Tres cuentos de Dino Buzzati
Dino Buzzati |
El escollo
Un amigo
siciliano me había dicho que hace muchos años, en la isla de Lípari, un viejo
individuo se había transformado en un escollo.
El hecho no me
había asombrado exageradamente, dado el aspecto de aquellas rocas marinas.
En pocas
palabras, la historia que mi amigo me había contado, de tercera o cuarta mano,
era ésta:
Vivía el siglo
pasado, en Mesina, un individuo que poseía una modesta flota de barquitas de pesca.
A su único hijo, siendo todavía muy joven, le entró la pasión por el mar y a
menudo salía con los aparejos de pesca del padre, lo que para el progenitor era
a la vez motivo de orgullo y de preocupación. Pero una noche, cerca de la isla
de Lípari, a menos de cien metros de la costa occidental, un súbito oleaje
arremetió contra el muchacho, del que nunca más se volvió a saber.
Desde aquel
día el padre, enloquecido por el dolor, se trasladó a Lípari y cada día, si el
mar lo permitía, se dirigía con una barquita al lugar donde el hijo había
hallado la muerte, permaneciendo allí largas horas. Y llamaba en voz alta al
muchacho y le dirigía interminables pláticas.
Pasaron así
varios años. El padre se quedó viudo, era ya viejo, y sólo los días de mucha
bonanza podía satisfacer su insensato capricho. Hasta que una noche esperaron
en vano su regreso. Se acudió al lugar, sólo se halló la barquita vacía,
meciéndose en la suave placidez de las aguas.
Pero, con gran
estupor, precisamente en ese lugar los pescadores, que conocían aquella costa
mejor que su propia casa, observaron que había surgido de las aguas un escollo
que antes no existía.
Se creyó en
consecuencia que por fin el dolor sin remedio había petrificado al viejo. Y
desde entonces —me contaba mi amigo— por la noche ni siquiera los jóvenes más
intrépidos osaban aventurarse por los alrededores y pasaban de largo. Pero
desde lejos, especialmente los días de luna llena, se oyen las invocaciones,
los sollozos, los gritos y los gemidos del desesperado padre.
Me decía
también mi amigo, que hacia el sur, aquel escollo tiene las facciones de un
hombre viejo y descarnado. Y que a altas horas de la noche la boca se abre y se
cierra al hablar, y que también los ojos se abren para derramar lágrimas. Pero
ay de aquel que se aventure, con indiscretas miradas, a violar la solitaria
aflicción. Un pescador que se atrevió a hacerlo perdió, en el espacio de pocos
meses, a sus cuatro hijos.
El cuento, en
cierto sentido, era muy hermoso. Y este año, en que regresé de vacaciones a las
islas Eolias, solicité informaciones más precisas.
Las leyendas
sin embargo florecen y se expanden cuanto más lejos viajan por el mundo. Cuando
se va a buscar su esencia al lugar de origen, en general sólo se encuentran
jirones de niebla.
En Lípari algunos
pescadores conocían, entre los muchos peñascos, pequeños y grandes que asomaban
al mar, el escollo denominado
«U vecchio signore», pero no supieron decirme nada más. La
lacrimógena historia del pescador enloquecido por la muerte del hijo nadie la conocía.
Excepto un señor anciano, cuyo aspecto emanaba una gran dignidad, y al que
intenté acercarme en un café.
Tendría unos
sesenta años, de gran corpulencia, perfectamente afeitado, llevaba una camisa
inmaculada de manga corta y me recordaba al actor que hacía de jefe de la «honorable sociedad» en la película
«El mañoso» con Alberto Sordi.
—Discúlpeme
—le dije. ¿Es usted de aquí, de Lípari?
—Así
es —respondió con lentitud—. Pero en invierno no vivo aquí. ¿Puedo saber...?
—Mire,
sólo desearía pedirle una información, de carácter podríamos decir folklórico.
—Diga,
diga...
—¿Ha
oído usted hablar alguna vez de la historia de un señor de Mesina que hace
muchos años se transformó en un escollo?
—Oímos,
de pequeños oímos —fueron sus palabras textuales— tantas cosas extrañas... —y
aquí esbozó una sonrisa entre diplomática y recelosa—. Pero pasan los años...
pasan los años...
—¿Sabe
usted por casualidad cómo se llamaba? ¿Y cuándo se produjo el hecho?
