muscari poniéndose en pie y agitando el sombrero--. ¡Los atacan los gendarmes! ¡Ahora es el momento de luchar por nuestra libertad! ¡Es la ocasión de rebelarse contra los ladrones! Vamos, no dejemos todo el trabajo en manos de la policía; es demasiado moderno. Caigamos sobre la retaguardia de esos rufianes. Los gendarmes vienen a rescatarnos; vamos, amigos, rescatemos a los gendarmes.
Y arrojando su sombrero hacia los árboles, volvió a desenvainar su alfanje y empezó a trepar por la ladera hacia el camino. Frank Harrogate dio un salto y corrió en su ayuda revólver en mano, pero se quedó atónito al oír la voz áspera de su padre, muy nervioso.
--No pienso tolerarlo--dijo el banquero con voz atragantada--, te ordeno que no interfieras.
--Pero, padre --repuso Frank muy acalorado--, un caballero italiano encabeza el ataque. Tú nunca habrías permitido que se dijese que los ingleses nos acobardamos.
--Es inútil --dijo el anciano, que temblaba violentamente--, es inútil. Debemos resignarnos a nuestro destino.
El padre Brown miró al banquero y luego se llevó la mano instintivamente al corazón, aunque en realidad fuese a la botellita de veneno, y la cara se le iluminó con la luz de la revelación de la muerte.
Entretanto, Muscari, sin esperar ayuda, había subido la ladera hasta llegar al borde del camino y había golpeado con fuerza en el hombro al Rey de los Bandidos, que se tambaleó y se volvió. Montano también tenía desenvainado el alfanje y Muscari, sin más palabras, le intentó asestar un mandoble en la cabeza que el otro se vio obligado a parar y desviar. Pero tras cruzar y entrechocar las espadas, el Rey de los Ladrones bajó deliberadamente la suya y se echó a reír.
--¿Qué más da, viejo amigo? --dijo con inspirado acento italiano--. Pronto habrá terminado esta maldita farsa.
--¿Qué ocurre, fullero? --jadeó el belicoso poeta--. ¿Acaso tu valor es tan falso como tu honradez?
--Todo en mí es falso --respondió el ex guía de muy buen humor--. Soy un actor, y si alguna vez tuve un carácter propio, lo he olvidado. Ni soy un verdadero bandido ni un verdadero guía. No soy más que un montón de máscaras y con eso no se puede uno batir en duelo.
Se echó a reír con una satisfacción infantil, y volvió a adoptar su anterior actitud de indiferencia y a darle la espalda ala escaramuza que tenía lugar en la carretera.
La oscuridad iba cayendo sobre los flancos de las montañas y no era fácil discernir el progreso de la lucha, salvo que unos hombres de gran estatura se abrían paso a caballo a través de una apiñada multitud de bandidos, que parecían más inclinados a hostigar y empujar a sus atacantes que a matarlos. Recordaba más a una multitud tratando de impedirle el paso a la policía en una ciudad que a lo que el poeta había imaginado que sería la última resistencia de unos cuantos sangrientos forajidos. Justo cuando los miraba perplejo, sintió un golpe en el codo y descubrió al extraño y menudo sacerdote a su lado, como un pequeño Noé con un enorme sombrero, que le pedía intercambiar con él un par de palabras.
--Signor Muscari --dijo el clérigo--, en esta extraña crisis debemos pasar por alto los insultos personales. Puedo decirle, sin ánimo de ofender, un modo en el que hará mucho más bien que ayudando a esos gendarmes, que acabarían por abrirse paso de uno u otro modo. Perdone la impertinencia, pero ¿quiere usted a esa chica? Quiero decir, ¿la quiere lo suficiente como para casarse con ella y ser un buen marido?
--Sí --declaró el poeta sencillamente.
--¿Le quiere ella a usted?
--Eso creo --respondió con la misma gravedad que antes.
