Aspectos psicológicos de la renta universal garantizada, de Erich Fromm
| Erich Fromm |
Quien no estaba dispuesto a aceptar estas condiciones, aunque no se utilizara ningún otro elemento contra él, se enfrentaba a la amenaza del hambre. El principio que ha prevalecido durante la mayor parte de la historia de la humanidad, en el pasado y en el presente (tanto en el capitalismo como en la Unión soviética), es el que reza "quien no trabaja, no come". Por eso, el ser humano se ha visto obligado a actuar tal y como se le exigía, pero también a pensar y a sentir de manera que no se sintiera tentado a proceder de otro modo.
El hecho de que la historia pasada se base en el principio de la amenaza del hambre tiene en última instancia su origen en que, con la excepción de ciertas sociedades primitivas, el ser humano ha vivido siempre en la escasez, tanto en términos económicos como psicológicos. Nunca había bienes materiales suficientes para satisfacer las necesidades de todos; generalmente, un pequeño grupo de "dirigentes" se quedaba con cuanto se les antojaba, y a las muchas personas que no tenían nada que llevarse a la boca se les decía que si se encontraban en esa situación era por voluntad divina o por ley natural. Sin embargo, hay que tener en cuenta que el factor principal de esta dinámica no era la codicia de los "dirigentes", sino el bajo nivel de productividad material.
La renta garantizada para todos, que en una época de abundancia económica es perfectamente factible, podría liberar por primera vez al individuo de la amenaza del hambre y, de este modo, hacerlo verdaderamente libre e independiente de las amenazas de carácter económico. Nadie se vería obligado a aceptar las condiciones de trabajo simplemente por miedo al hambre: las personas con talento o ambición podrían adquirir nuevos conocimientos a fin de prepararse para otro tipo de ocupación. La mujer podría abandonar al marido; el adolescente, a su familia. La gente podría aprender a vivir sin miedo porque ya no tendría que temer al hambre. (Obviamente, esto sólo es cierto si no existe también una amenaza política que inhiba la libertad de pensamiento, de expresión y de acción del hombre.)
El ingreso garantizado no sólo establecería la libertad como una realidad y no como un eslogan, sino que además ratificaría un principio profundamente arraigado en la tradición religiosa y humanista de Occidente: que el derecho del hombre a la vida está por encima de todas las cosas. Este derecho a vivir, a tener alimentos, cobijo, atención médica, educación, etc., es un derecho intrínseco al ser humano que no puede verse limitado por ninguna condición, ni siquiera por la idea de que el individuo debe ser socialmente "útil".
El paso de una psicología de la escasez a otra centrada en la abundancia es uno de los más importantes en la evolución humana. La psicología de la escasez produce angustia, envidia y egoísmo (lo cual se observa sobre todo en las culturas campesinas de todo el mundo). La psicología de la abundancia genera iniciativa, confianza en la vida y la solidaridad. Sin embargo, la mayoría de las personas siguen atrapadas psicológicamente en las condiciones económicas de la escasez, a pesar de que hoy en día los países industrializados están entrando en una nueva era de la abundancia económica. Y debido a este "desfase" psicológico, muchos individuos no son capaces de entender las nuevas ideas que recoge el concepto de renta básica universal, porque las concepciones tradicionales suelen estar determinadas por sentimientos que surgieron en otras épocas y en otras formas de sociedad.
Otro efecto de la renta universal garantizada, aparte de la posibilidad de disminuir notablemente las horas de trabajo, sería que los problemas religiosos y espirituales de la existencia humana adquirirían un carácter imperativo. Hasta ahora el hombre ha estado tan centrado en el trabajo (o tan cansado después de trabajar) que no podía ocuparse en cuestiones como "¿Cuál es el sentido de la vida?", "¿En qué creo?", "¿Quién soy yo?", etc. Si deja de consagrar su vida al trabajo, podrá afrontar con seriedad estos problemas, o bien correrá el riesgo de volverse medio loco a causa del hastío que siente.
A tenor de lo expuesto, podría sacarse la conclusión de que la abundancia económica, la posibilidad de librarse del temor al hambre, es lo que marca la transición de una sociedad prehumana a otra verdaderamente humana.