—El
hecho, si se le puede llamar hecho, se remonta a 1870 por lo menos, pero
también podría ser anterior, o hasta incluso no haber ocurrido nunca...
—¿Por
qué? ¿Usted no cree en ello?
—No
me haga decir, se lo ruego, cosas que yo no... —se miró el reloj de pulsera—.
Es tarde, lo siento...
—Y
se fue riendo despedido con respeto por todos los parroquianos del café.
En
el muelle de puertecito, al día siguiente, les pregunté a dos chiquillos dónde
podía encontrar una barca con motor para poder acercarme a la isla. El mar
yacía inmoto sin la menor ondulación de sus aguas, no se requería una gran nave
para semejante expedición.
Los
chiquillos desaparecieron como una centella y apenas transcurridos cinco
minutos estaban de vuelta con el barquero más estrambótico que había visto en
mi vida.
Era
alto, esquelético, intensamente pálido y uno le habría
echado sus buenos noventa años o más de no ser porque su rostro, afiladísimo,
no presentaba ni una sola arruga. Por su singular sombrero de paja de ala
horizontal anchísima recordaba algunas apariciones de los trópicos cargadas de
fatalidad, como salidas de las páginas de Conrad. Pero lo que más sorprendía
era su total «ausencia» como en el caso de los fantasmas, que ignoran todo
cuanto sucede a su alrededor.
Pude observar
que sus huesudos brazos terminaban en manos anormalmente nudosas que se movían
con esfuerzo, revelando largos padecimientos de artrosis. También su paso era
cansino y algo tambaleante. Si el mar no hubiese estado tan sosegado, jamás
habría aceptado un acompañante tan problemático.
—¿Sabes —le
pregunté antes de nada— dónde está el escollo del Vecchio Signore?
Él bajó
levemente la cabeza tal vez en señal de asentimiento y sin volver a mirarme se
dirigió a un cascarón miserable amarrado con un trozo de cuerda unos metros más
abajo. Para subir dio un desmañado saltito, que repercutió en todo su filiforme
cuerpo con doloroso espasmo. Yo le seguí. El hombre, que dijo llamarse
Crescenzo, con soltura insospechada puso en marcha un destartalado motorcito
del tamaño de una máquina fotográfica. Y nos fuimos, los dos, con rítmico borboteo.
Yo me había
sentado enfrente de él. Inmóvil, con una mano sobre la caña del timón, él
contemplaba mi cara, pero no me veía, o al menos ésa era mi desagradable
sensación.
Mientras tanto
habíamos dejado atrás el muelle y la barquita había enfilado la proa hacia el
estrecho paso entre Lípari y Vulcano. Nada más dejar el pueblo, la naturaleza
se había tornado salvaje y las orillas se erguían en rocosos acantilados de
formas insólitas y siniestras.
Qué distintos
los perfiles de las Eolias de los solemnes, románticos y tan humanos escenarios
de la costa amalfitana, por ejemplo, o de Ischia, o
de Capri. También ahí, acantilados, pináculos y precipicios. Pero conformes a
la fantasía del hombre: profundidades de melodramas verdianos, grutas y
acantilados coronados de verde, a la vez aspérrimos y suaves, propicios a los
vértigos de amor. Mientras que allí las murallas y los peñascos se
contorsionan, desnudos y abrasados, en pose de angustia y de delirio, siempre
rememorando el infierno que bulle bajo sus pies.
Muchos
escultores de hoy harían bien en revitalizar su grácil inspiración costeando
las Eolias. Donde la naturaleza ha multiplicado inagotables invenciones de
monstruos, gigantes, arañas contorsionadas, ciclópeos órganos de tubos
sesgados, retorcidas sirenas, ruinas tambaleantes, mascarones destrozados,
abrasados altares, graníticas saetas, nefandas llagas supurantes, gnomos y
ogros expiando su culpa, desconsagradas catedrales. Creando así en brevísimos
espacios soledades profundas, condensando a cada paso lo que representa su
suprema belleza, o sea el misterio.
—¿Es
ése el Vecchio Signore?
—le pregunté a Crescenzo, cuando estuvimos a medio camino de la costa
occidental de la isla. Lo había reconocido en seguida.
Él
se dio media vuelta para mirar, luego hizo un gesto de asentimiento.