--Entonces vaya a verla y pídale que se case con usted --dijo el cura--; prométale todo lo que pueda prometerle, ofrézcale el Cielo y la Tierra si los tiene. El tiempo se acaba.
--¿Por qué? --preguntó confundido el hombre de letras.
--Porque --dijo el padre Brown-- su perdición se acerca por la carretera.
--Por la carretera no viene nadie --arguyó Muscari--, salvo la partida de rescate.
--Pues vaya usted allí --dijo su consejero-- y prepárese a rescatarla de la partida de rescate.
Mientras hablaba, los bandidos emprendieron la huida a través de los setos. Saltaron hacia los arbustos y la espesa maleza como hombres derrotados y perseguidos y luego los siguieron entre los setos los grandes tricornios de la gendarmería montada. Se dio otra orden, se oyó el ruido que hacían al desmontar, y un oficial muy alto con un tricornio, una perilla gris y un papel en la mano apareció en el hueco por el que se accedía al Paraíso de los Ladrones. Se hizo un silencio momentáneo, roto de modo extraordinario por el banquero, que gritó con voz áspera y ahogada:
--¡Robado! ¡Me han robado!
--Pero ¡si eso fue hace horas! --gritó atónito su hijo--. Cuando te robaron las dos mil libras.
--No me refiero a las dos mil libras --dijo el financiero con una repentina y terrible serenidad--, sino a mi botellita.
El policía de la perilla gris estaba recorriendo el claro a grandes zancadas. Se encontró con el Rey de los Ladrones por el camino, le puso la mano en el hombro con un gesto brusco y amistoso y le dio un empujón que le hizo tambalearse:
--Acabarás metiéndote en líos --advirtió-- si sigues con tus trucos.
De nuevo la mirada artística de Muscari se encontró con algo que a duras penas se parecía a la detención de un gran forajido huido. Luego, el policía se detuvo junto al grupo de Harrogate y dijo:
--Samuel Harrogate, lo arresto en nombre de la ley por malversar lo fondos del banco de Hull y Huddersfield.
el gran banquero asintió con un extraño aire de aceptación comercial, pareció reflexionar un momento y, antes de que nadie pudiera impedirlo, dio un paso que lo llevó al borde del precipicio. Luego, alzando los brazos, hizo exactamente igual que cuando saltó del carruaje. Pero esta vez no cayó en la pradera que había debajo, sino trescientos metros más abajo, para convertirse en un amasijo de huesos en el valle.
La ira del policía italiano, que expresó con prolijidad al padre Brown, estaba teñida de admiración.
--Es muy propio de él que se nos haya escapado al final --dijo--. Él sí era un gran bandido. Este último truco suyo carece por completo de precedentes. Huyó con el dinero dela empresa a Italia y se hizo secuestrar por unos falsos bandidos pagados por él, tanto para explicar su desaparición como la del dinero. Gran parte de la policía se ha tomado en serio la petición de rescate.  Llevaba años haciendo cosas así. Será una gran pérdida para su familia.
Muscari se estaba llevando de allí a la hija desgraciada, que se agarraba mucho a él, igual que seguiría haciéndolo muchos años. Pero, incluso en ese trágico momento, no pudo sino esbozar una sonrisa de burlona amistad hacia el indefenso Ezza Montano.
--¿Y a dónde vas a ir ahora? --le preguntó por encima del hombro.
--A Birmingham --respondió el actor, fumando un cigarrillo--. ¿No te dije que soy futurista? Creo realmente en esas cosas, si es que creo en algo. Cambio, agitación y cosas nuevas cada mañana. Viajaré a Manchester, Liverpool, Leeds, Hull, Huddersfield, Glasgow, Chicago... ¡en suma, a la sociedad ilustrada, enérgica y civilizada!
--En suma --repuso Muscari--, al auténtico paraíso de los ladrones.

[Tomado de Los relatos del padre Brown, Acantilado , Barcelona, 2008]

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