Para equilibrar las cosas, debemos plantear también algunas objeciones o interrogantes sobre el concepto de renta garantizada. La cuestión más obvia es si la renta garantizada podría reducir el incentivo para trabajar.
Aunque actualmente no haya empleo para un sector cada vez mayor de la población y, por lo tanto, el problema del incentivo no pueda aplicarse a estas personas, no puede negarse que se trata de una objeción importante. Sin embargo, creo que está bastante claro que el material no es en modo alguno el único incentivo para el trabajo y el esfuerzo. En primer lugar, porque existen otros incentivos: el orgullo, el reconocimiento social, el gusto por el trabajo... No faltan ejemplos que corroboran esta afirmación. El más evidente viene dado por la labor realizada por científicos, artistas, etc., ya que sus logros más destacados no han sido motivados por el incentivo del beneficio económico, sino por una combinación de factores: ante todo, el interés en el trabajo que están desarrollando, pero también el orgullo por sus propios logros o el deseo de alcanzar notoriedad. Ahora bien, aunque este ejemplo pueda parecer obvio, no convence del todo, pues siempre podría aducirse que esas personas sobresalientes fueron capaces de realizar tan grandes conquistas justamente porque poseían un talento extraordinario, con lo cual no podrían presentarse como ejemplo de las reacciones que cabe esperar en un individuo promedio. Sin embargo, esta objeción queda invalidada cuando examinamos los incentivos de las actividades realizadas por todos aquellos individuos que no poseen las cualidades sobresalientes de los grandes creadores. ¡Cuántos esfuerzos se hacen en los diversos deportes y en las múltiples aficiones personales, ámbitos en los que no existen incentivos materiales de ninguna clase! En un estudio realizado en los talleres Hawthorne de Chicago, pertenecientes a la Western Electric Company, el profesor Mayo demostró claramente hasta qué punto el interés del individuo en su propio trabajo puede constituir un incentivo a la hora de trabajar. el mero hecho de que las trabajadoras no especializadas aceptaran colaborar en un experimento de productividad laboral en el que ellas mismas eran los sujetos, el hecho de que se interesaran y se convirtieran en participantes activas en el experimento, provocó un aumento en la productividad e, incluso, una mejora de la salud de las propias trabajadoras.
El problema se presenta un poco más claro cuando examinamos formas sociales de otras épocas. La administración pública prusiana era bien conocida por su eficacia e incorruptibilidad, a pesar de la escasa compensación económica que proporcionaba a los funcionarios; en este caso, valores como el honor, la lealtad y el deber constituían las motivaciones determinantes de un desempeño eficaz. Y se puede encontrar un factor adicional en las sociedades preindustriales (como la sociedad europea medieval o las sociedades semifeudales de principios del siglo XX en América Latina). en esos entornos, un trabajador manual, como un carpintero, por ejemplo, quería ganar lo suficiente para satisfacer las necesidades de su nivel de vida, pero se negaba a trabajar más para ganar más de lo que necesitaba.
En segundo lugar, está demostrado que el ser humano no es perezoso por naturaleza, sino que más bien sufre los efectos de la inactividad. Puede que la gente prefiera no trabajar durante uno o dos meses, pero la inmensa mayoría deseará hacerlo, aunque no se le pague. En el ámbito del desarrollo infantil y de las enfermedades mentales encontramos abundante información sobre este punto; lo que se necesita es una investigación sistemática en la que se organicen y analicen los datos disponibles tomando la "pereza como una enfermedad", y que se recojan más datos en nuevos estudios sobre la materia.
Ahora bien, si el dinero no es el incentivo principal, entonces los aspectos técnicos o sociales del trabajo tendrán que se lo bastante atractivos e interesantes para compensar el displacer que provoca la inactividad. El individuo alienado de nuestros días padece un profundo hastío (a menudo inconsciente) y, por lo tanto, anhela la vagancia en lugar de la actividad. Sin embargo, este mismo anhelo es un síntoma de nuestra "patología de la normalidad". Cabe suponer que, así como la gente dejaría de atiborrarse de dulces obtenidos gratuitamente al cabo de unas semanas, también el uso inadecuado de la renta garantizada desaparecerá en un breve lapso de tiempo.