Adosado
a una dramática muralla, por lo que fácilmente puede pasar desapercibido, el
escollo apenas alcanzaba los quince metros de altura. Su forma era tosca y
redondeada, sin aristas ni espigones. Hacia el sur, es decir hacia nosotros que
nos acercábamos, presentaba una ligera concavidad atormentada por un amasijo de
horribles protuberancias amarillas y violáceas que se arqueaban hacia abajo
como cera a punto de derretirse. Como el sol la iluminaba casi verticalmente,
las sombras dibujaban
un rostro lejanamente humano, la cara de un encolerizado déspota que se
disolvía en la muerte. De las dos presumibles cavidades orbitales descendían,
ya cristalizados, abyectos churretes de color purpúreo. Y en la base, allí
donde las suaves olas, tropezando, marcaban una mínima franja de espuma, se
abría una minúscula caverna.
Cuando
estuvimos muy cerca, aunque el mar estuviese en reposo, se oyó sin embargo allí
dentro, en el negro agujero, el retroceso de la ola, que emitía un sonido de
sollozo.
Le pedí a
Crescenzo que apagase el motor. Con dificultad procedió a colocar los remos
sobre los escálamos, para impedir que la barca derivase a sotavento.
Ahora en el
gran silencio, bajo el gran sol, el sollozo del agua en la gruta Huía más
doliente y cavernoso.
—¿Es verdad
—le pregunté— que éste es un viejo señor de Mesina transformado en piedra?
—Eso dicen,
eso dicen —murmuró él, casi sin voz.
—¿Es verdad
que de noche llama a su hijo muerto y le habla?
—Eso dicen,
eso dicen —respondió.
—¿Es verdad
que venir aquí de noche acarrea desgracia?
Me miró
inexpresivo, como si no hubiese entendido. Bajo la absurda ala del sombrero, el
rostro sin edad tenía la transparencia de las medusas muertas. Luego dijo:
—También yo.
También yo soy de piedra. Desde hace veinticinco años —y me miraba fijamente,
balanceando la cabeza con suavidad.
—¿Tú también,
un hijo...?
El fantasma
hizo un gesto de asentimiento.
—Giovanni, se
llamaba —dijo—. Suboficial de Marina. Matapan.
El coco
El
ingeniero Roberto Paudi, miembro del consejo ejecutivo de la COMPRAX y asesor
de urbanismo, se puso hecho una furia al sorprender una noche a la niñera Ester
que, para sofocar una rabieta del pequeño Franco, le decía: «Si no te portas
bien, esta noche vendrá el Coco.»
Era
intolerable, según él, que para educar a los niños se siguiese recurriendo a estúpidas
supersticiones que podían crear en tan tierna psique deplorables complejos. Le
echó un sermón a la chica, que se marchó llorando, y él mismo metió en la cama
al niño, que en seguida se tranquilizó.
Esa
misma noche el Coco, levitando a media altura como era su costumbre, se
presentó en la habitación donde el ingeniero Paudi dormía solo, deparándole
unos instantes de desasosiego.
El
Coco, como es sabido, adoptaba, según los países y costumbres locales,
diferentes formas. En aquella ciudad, desde tiempo inmemorial había asumido la
apariencia de un gigantesco animal de color negruzco, cuya silueta estaba a
medio camino entre el hipopótamo y el tapir. A primera vista horroroso. Pero si
se le observaba detenidamente con mirada desapasionada, se descubría, por el
rictus bondadoso de su boca y el destello casi afectuoso de sus pupilas,
relativamente minúsculas, una expresión que podía serlo todo menos malvada.
Lógicamente,
ante circunstancias de una cierta gravedad, podía
infundir una ligera zozobra, e incluso miedo. Pero por lo general cumplía su
cometido con discreción. Cuando se acercaba a la camita del niño al que había
que reprender, ni tan siquiera le despertaba, limitándose a penetrar en sus
sueños donde dejaba, eso sí, huellas imperecederas. De hecho es de sobras
conocido que incluso los sueños de las más tiernas criaturitas tienen una
capacidad ilimitada y acogen sin esfuerzo monstruos mastodónticos como el Coco,
los cuales pueden deambular por ellos a su antojo y en plena libertad.
