La vida de la madera, de Aya Kōda
La familia Nishioka, formada por el padre, Naramitsu, el hijo mayor, Sunekazu, y el menor, Narajiro, son famosos maestros de construcción de templos al estilo antiguo. Entre estos maestros, que tienen unas habilidades especiales de alto nivel, y una profana como yo, que no sé nada del tema, la conversación no podía ser fluida, pero eran unas personas educadas y amables que me instruían con seriedad, y cada vez que se presentaba la ocasión me contaban interesantes anécdotas.
Los Nishioka estaban volcados en su profesión, pero, tanto por su aspecto físico como por su forma de pensar y el carácter de cada uno, eran tres individualidades nítidamente diferenciadas, aunque en ocasiones sus expresiones faciales y sus reacciones eran similares. Cuando sus opiniones sobre el trabajo coincidían a la perfección, los tres hombres me resultaban fascinantes. Teniendo caracteres tan distintos, los tres llegaban al mismo punto en sus conclusiones sobre las técnicas y habilidades para aplicarlas.
Lo primero que me enseñaron fue que los árboles estaban vivos. No es que lo dijeran los tres a la vez, pues lo hicieron en diferentes momentos y lugares,pero la esencia de sus palabras era la misma. Los árboles a los que se referían no estaban plantados, sino que eran la madera que queda una vez terminada la vida vegetal. Para mí, un árbol vivo es el que está plantado y tiene hojas verdes, y no se me había ocurrido considerar como "árbol vivo" a la madera, pero los Nishioka me explicaron que los árboles tienen dos vidas: una cuando están arraigados al medio natural y otra cuando se han convertido en madera. Estos maestros, a quienes se debía la reparación del templo Horyuji de Nara, habían llegado a tener en sus manos maderas que contaban mil doscientos años y conocían estrechamente esos materiales a través del contacto físico. Decir que la madera está viva no era sólo una creencia de su trabajo.
El pasado febrero leí la necrológica de Narajiro en el periódico matutino. Había fallecido en su lugar a causa de un ataque cardíaco fulminante, sin que pudiera hacerse nada por él. Lo primero que pensé fue que me había enseñado el fin del ciclo vital del árbol mostrándome la madera muerta. Entonces recordé sus reservas antes de de abordar el tema, por si yo creía en los malos presagios, y su comentario de que ver los árboles vivos sin establecer la relación con la madera muerta sería una experiencia incompleta, así como que, vivos o muertos, los árboles son espléndidos, y la sugerencia de que examinar la madera muerta me sería útil... Todo ello me había provocado una profunda impresión. No es que el fallecimiento de Narajiro me evocara sus palabras, sino que en cuanto leía su nombre estas acudían a mi mente. Me había revelado algo interesante de veras. Era como si me hubiera legado una inagotable fortuna.
En ocasiones, Narajiro también se lamentaba. Decía que la profesión de carpintero se caracteriza por la creación. Hacían cosas útiles para los demás, a la manera en que los dioses nos protegen con sus creaciones, pero, en realidad, su trabajo consistía en reducirlo todo: cortaban madera, la cepillaban, la ahuecaban, y para ello debían afilar los utensilios; al afilar, la abrasión reducía el volumen de la piedra, y él mismo, al usarla, sin darse cuenta reducía su vida. En definitiva, era una profesión que no dejaba buen sabor. Cuando me lo contó, comprendí que lo decía completamente en serio y recuerdo que me sentí deprimida.
Pero Narajiro también mostraba una gran generosidad. En la reconstrucción de la pagoda trabajaban jóvenes sin mucha experiencia que trataban por primera vez con árboles tan grandes como los que proporcionaban la madera para esos edificios. Narajiro no discriminaba a estos jóvenes al distribuir el trabajo, y ellos estaban muy contentos y, al mismo tiempo, inquietos por la responsabilidad, aunque ante sus compañeros no podían titubear por muy nerviosos que estuvieran. Sin embargo, marcaban a tinta la madera de acuerdo con los planos, la cortaban y entonces empezaban a dudar de si la habían marcado correctamente. La falta de confianza de aquellos muchachos era tan evidente que una sentía conmiseración. Entre los jóvenes carpinteros circulaba un dicho: "El último día de tu vida dependerá de cómo apliques la hoja al cortar". Querían decir que, si se equivocaban en el corte, el daño no tendría remedio.
Cuando se encontraban en una situación como esa, los maestros daban al joven una palmada en el hombro y le decían sonrientes: "No te preocupes. Si te equivocas, ya lo corregiré yo". Narajiro también era así. Cierta vez comprobó de un vistazo lo que un joven carpintero tenía que cortar y le dijo con voz recia y convincente que, si fallaba, él se encargaría de solucionarlo. el joven le dio las gracias con una inclinación de cabeza y empezó a cortar con la sierra.
Tras escuchar eso, no pude evitar preguntarle a Narijiro:
--La madera está bien marcada, ¿verdad? En caso de que no lo hubiera estado, ¿qué habría hecho usted con una madera tan grande? ¿Habría tenido que consultarlo con quien encargó el trabajo? ¿Tendría que haberle compensado?
El maestro se echó a reír y respondió:
--Mientras tiemble de miedo, es difícil que falle. Pero cuando tenga cierta experiencia será inevitable que a veces llegue el último día de su vida.
Algunos carpinteros veteranos dicen incluso que cada día es el último de su vida, de lo que deduzco que cortar la madera no deja de ser algo muy serio que repercute en sus nervios.
Narajiro también me explicó que el temor de los jóvenes inexpertos no se debía únicamente a la pérdida económica, sino a que, ante aquellas maderas tan grandes y buenas, se veían empequeñecidos e intimidados. Se trataba de maderas varias veces centenarias, lo cual bastaba para que tuvieran un aire solemne y majestuoso; pero los jóvenes no sólo se sentían presionados, sino que al mismo tiempo su valor y su energía aumentaban.
Narajiro me dijo que este es un punto importante que no debe olvidarse. La prueba es que los carpinteros jóvenes que han trabajado una sola vez con esas maderas se equilibran mentalmente en gran medida. Narajiro, que tenía una profunda sensibilidad hacia los árboles, añadió que estos educan a los carpinteros sin proponérselo.
Traducción de Keiko Takahashi y Jordi Fibla
[Tomado de Árbol, Lumen, México, 2026.]

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