Otra objeción sería la siguiente: ¿es posible que la desaparición del temor al hambre amplíe realmente la libertad del ser humano, cuando las personas que disfrutan una vida cómoda tienen tanto miedo a perder su empleo como aquellas que se morirían de hambre si perdieran el suyo? Si esta objeción es válida, podría decirse que la renta universal garantizada aumentaría la libertad de la gran mayoría, pero no de las clases media y media-alta.
Para entender bien esta objeción debemos ir al sustrato mismo de la sociedad industrial de nuestros días. Hoy, el hombre se ha transformado en un Homo consumens. Es un individuo voraz y pasivo que intenta compensar su vacío interior con un consumo continuado y cada día mayor (hay muchos ejemplos clínicos de este mecanismo, en los que la ingesta excesiva, las compras compulsivas o el excesivo consumo de alcohol son la forma de reaccionar del individuo frente a la depresión y la ansiedad): consume tabaco, alcohol, sexo, cine y viajes, pero también bienes culturales, como libros, conferencias y arte. El individuo parece estar activo y motivado, pero en el fondo es un ser angustiado, solitario, deprimido y hastiado (se podría entender el hastío como una depresión crónica que puede ser compensada por medio del consumo. El industrialismo del siglo XX ha creado este nuevo tipo psicológico, el Homo consumens, principalmente por razones económicas; es decir, por la necesidad de promover el consumo masivo, estimulado y manipulado por la publicidad. Pero, una vez creado, este tipo de carácter también ejerce su influencia sobre la economía y hace que los principios de la satisfacción en constante crecimiento parezcan racionales y realistas.
El asunto se complica aún más si tenemos en cuenta que al menos el 20% de los estadounidenses viven en la escasez ; que algunas regiones de Europa, especialmente los países socialistas, no han alcanzado un nivel de vida satisfactorio, y que la mayoría de la humanidad, residente en Asia, África y América Latina, todavía se encuentra casi al nivel de la inanición. A quienes defienden una reducción del consumo se les suele rebatir con el argumento de que la mayor parte del mundo necesita consumir más, no menos. No les falta razón, pero corremos el peligro de que, aun en los países que ahora son pobres, el ideal del consumo máximo se imponga y oriente la actividad, forme el espíritu de estas naciones y, a la postre, se mantenga incluso después de haber alcanzado el nivel de consumo óptimo (no el máximo).
El individuo actual tiene un hambre de consumo que nunca se sacia. De ello se derivan varias consecuencias: si no hay nada que contenga la avidez de consumo, y en el futuro ninguna economía será capaz de producir lo suficiente para el consumo ilimitado de todos, nunca podrá haber (psicológicamente hablando) una verdadera "abundancia" mientras la estructura de carácter del Homo consumens siga siendo el factor dominante. el codicioso siempre sentirá carencias, pues, por mucho que tenga, nunca le parece suficiente. Además, adopta una actitud ávida y competitiva con respecto a sus congéneres; de ahí que sea un individuo aislado y atemorizado. No puede disfrutar realmente del arte ni de otros estímulos culturales porque siempre quiere poseer más. Esto implica que las personas que vivan de la renta universal se sentirán frustradas e inferiores y las que ganen más creerán estar atrapadas en esa nueva situación, porque se sentirán intimidadas y habrán perdido la oportunidad de consumir cuanto querían. Por estas razones, creo que la renta básica universal solamente resolvería algunos problemas (económicos y sociales), pero no tendría el efecto radical que cabe atribuirle, a menos que abandonáramos al mismo tiempo el principio del consumo máximo.
Entonces, ¿qué hay que hacer para implantar la renta garantizada para todos? En líneas generales, habría que transformar el sistema actual de consumo, cambiando el consumo máximo por uno óptimo. Esto implicaría:
Una amplia transformación industrial, de manera que la producción de artículos de consumo individual dé paso a la producción de bienes públicos: escuela, teatros, bibliotecas, parques, hospitales, medios de transporte, viviendas, etc.; es decir, se trataría de conceder mayor importancia a la producción de aquellas cosas que sirvan para el despliegue de la productividad y la actividad interior del individuo. Es fácil ver cómo la voracidad del Homo consumens afecta sobre todo al consumo de cosas que él mismo "devora" (o hace suyas); en cambio, el uso de servicios públicos gratuitos, que permiten a la persona disfrutar de la vida, no produce codicia ni tampoco voracidad. El paso del consumo máximo al óptimo exigiría modificaciones importantes en las pautas de producción, así como una reducción sustancial de la publicidad que, mediante técnicas de "lavado de cerebro", impulsa cada vez más nuestra codicia. (Tal reducción de la publicidad y, sobre todo, el aumento de la producción en el sector público son, en mi opinión, difícilmente concebibles sin la intervención del Estado.) Además tendría que producirse un cambio cultural importantísimo: el renacimiento de los valores humanistas de la vida, la productividad, el individualismo, etc., frente al materialismo del "hombre organización", manipulado para que funcione como un hormiguero.