Como es natural, al presentarse ante
el ingeniero Paudi, la antigua criatura no puso una cara demasiado simpática,
todo lo contrario, adoptó la fisonomía, agigantada por supuesto, del profesor
Gallurio, nombrado dos meses atrás interventor extraordinario de la COMPRAX, sociedad
que estaba navegando por difíciles aguas. Y este profesor Gallurio, hombre
severísimo por no decir intratable, era precisamente la bestia negra de Paudi,
cuya eminente posición en la empresa, en semejante régimen de excepción, podía
verse seriamente amenazada.
Paudi, despertándose envuelto en un
sudario de gélida transpiración, tuvo tiempo de distinguir al visitante que se
escabullía a través de la pared (la ventana no habría sido suficiente para
semejante mole) mostrándole la monumental cúpula de su trasero.
A la mañana siguiente, Paudi se guardó
muy bien de pedirle disculpas a la pobre Ester. El haber constatado
personalmente que el Coco existía de verdad no hacía más que acrecentar, junto
a su indignación, la firme determinación de hacer todo lo posible para sacar de
en medio a aquel tipo.
Durante los días siguientes, en tono
de broma por supuesto, fue sondeando el terreno con su mujer, sus amigos y
colaboradores. Y se quedó muy sorprendido al descubrir que la existencia del
Coco era algo que se daba generalmente por descontado, cual clásico fenómeno de
la naturaleza, como la lluvia, el
terremoto o el arco iris. Sólo el doctor Gemonio, de la oficina jurídica,
pareció aterrizar de las nubes: sí, cuando era pequeño había oído hablar
vagamente del asunto, pero luego había tenido sobradas pruebas de que era una
necia fábula sin sustancia.
Como
si intuyese su acerba hostilidad, el Coco desde entonces empezó a visitar con
mayor frecuencia al ingeniero, siempre con la desagradable máscara del profesor
Gallurio, haciéndole muecas, tirándole de los pies, sacudiéndole la cama, y una
noche llegó al extremo de acurrucarse sobre su pecho, de tal modo que casi le
ahoga.
No
debe extrañarnos por tanto que Paudi, en la siguiente reunión del Pleno
municipal, hablase de ello con algún colega: ¿acaso se podía tolerar, en una
metrópolis que se vanagloriaba de estar en la vanguardia, la perpetuación de
semejante superchería, propia de la Edad Media? ¿No había llegado el momento de
hacer algo de una vez por todas, con medios definitivos?
Primero
fueron fugaces pour-parler
entre pasillos, intercambios informales de puntos de vista. En breve, el
prestigio del que gozaba el ingeniero Paudi le dio vía libre. No habían pasado
todavía ni dos semanas cuando el problema fue planteado en el Pleno municipal.
Ni que decir tiene que, en previsión del ridículo, en el orden del día no se
mencionaba al Coco sino que en el punto 5 se aludía únicamente a «Un deplorable
factor de turbación del descanso nocturno de la ciudad».
Contrariamente
a lo que Paudi esperaba, no sólo el tema fue tomado por todos en seria
consideración sino que su tesis, que podía parecer obvia, encontró una enconada
oposición. Se levantaron voces en defensa de una tradición tan pintoresca como
inofensiva que se perdía en la noche de los tiempos, subrayando el carácter en
definitiva inocuo del monstruo nocturno, por lo demás totalmente silencioso,
destacando las ventajas educativas de aquella presencia. Hubo quien llegó a
hablar de «atentado al patrimonio cultural de la ciudad» como si se hubiese
recurrido a medidas represivas; y el orador cosechó una salva de aplausos.
Por
otro lado, sobre el problema en sí, prevalecieron finalmente los irrebatibles
argumentos de los que demasiado a menudo se pertrecha el llamado progreso para
desmantelar los últimos bastiones del misterio. Se acusó al Coco de dejar
huellas malsanas en los espíritus infantiles, de suscitar pesadillas contrarias
a los principios de una correcta pedagogía. También saltaron sobre el tapete
motivos de higiene: sí, de acuerdo, el mastodonte nocturno no ensuciaba la
ciudad ni esparcía excrementos de ninguna clase, pero ¿quién podía asegurar que
no era portador de gérmenes o virus? Tampoco se sabía nada a ciencia cierta
sobre su credo político: ¿cómo estar seguros de que sus sugestiones,
aparentemente tan toscas y elementales, no ocultasen insidias subversivas?