Estas reflexiones nos llevan a otros problemas que también deben ser abordados: ¿existen criterios objetivamente válidos que permitan distinguir entre las necesidades racionales e irracionales, entre las necesidades buenas y malas, o todas las necesidades sentidas subjetivamente tienen el mismo valor? (Aquí se consideran buenas todas las necesidades que impulsan la vivacidad, la alerta, la productividad y la sensibilidad del ser humano; mientras que las malas serían todas aquellas que debilitan o paralizan esas mismas cualidades.) Conviene recordar que todos hacemos ya esta distinción en el caso de la drogadicción, comer en exceso y el alcoholismo. al estudiar estos problemas se nos plantearán cuestiones prácticas como la determinación de las necesidades mínimas que deben ser reconocidas en toda persona. (Me refiero a una habitación propia, una cierta cantidad de ropa, de alimentos, de bienes culturales como libros, una radio, etc.) En una sociedad relativamente acomodada como la de Estados Unidos, debería ser bastante fácil establecer el coste de un mínimo vital digno y cuál debería ser el límite del consumo máximo. Se podría instaurar un impuesto progresivo al consumo que supere cierto umbral. En cualquier caso, habría que evitar condiciones de vida como las de los barrios de chabolas. Todo esto significa que habría que combinar los principios de la renta universal garantizada con la transformación de nuestra sociedad de consumo, de manera que se cambie el consumo máximo por el óptimo y, además, se modifique por completo la propia producción que en lugar de estar enfocada en las necesidades individuales se centraría en la satisfacción de las necesidades públicas.
A la idea del sueldo asegurado deberíamos añadir otra que es también muy importante: la del consumo gratuito de ciertos productos. Entre ellos estarían, por ejemplo, el pan, a leche y las verduras. Supongamos que cualquier ciudadano pudiera entrar en una panadería y llevarse el pan que quisiera (el Estado pagaría el abastecimiento por la totalidad del pan producido). Como ya hemos indicado, al principio, los individuos avariciosos tomarían más de lo que pueden consumir, pero en muy poco tiempo este "consumo codicioso" desaparecería y la gente se llevaría sólo lo que necesitara de verdad. A mi juicio, este consumo gratuito abriría una nueva dimensión de la existencia humana (a no ser que lo veamos como una simple repetición -en un nivel superior- de las pautas de consumo de ciertas sociedades primitivas). El individuo se sentiría liberado del principio según el cual " el que no trabaja no come", y en la primera puesta en práctica del consumo gratuito podría experimentar una nueva forma de libertad. No hace falta ser economista para ver que la provisión general y gratuita de pan podría ser sufragada fácilmente por el Estado, que cubriría ese gasto mediante un impuesto especial. Pero aún podríamos avanzar un poco más. Supongamos que no sólo se satisfacen las necesidades mínimas de alimentación -pan, leche, verduras, frutas-, sino también las necesidades mínimas en el vestir (de manera que toda persona pueda recibir gratuitamente cada año, digamos, un traje tres camisas, seis pares de calcetines, etc.), y que el transporte fuera gratuito -lo cual exigiría, obviamente, mejorar de manera sustancial el transporte público-, mientras que los coches privados se encarecerían. Por último, cabría imaginar que el problema de la vivienda se resolvería de forma similar, construyendo, por ejemplo, grandes urbanizaciones de viviendas con dormitorios para los niños y habitaciones pequeñas para los mayores o las parejas casadas, que podrían ser utilizadas gratuitamente por cuantos quisieran. esto me lleva a pensar que el problema de la renta universal garantizada también se podría solventar haciendo que cada persona obtuviera de manera gratuita todos los artículos de primera necesidad, en lugar de tener que pagar por ellos. La producción de estos bienes que satisfacen las necesidades mínimas, junto con unos servicios públicos claramente mejorados, tendría el mismo efecto que el pago de una renta universal garantizada.