El
debate, en el que no se había admitido a los periodistas dada la delicadeza del
tema, terminó a las dos de la madrugada. La propuesta Paudi fue aprobada por
una ligera mayoría de cinco votos. En cuanto a su aplicación práctica, fue
creada una comisión especial de expertos, de la que Paudi fue nombrado
presidente.
Efectivamente:
condenar al Coco al ostracismo era una cosa, y otra muy distinta conseguir
eliminarlo. Estaba claro que no se podía confiar en su disciplina cívica, más
aún cuando ni siquiera se tenía la certeza de que entendiera la lengua. Como
tampoco cabía pensar en capturarlo y cederlo al zoo municipal: ¿qué jaula
podría contener un animal, si de animal se trataba, capaz de volar a través de
las paredes? También había que descartar el veneno: nunca se había sorprendido
al Coco en el acto de comer o beber. ¿El lanzallamas entonces? ¿Una pequeña bomba de napalm? El riesgo para los ciudadanos era
excesivo.
La solución, en resumidas cuentas,
aunque no imposible, se perfilaba como bastante problemática. Y ya Paudi creía
ver cómo se le escurría de las manos el codiciado éxito, cuando le asaltó una
duda: sí, la composición química y la estructura física del Coco eran
desconocidas pero, como acontece con muchas criaturas inscritas en los archivos
de las leyendas, ¿no podía quizá ser mucho más débil y vulnerable de lo que se
suponía? Quién sabe, tal vez era suficiente un certero disparo en el lugar
adecuado, y asunto concluido.
Las fuerzas de orden público, tras la
decisión del Pleno municipal refrendada por el alcalde, no podían por menos que
colaborar. Fue creada una patrulla especial, dentro de la Brigada móvil, dotada
de rápidos vehículos con radiotransmisores. Fue muy sencillo. La única
circunstancia extraña: una cierta reluctancia, por parte de suboficiales y
agentes, a participar en la batida; ¿era miedo? ¿era el oscuro temor a violar
una puerta prohibida? ¿o simplemente un nostálgico apego a unos exacerbados
recuerdos de infancia?
El encuentro se produjo una noche
helada de luna llena. La patrulla apostada en una oscura esquina de piazza
Cinquecento, avistó al vagabundo que navegaba plácidamente a unos treinta
metros de altura, como un dirigible quinceañero. Los agentes, metralleta en
ristre, avanzaron. No se veía ni un alma. La breve detonación de las ráfagas
retumbó, de eco en eco, hasta muy lejos.
Fue una escena extraña. Lentamente el
Coco giró sobre sí mismo sin ningún estremecimiento y, patas en alto, se
desplomó hasta posarse sobre la nieve. Donde quedó tendido bocarriba, inmóvil
para siempre. La luz de la luna se reflejaba sobre su vientre enorme y
abultado, reluciente como la gutapercha.
«Algo
que preferiría no tener que presenciar por segunda vez», dijo más tarde el
remilgado Onofrio Cottafavi. Un manchurrón de sangre se extendió,
increíblemente, bajo la mole de la víctima, negra a la luz lunar.
Inmediatamente
fueron llamados por teléfono los basureros para la evacuación de los restos. No
llegaron a tiempo. En aquellos escasos minutos la gigantesca presencia, como
ocurre con los globos tras un pinchazo, empezó a contraerse a ojos vista, se
redujo a una pobre larva, más tarde a un gusanito negro sobre la blancura de la
nieve, hasta que por último también el gusanito desapareció, disolviéndose en
la nada. Quedó tan sólo el infame manchurrón de sangre que antes del alba las
mangueras de los barrenderos ya habían hecho desaparecer.
Se
dice que en el cielo, mientras la criatura expiraba, resplandecían no una luna,
sino dos. Se cuenta que por toda la ciudad se oyeron lamentos de perros y aves
nocturnas. Corrió la voz de que muchas mujeres, viejas y niñas, arrancadas del
sueño por una oscura llamada, salieron de sus casas, arrodillándose y
levantando preces en torno al desdichado. Nada de esto ha sido comprobado
históricamente.
De
hecho, la luna prosiguió suavemente su viaje prescrito por la astronomía, las
horas se sucedieron regularmente una tras otra, y todos los niños del mundo
siguieron durmiendo plácidamente, sin imaginarse siquiera que su extravagante
amigo-enemigo se había ido para siempre.
Era
mucho más delicado y tierno de lo que se creía. Estaba hecho de aquella
intangible sustancia que vulgarmente se llama fábula o ilusión: aunque era
verdad.
Galopa,
huye, galopa, irreductible fantasía. Ansioso por exterminarte, el mundo
civilizado te acosa por doquier, nunca más tendrás reposo.
Ícaro
14 de junio de 1968
Hoy he ingresado en la clínica Casa Azul para someterme a una
operación. A pesar de todas las hipocresías de rigor, sé perfectamente que va a
ser una operación muy grave, tan grave que probablemente será inútil.
Aunque no se lo he dicho nunca a nadie, mi mujer, mis
hijos, los médicos intuyen lo que pienso y hacen todo lo posible para
tranquilizarme. Se ríen, bromean, hablan de cosas agradables y frívolas, hacen
proyectos a largo plazo. Está la perspectiva de un crucero, de un viaje a
Bretaña, de una cacería en Stiria. Mi total curación está fuera de toda duda.
Dentro de diez días como máximo estaré de nuevo en casa, dentro de veinte
estaré más pimpante que antes.
El doctor Coltani, una eminencia, que es quien va a
operarme, ha dicho: «Desde el momento en que ha ingresado en la clínica, puede
considerarse ya como convaleciente. La operación en sí no presenta
interrogantes de ningún tipo, cualquier complicación está excluida de antemano.
En cierto sentido, ahora que finalmente se ha decidido, constituye una simple
formalidad.»
El doctor Coltani es ya bastante viejo pero sus diminutos
ojos conservan una vivacidad increíble. Me pareció cansado, esta mañana, cuando
entró en mi habitación; cansado y demacrado.
Pero cuanto más ostentosa se hace en torno a mí la
despreocupación y la alegría, más me convenzo de que tengo razón. A lo largo de
mi vida, he visto demasiadas comedias parecidas. Más aún: la alegría y la
serenidad que se le suministran al enfermo en vísperas de la operación suelen
estar en proporción directa con el peligro. Precisamente cuando los médicos
aseguran sonriendo que no existe la menor sombra de peligro, es entonces sobre
todo cuando hay que estar alerta. Extraño tribunal, no hay duda: ya que a
menudo la sentencia de completa absolución precede al patíbulo.
Todavía no me han dicho cuándo van a operarme.
Precisamente para eliminar de antemano incluso la posibilidad de la menor
sorpresa, se requiere una cantidad de exámenes y de controles que pueden durar
varios días; en cualquier caso, no más de una semana. Eso es lo que me ha dicho
el doctor Rilka, primer ayudante de Coltani, un hombre pequeñito de unos
cuarenta y cinco años, muy vivaracho, que pareció sentirse halagado cuando se
enteró de que soy escritor.
De momento, se me permite tener televisión. Esta noche ha
habido una interesante mesa redonda —estuvieron especialmente brillantes
Ruggero Orlando y el profesor Silvio Ceccato— en torno al asteroide Ícaro, del
que los periódicos empezaron a hablar hace un par de años considerando la
eventualidad de que pudiese caer sobre la Tierra. La catástrofe había sido
prevista para la segunda mitad de junio de 1968, o sea justamente estos días.
Ya entonces los observadores astronómicos más autorizados desmintieron la
noticia tajantemente. El asteroide se aproximaría a la Tierra a no menos de
seis millones y medio de kilómetros, lo que excluía cualquier peligro; tampoco
había ninguna razón para que la prevista trayectoria sufriese el menor cambio.
La mesa redonda de esta noche, con la intervención de personas altamente
cualificadas, tenía por objeto disipar alegremente las últimas reminiscencias
de duda o de temor entre el público.
Hacia las cuatro de la tarde, hora para él inusitada,
vino a verme el doctor Rilka. Parecía turbado, como si tuviese que comunicarme
algo desagradable. Y se ha extendido en un tortuoso preámbulo, en fin quería
hacerme una confidencia, que no tenía nada que ver con el motivo de mi
internamiento aquí.
Finalmente se decidió. Quería que le hiciese una promesa:
que antes de abandonar la clínica, después de la operación por supuesto, leyese
un opúsculo de sus poesías inéditas; y le diese mi sincera opinión. Intentaba
disculparse, como si fuese una pecaminosa debilidad. Pero le brillaban los
ojos. Y estaba claro que la ambición literaria, y no el deseo de una carrera
doctoral, dominaba su vida.