Se puede aducir que este método es más radical -y, por consiguiente, menos aceptable- que el propuesto por otros autores. Es posible que así sea, pero no debemos olvidar que, por una parte, la propuesta de los servicios mínimos gratuitos podría implantarse sin problema en el marco del sistema actual y que, por otra parte, la idea de la renta universal garantizada no será bien vista por muchos, no porque no sea factible, sino por la resistencia psicológica a la eliminación del principio según el cual "el que no trabaja no come".
Aún nos queda por examinar otro problema de carácter filosófico, político y psicológico: el de la libertad. El concepto occidental de la libertad se basaba originalmente en la libertad de poseer bienes y explotarlos, siempre que no se vieran amenazados los intereses legítimos de los demás. En las sociedades industriales occidentales, este principio se ha visto alterado hoy día de muchas maneras por la fiscalidad, que es una forma de expropiación, y por la intervención estatal en la agricultura, el comercio y la industria nacional. Al mismo tiempo, la propiedad privada de los medios de producción está siendo paulatinamente reemplazada por la propiedad semipública, sobre todo en las grandes corporaciones empresariales. Aunque el concepto de renta universal exigiría algunas regulaciones adicionales, hay que tener en cuenta que, para el ciudadano actual, la libertad no reside tanto en la libertad de poseer y explotar sus propios bienes, (esto es, su capital) como en la libertad de consumir lo que quiera. Hoy en día, muchas personas consideran que la restricción del consumo ilimitado constituye una intromisión en su libertad, pese a que sólo los muy ricos son auténticamente libres de elegir lo que quieren. La competencia entre diferentes marcas de los mismos productos y entre diferentes tipos de mercancías hace creer al individuo que disfruta de su libertad, cuando solamente desea lo que está condicionado para desear. (También en este aspecto, la totalitaria burocratización del consumo en los países del bloque soviético ha hecho que no se justifique ninguna regulación del consumo). Lo que necesitamos es un nuevo enfoque del problema de la libertad. Sólo cuando el Homo consumens se convierta en un ser productivo y dinámico podrá el individuo experimenta la libertad como auténtica independencia y no como la capacidad de hacerse con bienes de consumo sin ningún límite.
El principio de la renta universal asegurada sólo puede ser efectivo si va acompañado de: 1) un cambio en los hábitos de consumo, es decir, la transformación del Homo consumens en sujeto productivo y activo (en el sentido de Spinoza); 2) la adopción de una nueva actitud espiritual, la propia del humanismo (sea teísta o no teísta), y 3) un renacimiento de los métodos verdaderamente democráticos (por ejemplo, una nueva Cámara Baja en la que se tomen en cuenta las decisiones adoptadas por centenares de miles de grupos particulares (face-to-face-groups), la participación efectiva de todos los que trabajen en cualquier tipo de empresa, en la administración, etc. Un Estado que alimenta a todos puede llegar a ser como una diosa madre con rasgos dictatoriales, pero este peligro sólo se puede contrarrestar aumentando al mismo tiempo la actividad democrática en todos los ámbitos de la sociedad. (En realidad, el Estado ya dispone hoy de un poder extraordinario sin conceder estos beneficios.)
Resumiendo: además de realizar estudios sobre las repercusiones económicas de la renta universal, habrá que emprender investigaciones de otras clases, tanto en el plano psicológico y filosófico como en el religioso y educativo. Desde mi punto de vista, el gran avance que representa la renta garantizada únicamente podrá salir bien si va acompañado de cambios en otros ámbitos. No debemos olvidar que la renta básica universal sólo podrá hacerse realidad si dejamos de gastar el 10% de los ingresos nacionales en armamentos económicamente inútiles y peligrosos, si podemos detener la propagación de una violencia sin sentido mediante la ayuda sistemática a los países subdesarrollados y si encontramos la manera de detener la explosión demográfica. Sin estos cambios, ningún plan de futuro tendrá éxito porque no habrá futuro.
Traducción de María José Viejo.
[Tomado de ¿Amamos aún la vida? Sobre lo que puede y no puede lograr el amor. Paidós, México, 2025.]
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