Le tranquilicé en seguida. Leería sus poesías con la
máxima atención. Animado, Rilka empezó a recitarme una que, si mal no recuerdo,
empezaba así: «El conjunto apenas descompuesto, si la realidad doméstica del
cosmos...». En aquel momento por suerte entró la hermana Prenestina que
requería su presencia en la habitación de otro enfermo. Él se fue la mar de
contento, dirigiéndome un guiño que quería decir: «No te preocupes, volveré en
cuanto pueda, no te quedarás sin este bombón.»
Ha sido un día curioso. De buena mañana se ha presentado
de nuevo el doctor Rilka, todavía más emocionado que ayer. Tenía una gran
noticia. Antes de anunciármela, sin embargo, quería que yo modificase mi
promesa: sus poesías, en lugar de después de la operación, tendría que leerlas
antes. ¿Temía que me quedase en la mesa de operaciones? No. El motivo era mucho
más grave. Y Rilka se inclinó para susurrarme en un oído la noticia, tan
confidencial era.
Bien. Rilka había visto al profesor Nessaim, director del
observatorio de Mehala, en Ghana, que precisamente estos días se hallaba en la
ciudad con motivo de un congreso. Y Nessaim le había revelado que, en una
reunión secreta celebrada el año pasado en Inglaterra, los responsables de los
principales observatorios astronómicos, bajo juramento, habían estipulado un
acuerdo, a propósito del asteroide Ícaro, para ocultar la verdad de la forma
más rigurosa, con objeto de ahorrarle a la humanidad una inútil angustia. El
asteroide, sin ninguna posibilidad de error, iba a estrellarse sobre la corteza
terrestre a primeras horas del día 19 de junio de 1968. Dadas sus dimensiones
—más de un kilómetro y medio de diámetro— las consecuencias serían
necesariamente apocalípticas; y no había ninguna posibilidad de salvación. En
pocas palabras, el fin del mundo.
Confieso que la noticia, en la tétrica disposición de
ánimo en la que me hallo durante estos días, me proporcionó un inmenso
consuelo. En cualquier caso, me iba a morir. Pero lo peor, cuando uno se muere,
es irse solo. Si nos vamos todos juntos, y aquí no se queda nadie, no quiero
decir que sea una fiesta, pero casi. ¿Qué miedo se puede tener, si la suerte es
igual para todos?
Y luego —será egoísmo, mezquindad de ánimo, lo que se
quiera—, qué gusto ver abolida de golpe la escandalosa superioridad de quien
tiene el único mérito de haber nacido un poco más tarde. Y qué merecida lección
para algunos bribones que resuellan día y noche como búfalos por más dinero que
meter en la hucha, por conseguir un peldaño más de poder, un aplauso más, una mujer más, una canallada más y
ya han planificado sus éxitos para una horrible cantidad de años futuros. Que
sacrosanta ducha de agua fría para tantos jovenzuelos que ya se creen dueños y
señores del mundo, de la inteligencia, de lo justo y de lo hermoso y a los
viejos nos miran como a escarabajos putrefactos como si ellos tuvieran que
vivir eternamente, qué magnífica sorpresa, todos ellos embarcados en un abrir y
cerrar de ojos en el mismo carruaje negro, y arrojados en picado a las
cataratas de la nada.
También Rilka, debo decir, da muestras en este aspecto de
una considerable presencia de espíritu. Pero antes del exterminio total
desearía una cosa: que yo le dijera si sus poesías valen o no. Dice que, si mi
respuesta fuese positiva, moriría feliz.
Y ahora estoy
aquí, solo, en la azul penumbra de mi habitación e invoco: «Oh sí, bendito
asteroide, no te equivoques de camino, cae sobre nosotros con toda tu
maravillosa energía, haz añicos este desdichado planeta.»
Esta mañana me ha
despertado el doctor Coltani en persona, hacia las siete:
—Entonces —me ha anunciado frotándose alegremente las
manos satisfecho—, entonces, hasta mañana por la mañana.
—¿Mañana por la mañana, qué?
—La operación, ¿no?, esa intervención de nada, esa
pequeña formalidad...
—¿Pero cómo? El doctor Rilka me ha dicho que ahora ya...
—¿Ahora ya qué?
Le he explicado la revelación del astrónomo Nessaim.
Coltani se ha echado a reír. Él también se hallaba presente en la conversación
entre Rilka y Nessaim. Nessaim no había dicho nada por el estilo; al revés, no había hecho más que confirmar las desmentidas
de todos los demás astrónomos dignos de este nombre. Probablemente había sido
un pequeño e ingenuo truco de Rilka para que yo leyese en seguida sus poesías.
Coltani parecía disfrutar mucho con el episodio. Luego de
repente adoptó un aire meditabundo:
—Ni lo piense, querido amigo, usted dentro de unos días
podrá salir a divertirse, le quedan todavía muchos años de salud. A mí sí que
me gustaría que Ícaro...
—¿A usted? ¿Y por qué?
—Yo... yo sigo trabajando... seguiré trabajando hasta que
resista... es mi única distracción posible... Pero no por mucho tiempo, no por
mucho tiempo todavía, querido amigo... está usted viendo a un hombre
condenado... —se irguió, recuperó el control, volvió a mostrar su impávida
sonrisa—. Bueno, dejemos las cosas tristes... Y usted, no se preocupe... los
análisis están muy bien... Hasta mañana, pues.
Son las dos de la madrugada, la clínica se halla en
perfecto silencio. Dentro de cinco horas vendrán a buscarme con la camilla para
llevarme a la mesa de operaciones. Ésta va a ser, probablemente, mi última
noche íntegra y disponible. Dentro de seis o siete horas a lo mejor ya no
existo, o estoy hecho una ruina destinado a consumirme rápidamente o, lo que es
peor, me encuentro como ahora porque los cirujanos, después de haber abierto,
me han vuelto a cerrar en seguida, al no haber nada que hacer. Y el asteroide
Ícaro no ha llegado, el asteroide pertenece a las hermosas y absurdas fábulas
que hacen soñar al hombre durante unos instantes y luego se desvanecen en una
carcajada, el anhelado cuerpo celeste está volando en este momento sobre esta
clínica a una velocidad vertiginosa y no sabe nada de mí, no tiene la menor sospecha de hasta qué punto la deseo... yo
y también el doctor Coltani, tal vez... El querido asteroide, sobrepasado el
punto de mínima distancia, ya está alejándose de nosotros, perdiéndose en los
abismos del cosmos y cuando vuelva a hablarse de él dentro de diecinueve años
yo seré polvo y cenizas, sobre mi tumba mi nombre estará casi borrado...
Pero debe haber algún enfermo grave, esta noche. Más allá
de la doble puerta, oigo ruido de pasos apresurados, graves y sombríos diálogos
de mujeres. Suena un timbre lejano. Fuera, en la calle, no se oye pasar ni un
coche.
Extraño. ¿Tal vez una operación de urgencia? Las idas y
venidas por el pasillo aumentan. Se oyen también llamadas, casi gritos. Es como
si toda la clínica estuviese despierta.
Abren, sin llamar. Entra alguien. Es el doctor Rilka, en
mangas de camisa, más trastornado que nunca. Corre hacia mi cama tendiéndome un
legajo de folios enrollados:
—Lea, se lo ruego, lea por lo menos un par... quedan
pocos minutos...
—¿Entonces es verdad? —digo yo sentándome de un brinco, y
me siento joven, sano, fuertísimo—. ¿Entonces es verdad?
—¡Pues claro que es verdad! —dice él y corre presuroso a
la ventana, sube rápidamente las persianas—. Y no pierda tiempo, se lo ruego,
¡lea por lo menos una!...
Pero afuera hay luz. Y no es de luna. A las dos de la
noche una luz blanquiazul enceguecedora, parecida a la de la llama oxídrica. Y
un estallido, un bramido, un enorme estruendo que envuelve a toda la ciudad.
Luego un alarido, dos alaridos, mil alaridos juntos de terror (¿o de júbilo?).
Y con los alaridos una increíble voz no humana, ronquido, silbido, estertor que
se propaga por el cielo inmensamente. Y yo me río, feliz, desparramando por la
habitación, como un demente, las poesías. Y él, el doctor Rilka (con tres o
cuatro segundos todavía de vida) corriendo de aquí para allá desesperado, para
recogerlas, y protestando:
—Pero ¿qué es lo que hace, señor?
[Tomado de Las noches difíciles, Argos Vergara, España, 1971]
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